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Cuando uno llega al peaje de una autopista, pasada la una de la madrugada, habiendo tres de las cuatro cabinas libres para pagar de forma automática y detrás tuyo tienes otro vehículo al que le gustó la misma barrera, tus monedas con las que encestar al cajetín es como que se esparraman, si además el único y último de la cola te amenaza con un “apura banderas” la cosa se pone fea. Hay autopistas en las que se cruzan animales –racionales–, te exiges calma, revisas la matrícula, y no, tu bandera sigue pegada al capó.

No digamos que vayas en moto y por llevar un pin con la enseña de España te caiga una somanta, por “facha”, cuando en muchas ciudades de este hermoso país ondean banderas enormes, reivindicando ¡patria! –o “matria”, que aquí el género pinta poco–. No acabamos de ver que los valientes que apalean a un motorista lo hagan con agentes, pues portan escudo y los colores nacionales en la hombrera. En fin, a esperar dilucidan la presunción, a veces enjuiciamos antes de tiempo, el recurso a las fobias suele ser agravante, así que prudencia.

Lo cierto es que ya no nos ponemos colorados. Nuestras mejillas se agazapan tras las mascarillas, máxime si eres alcaldesa de Barcelona y te mandan de vuelta el cuadro que ordenaste descolgar del salón de plenos por no estar de acuerdo con el jefe del Estado al que perteneces, mal que te pese.

Por minimalista que enmarques tus dominios y la devolución del cuadro regio, te la tienes que envainar, te pagan por edil municipal, no por hacer mudanzas a tu antojo, eso no quita que tapes narices y boca a modo –vexilofacial– cada uno pone morros, se enfada, a su manera.

Ya el esperpento del abanderado es que te subas al metro, o al autobús, y siendo enfermero instes a ponerse la preceptiva mascarilla, seguramente por la salud del que a continuación te va a golpear. La pandemia engrandeció a nuestros sanitarios y ha sido ese espíritu de sacrificio el que les lleva a una responsabilidad social aprehendida, con el coste de ser brutalmente agredido. El violento que le golpea con un puño americano ignora que noquea a uno de los portadores de la bandera que doblegó la pandemia, al cambio un abanderado de Iwo Jima, entre los cuales había un enfermero de la Marina de Estados Unidos.

Faltan astas, no para las banderas, para ondear la tolerancia, de ahí que la vexilología sea una asignatura pendiente dentro de la educación social.

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