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Faro de Vigo

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Xaime Fandiño

Vivir de la música más allá del verano

Durante una época, de mediados de los setenta a principios de los ochenta, me dediqué profesionalmente a la música. En aquel momento en Galicia a todas las formaciones musicales, después de su nombre se les solía colocar la procedencia. Se hablaba de la Sintonía de Vigo, los Players de El Ferrol, la París de Noya, los Cunters de Cuntis o Los Satélites de La Coruña. Los nombres de los pueblos y ciudades, tal como reflejo aquí, generalmente, incluso en los carteles, aparecían en su acepción castellana. En Los Santos de Vigo, tocábamos lo que se denominaba música comercial entre comillas, si se le puede llamar así a Osibisa, Stephen Stills, Santana, Chicago, Buddy Miles... sí, aunque hoy parezca mentira, ese era el tipo de temas que teníamos en el repertorio, junto a algún éxito del momento de Juan Bau, Tony Landa, etc., y que tocábamos con un sistema de amplificación básico, tanto en las denominadas salas de fiesta, como en los palcos de madera iluminados con bombillas Osram de 60 vatios de las verbenas populares a lo largo y ancho de la geografía gallega, asturiana, norte de Portugal e incluso en Suiza. El armamento era parco en unidades de amplificación, lo más voluminoso era el órgano Hammond y su Leslie. El resto del equipo estaba dimensionado sabiamente para la capacidad y necesidades de una fiesta popular. Poco tenía que ver con toda la parafernalia de luminaria, sonido y trailers motorizados que se utilizan hoy para ese mismo cometido.

En aquel momento la diferencia entre un grupo y una orquesta era sustancial, tanto en la selección del repertorio como en su instrumentación. Las orquestas, además de llevar en su repertorio algunos temas clásicos americanos como el In the mood de Glenn Miller, tocaban lo que se denominaba música tropical: chachachá, cumbia, merengue…, además de algún pasodoble. Es decir, música específica para bailar dirigida al público adulto. Los grupos tenían repertorios mucho más indicados para contentar a lo que las comisiones denominaban “la juventud”. Así, en las salas de fiesta, lo mismo que en las verbenas, se cuidaban de mezclar el pase de una orquesta con un grupo o conjunto, como se les denominaba a esas formaciones más pequeñas que disponían de repertorios pop, y asegurar así la aceptación de la programación del evento para todo tipo de público.

CHIMAY

Las orquestas estaban articuladas en base a una formación intensiva en instrumentos de viento y un amplio número de componentes, mientras que los grupos no iban más allá de un cuarteto de base: batería, guitarra, bajo y órgano y, en situaciones extremas, un trío de metal compuesto por: saxo, trompeta y trombón de varas. Este era ya un número de intérpretes considerable, pues en la mayoría de los grupos la plantilla de viento solo estaba ocupada por un saxofonista. Es decir, eran formaciones de cinco o seis personas, mientras que las orquestas podían llegar o pasar de la decena. En cuanto a la composición armónica y rítmica, en la mayoría de las orquestas el acordeón evolucionó hacia el órgano Farfisa y el contrabajo hacia el bajo eléctrico, pero en la mayoría de las ocasiones la guitarra tardó en introducirse como un instrumento habitual.

El modelo de ocio en los 70 estaba muy definido y había tres contenedores: las discotecas, las salas de fiestas de fin de semana y las verbenas populares de verano, además de otros lugares donde había música a diario en directo como los cabarets. En Vigo concretamente estaban el Riomar de Samil o el Brasil y el Fontoria en la zona de la Alameda, además de otros espacios como la cafetería El Flamingo en Príncipe o, en la temporada de verano, la terraza del Universal delante del Náutico.

"El garrafón, era lo que se movía mayoritariamente en muchos de estos lugares, por eso no logro entender de entre la gente que tiene hoy mi edad a algunos negacionistas de las vacunas después de todo lo que se han metido 'pa dentro'”

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A partir de mediados de los 70, muchos jóvenes comenzaron a disponer de coche propio y las macro salas de fiesta de fin de semana se reprodujeron como setas por toda la geografía gallega. Este modelo consistía en grandes naves situadas a las afueras de villas y pueblos dotadas de enormes zonas de aparcamiento. Allí corría la música en directo con al menos dos formaciones por jornada, así como amplias barras funcionando a tope, de las que salían combinados de todos los colores en vasos de tubo con cubitos de hielo. El garrafón, como se le denominaba al alcohol sin marca, era lo que se movía mayoritariamente en muchos de estos lugares, por eso no logro entender de entre la gente que tiene hoy mi edad a algunos negacionistas de las vacunas después de todo lo que se han metido “pa dentro”. En aquella deficitaria red viaria de interior, destartalada y con el asfalto sin pintar, la prueba del índice de alcoholemia a pie de carretera no era una práctica habitual. Hoy, debido al exhaustivo control de la seguridad vial por parte de los agentes, ese modelo de negocio basado en compensar el discreto coste de la entrada por un intensivo movimiento de barra, no sería posible. Además, es necesario señalar que en muchos de estos locales las mujeres eran utilizadas como reclamo y no tenían que pagar entrada. Una discriminación positiva, pero con connotaciones un tanto machistas, impensable desde la óptica actual.

