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Ceferino de Blas.

La medalla de los sanitarios

Se ha acertado de pleno al otorgar la Medalla de Oro de Galicia a los sanitarios que inyectan las vacunas contra el COVID. La han ganado a pulso y corresponde a todos. Porque esta distinción no se circunscribe a los que actúan en los centros de vacunación masiva, sino que abarca a todo el colectivo.

Es cicatero e indigno discutirles este honor, porque si no hubiera quien aplicara las vacunas con tanta celeridad y eficacia de nada servirían. Es su tarea y la están ejecutando a la perfección.

La antítesis está en los países que tienen que vender o deshacerse de las vacunas para que no se deterioren –tienen un periodo de vigencia–, y previsiblemente carezcan de la organización y de sanitarios para administrarlas.

A los profanos, que somos reverentes con los profesionales de la sanidad, de los que en algún momento de la vida seremos pacientes, nos ha impresionado el funcionamiento de los centros masivos de vacunación.

El Instituto Ferial de Vigo (Ifevi), que es el que conocemos y visitamos varias veces, funciona como un reloj. Los centenares de miles de dosis que se han administrado en tiempo récord, dentro de un ambiente de normalidad sin que se hubiera emitido ninguna queja del proceso, habla a las claras de la profesionalidad y preparación de los sanitarios.

Cuanto atañe a las vacunas, desde que se accede al recinto, y aunque haya en todo momento centenares de personas moviéndose o en las cabinas donde el sanitario de turno procede a aplicarlas, se desarrolla sin interrupción. Semeja una cadena de trabajo de cualquier factoría de producción, pero con el toque humano. Todo el personal de enfermería se comporta con enorme comprensión, incluso simpatía hacia quienes se vacunan. Quitándoles todos los miedos.

Un sobresaliente ‘cum laude’, sin la menor reserva mental, para los equipos que están vacunando a los vigueses y a los de los ayuntamientos y las parroquias a los que corresponde acudir al Ifevi.

A los profanos nos ha impresionado el funcionamiento de los centros masivos de vacunación como el Ifevi, que funciona como un reloj

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Concentrar la vacunación en un solo recinto se ha demostrado que es una decisión acertada. Y después de comprobar que funciona a la perfección, miel sobre hojuelas.

Las protestas minoritarias de quienes se metieron en un atasco para llegar a los aparcamientos del Ifevi, que también funcionan correctamente, no pasan de anécdotas. A la postre, el atasco de uno a dos días es preferible al albur del experimento de crear varios centros de vacunas, que ni garantizarían un acceso sin atascos ni la fluidez y eficacia del actual proceso de vacunación.

Cuando se decretó el confinamiento en la fase más letal de la pandemia, al llegar a las ocho de la tarde la gente salía a los balcones a aplaudir espontáneamente a los médicos que trabajaban en los hospitales, echando el resto y poniendo sus vidas en riesgo para contener la enfermedad y la mortandad.

En Vigo se les reconoció con la Medalla de Oro de la Ciudad. El máximo honor que se otorga. Y fue un premio justo.

Ahora toca a los sanitarios recibir el reconocimiento de los gallegos. Es su momento, porque son los que están cumpliendo como buenos en esta fase de poner coto al virus.

No es extraño que, por estos ejemplos de médicos y sanitarios, haya proliferado entre los jóvenes la vocación de convertirse en profesionales de la salud. Es para sentirse satisfechos, porque todos los necesitamos. La pandemia ha revelado las debilidades de las sociedades más preparadas, y ha demostrado que se precisa mejorar e invertir mucho en sanidad. Por lo que es el momento de reavivar el viejo deseo de que se cree una segunda facultad de Medicina en Galicia y que se instale en Vigo. Existen múltiples razones, muchas veces expuestas, que argumentan su conveniencia.

Lamentablemente nunca han sido atendidas, pero nadie negará que la ciudadanía se sentiría más tranquila con dos facultades de Medicina.

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