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Javier Junceda

Opinión

Javier Junceda

Lo que calla el del sombrero

La curiosa puesta en escena del flamante presidente de Perú

El sombrero chotano es artesanal, trenzado con hojas de palma. Quise comprármelo en Cajamarca, pero desistí al conocer su precio. Te insisten para que lo adquieras en que está hecho a mano durante largas jornadas de trabajo y que lo normal es que tengas uno para toda la vida, pero aun así se trata de un producto bastante caro, rondando los setecientos dólares. Los mejores llegan a la friolera de cinco mil.

Pedro Castillo, presidente de Perú.

Me ha extrañado que el nuevo presidente peruano luzca esta prenda de origen español y la utilice además como emblema, precisamente por lo inasequible que es para buena parte de la población a la que dice abanderar. Cierto que identifica a los sectores más populares de la sierra, que la usan para protegerse del sol cuando pega, pero también que su coste está muy por encima de las posibilidades del andino medio, aunque haya ejemplares más asequibles y de escasa calidad. El modelo que gasta el flamante jefe de Estado no tiene pinta de ser de los baratos y sería interesante conocer si cuelga alguno más en su perchero, lo que le situaría muy lejos de las capacidades de sus votantes.

Menos sorprendente es, en cambio, el lenguaje encendido que ha empleado para encaramarse al poder, genuino del populismo latinoamericano de la peor condición. Su apelación a los pueblos originarios, por ejemplo, oculta que fue esa misma sociedad la que se levantó contra el sistema de castas en que vivía esclavizada y hasta obligada a prostituirse. Cuando los “hombres de Castilla” arribaron al Perú, como sentenció campanudo ante nuestro monarca en su toma de posesión, no se establecieron diferencias de clases que no existieran ya en el incanato, y mucho más acentuadas que en época colonial.

El modelo que gasta el flamante jefe de Estado no tiene pinta de ser de los baratos y sería interesante conocer si cuelga alguno más en su perchero

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Pero eso no es todo. Tampoco el docente metido a político quiso recordar en su juramentación que España cuidó de editar en el país que ahora preside las primeras obras en quechua o aymara. Hasta Felipe II llegó a exhortar al Consejo de Indias, en 1596, que “no parece conveniente forzarlos a abandonar su lengua natural; solo habrá que disponer de unos maestros para los que quieran aprender voluntariamente nuestro idioma”, que era y sigue siendo el castellano. Que estas lenguas vernáculas sigan vivas se debe por tanto al empeño español.

Y por supuesto que silenció el recién elegido que siglos antes de la independencia del Perú fundaron allá los españoles la universidad decana de América (la San Marcos, creada en 1551); la de San Ildefonso (1608); la de San Ignacio de Loyola, en Cuzco (1624); la de San Cristóbal de Huamanga (1677); o, en fin, la de San Antonio Abad, igualmente en el Cuzco (1692). Como se ha escrito, en ese tiempo virreinal había más camas de hospital en Lima que en Sevilla, porque la España de entonces reunía a toda la hispanidad.

Para quien tiene el noble oficio de enseñar, resulta especialmente deshonesto omitir estos datos. En Perú, la Constitución gaditana fue la referencia de su primera Carta republicana, promulgada en noviembre de 1823, y de las posteriores de 1826 y 1828. Hubo en Cádiz hasta quince diputados peruanos que participaron directa o indirectamente en aquellas Cortes, presidiéndolas uno de ellos.

Pero aún hay más. Esos doceañistas peruanos no solo contribuyeron decisivamente al éxito de la primera norma fundamental española, redactándola, sino que dirigieron luego el proceso de emancipación en su propia tierra, como debiera de haber rememorado el estrenado mandatario.

Renegar de todos estos antecedentes no es solo impropio de cualquier profesor, sino una completa sinrazón cuando se hace por la más alta magistratura de una nación. Se puede perdonar la contradicción de lucir tocados prohibitivos para los bolsillos de sus propios electores, pero no la de enterrar una verdad que debiera conocer quién representa a un gobierno.

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