Lo que sí proporcionaba este modelo de fiestas populares que sumaba la temporada verano a las macro salas de fiesta el resto del año, era un escenario de trabajo seguro, intensivo y desestacionalizado para las formaciones musicales. Las salas estaban distribuidas por toda la geografía e incluso en localizaciones como Carballo había dos a menos de diez kilómetros entre ellas: As Airas y A Revolta o en la carretera entre Caldas y Padrón donde estaban a poca distancia La Condesa y Chanteclair. La gran mayoría disponía de un servicio de autobús discrecional que se encargaba de traer y llevar a las personas residentes en los núcleos de población de sus áreas de influencia. Lo habitual era que en las salas actuaran al menos dos formaciones locales para simultanear los pases y cubrir la jornada. Incluso, como sucedía habitualmente en Ramallosa 2000, a veces incorporaban a mayores una atracción consagrada como Juan Pardo, Rocío Durcal o Tony Ronald.

Aquellas salas estaban siempre llenas de modo que el ecosistema funcionaba y los músicos trabajaban durante todo el año. Pero no solo en un lugar, había el modelo de doblete o triplete. Es decir, si la formación tenía éxito, podía tocar por la tarde en Ramallosa 2000 en Nigrán, a continuación los músicos, como sucedía en nuestro caso, salíamos a toda pastilla a bordo de un Dodge Dart enganchado a una caravana con parte del equipo para tocar en una pequeña sala Poyo y, al finalizar el pase en esa localización en la que utilizábamos la amplificación de la otra banda que estaba tocando allí, nos poníamos de nuevo en carretera rumbo a la monumental de Cerdedo donde hacíamos la tercera actuación. A la sala le denominábamos de forma interna “la monumental”, porque el escenario era alto y construido con tablas de madera a modo de foso taurino. Además, creo recordar que a mayores tenía pintada en su frontal de tablas la bandera española. En la sala había asientos al fondo y en los laterales donde se ubicaban madres y abuelas para controlar el comportamiento, de modo que no se sobrepasaran los mozos durante la sesión. Ese tipo de locales pequeños fue sucumbiendo a medida que fue creciendo el número de macro salas y ahí finalizó también para los músicos el modelo doblete, triplete, así como las madres y las abuelas controladoras.

Cuando se aproximaba la temporada estival solían caer por las salas grupos de paisanos claramente distinguibles entre la marabunta juvenil. Eran los miembros de las comisiones de fiestas que venían para tratar de cerrar una fecha de verano con alguna de las formaciones que tocaban ese día. Allí se les daba el cachet y con un apretón de manos se cerraba el contrato. El compromiso pactado verbalmente era palabra de Dios.

Más tarde se produjo un cambio de paradigma debido a la irrupción de la música enlatada que llegó de mano de unos prescriptores denominados DJ. Esta figura fue rápidamente abrazada por la mayoría de las salas. Muchos empresarios vieron en este modelo una panacea ya que les proporcionaba un abaratamiento importante de los costes, sustituyendo las formaciones de música en directo, a las que se les pasó a denominar peyorativamente “de pachanga”, por la figura del “pinchadiscos”. En este contexto, muchas de esas macro salas se reinventaron y consiguieron mantenerse, pero como todo tiene su aquel, no mucho tiempo después algunas fueron en declive y acabaron ocupadas como sede de otros negocios ajenos al ocio de fin de semana y una cantidad considerable quedó al pairo criando malvas en la cuneta de muchas carreteras. Lo que sí sucedió fue, que esa actividad económica fija y desestacionalizada, más allá de las verbenas de verano, donde muchos de los padres de los que hoy pasan de la treintena se conocieron y se amaron al son de la música en directo, una actividad de la que vivían durante todo el año cientos de profesionales de la música, desapareció para siempre dejando tras de sí un campo yermo que con el cambio de paradigma nunca más se volvió a retomar con la intensidad de su época dorada.

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