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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Negros, gallegos, ciudadanos

Ana Peleteiro, tras gna r la medalla de bronce en Tokio Dylan Martínez

A algunos se les ha hecho raro ver atletas de color (negro) ganando medallas para España en los Juegos Olímpicos, como si esto no hubiera pasado nunca. Los más quisquillosos observaron con desconfianza que una de ellos, Ana Peleteiro, se expresase además ante las cámaras con un fuerte acento gallego. A ver si encima de inmigrantes van a ser separatistas, debieron de pensar los que frecuentan las redes sociales para quejarse de la invasión de España por los sarracenos y los subsaharianos.

Peleteiro, como su apellido sugiere, no es exactamente una persona que haya emigrado de otro país a España. Nació en Galicia –como podría haber nacido en cualquier otro sitio– y esa es la razón de su deje. Quienes se asombran de que hable gallego –y español– evocan sin quererlo los ripios de Moratín: “Admiróse un portugués de ver que en su tierna infancia todos los niños de Francia supieran hablar francés”.

Estas anécdotas de los acentos, las lenguas y los colores de la piel solo entretienen a los xenófobos, que últimamente no paran de salir en masa del armario. Hacen bromas sobre los “españoles de pura cepa”, aluden a los medallistas que “han tomado mucho el sol” y a continuación aclaran que, naturalmente, ellos no son racistas. Los más condescendientes felicitan a los ganadores porque, dicen, esta y no otra es la inmigración que nos hace falta.

Difícil será hacer entender a las gentes del ancien régime, tan abundantes todavía por aquí, que la condición de español, de danés o de mexicano responde a la voluntad de serlo y no a pergaminos que acrediten el linaje. A estas alturas no es cosa de recordarles que los antiguos romanos –mucho más modernos que ellos– ya distinguían entre el derecho de suelo y el derecho de sangre.

Estas anécdotas de los acentos, las lenguas y los colores de la piel solo entretienen a los xenófobos, que últimamente no paran de salir en masa del armario

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El caso particular de Peleteiro, a la que han puesto de chupa de dómine por no arredrarse ante los ataques de los cavernícolas, es todo un ejemplo. La chica no está dispuesta a pedir perdón por el color de su piel ni por la melodía de su acento: y acaso sea esto lo que más choca a los perdonavidas. La reputan de altanera y de deslenguada, cuando no de roja, que es color en el que algunos resumen todos los males.

En realidad, sus apariciones en televisión, en Tik Tok y por ahí la muestran como una rapaza simpática que a menudo recurre para expresarse al humor y a la ironía, atributos de la inteligencia.

No hay que descartar siquiera la hipótesis de que su condición de gallega en ejercicio le haya hecho ver el mundo con la liberalidad y amplitud de miras que demuestra. Después de todo, los gallegos emigrados en su día por cientos de miles a Ultramar conocieron de primera mano las amarguras del extrañamiento y el rechazo.

Quizá esa experiencia de gentes de mundo explique que los galaicos sean, en general, algo más comprensivos cuando se trata de entender a los de fuera, cualquiera que sea su procedencia, su idioma, su color de piel o sus creencias religiosas.

Tampoco ha de resultar casual que el de Galicia sea uno de los pocos, si no el único, reino autónomo en el que los partidos xenófobos carecen de un solo representante electo en las instituciones públicas.

Ya vendrá la penitencia. A los habituales chistes de gallegos habrá que sumar ahora los de negros y, rizando el rizo, los de negros gallegos. Mal saben los que los cuentan en las redes sociales que, en realidad, los raros son ellos.

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