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Luis M. Alonso.

Del mismo viento

Hay quienes siendo la solución acaban convirtiéndose también en el problema. Es el caso de Messi y del club en el que han transcurrido los veinte últimos años de su vida. El Barça no habría conocido la grandeza deportiva de las dos últimas décadas, las mejores de su historia, sin el astro argentino, pero seguramente tampoco hubiera llegado a la quiebra económica que le impide seguir contando en sus filas con él. Messi ha tenido un efecto contagioso y corrosivo sobre las finanzas barcelonistas. Salarios desorbitados, mala planificación y peor gestión, directivos manirrotos, profesionales egoístas que dicen sentir los colores y no están dispuestos a rebajarse un euro de sus sueldos cuando la crisis ha puesto al fútbol contra las cuerdas, etcétera, etcétera.

En estas circunstancias y para cualquier persona sensata librarse del lastre de Messi tendría que ser un alivio, porque de lo contrario, cumplidos los 34 y cobrando lo que cobra, seguiría hipotecando a la entidad hasta dejarla en sus huesos y sin margen de maniobra debido a la elevada masa salarial que ocupa. Pero, no. Con la ciega fe del fanatismo que oscurece el fútbol, los forofos culés han decidido que la nueva tocata y fuga del crack de Rosario es una auténtica tragedia y que deberían haberlo mantenido a toda costa, incluso cuando inscribirlo en el campeonato era misión imposible.

A su vez, el club que alentó hasta el último instante las esperanzas de los aficionados de seguir contando con él decide señalar a otros como responsables para no tener que enfrentarse a la desilusión general. Esta vez es la Liga Profesional de Fútbol, “la Liga española”, la que ha impedido con sus rígidas normas del fair play financiero y su estructura que Messi pueda seguir en el Barça, no la catastrófica gestión del club catalán en los últimos años. ¿Tendría que prevaricar la Liga? Como el viento viene de donde viene, no hay más remedio que pensar que se trata de una reedición del famoso “España nos roba”.

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