Russell Kirk, después de publicar ‘The Conservative Mind’ en 1953, se convirtió en el intelectual conservador más respetado de su tiempo. Este libro no pretendía ser una hoja de ruta para el presente y futuro de los conservadores, una suerte de programa ideológico para ser aplicado por los gobiernos, sino el redescubrimiento de una tradición filosófica: la ruta que habían recorrido otros pensadores y estadistas desde Edmund Burke, tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos.

Hace unos pocos años, Bradley J. Birzer, un profesor de Estudios Americanos de Hillsdale College, publicó un interesante (y muy elogioso) estudio sobre Kirk, probablemente el más extenso y documentado que se ha publicado hasta hoy. El libro no se centra en las peripecias vitales del hombre. Como advierte el autor, se trata de una obra que examina su “evolución intelectual” (publicaciones, polémicas, trabajos periodísticos, etc.) y sus “ideas sobre lo trascedente” (reflexiones sobre filosofía, teología y cristianismo).

Siempre sintió una fascinación por lo sobrenatural; escribió historias de fantasmas, novelas y relatos de literatura gótica

Sin embargo, Birzer menciona dos acontecimientos que llaman nuestra atención. Uno tuvo lugar en el verano de 1951. Un joven y todavía agnóstico Russell Kirk entró en la Catedral de York, una de las más grandes del Reino Unido, mientras la Orquesta Sinfónica de Londres, en pleno atardecer, deleitaba a los presentes con un concierto. En aquel instante, Kirk se imaginó el extraordinario edificio gótico sitiado por las fuerzas parlamentarias durante la primera guerra civil inglesa en 1644. Resignados ante lo que parecía que iba a ser una muerte segura, los realistas (partidarios de Carlos I) cantaron “Te Deum”, el himno litúrgico cristiano. Según Birzer, Kirk experimentó entonces un “momento imperecedero” que le permitió “hallar su lugar en un mundo caótico”, pues “Platón y San Agustín se comunicaron con él a través de quienes fueron condenados al martirio en la Ciudad del Hombre pero lograron la eterna felicidad en la Ciudad de Dios”. Tras esa revelación, concluye Birzer, Kirk “comenzó a sospechar”.

El otro, más terrenal, ocurre en 1948, cuando Kirk se separó de su novia. “Sin Rose, ¿qué puedo buscar yo ahora de la vida?”, se lamentó en sus diarios. “Revitalizar los principios conservadores”, se respondió a sí mismo de inmediato. Ambos episodios transformaron profundamente su vida. En la catedral se anunció un futuro despertar religioso; la ruptura sentimental aceleró su misión intelectual. Kirk fue agnóstico (no se identificaba con ninguna denominación religiosa) gran parte de su vida, pero se convirtió al catolicismo en 1964. Siempre sintió una fascinación por lo sobrenatural; escribió historias de fantasmas, novelas y relatos de literatura gótica.

Kirk mantuvo con la política (de partidos) una relación compleja. Apoyó a candidatos muy de izquierdas (el socialista Norman Thomas y el demócrata Eugene McCarthy) y a candidatos muy de derechas (el republicano Barry Goldwater y el tradicionalista Pat Buchanan). Desconfiaba del capitalismo y fue muy crítico con los neoconservadores (de estos últimos dijo que actuaban como si Tel Aviv fuera la capital de Estados Unidos). Según Kirk, “el conservadurismo, estrictamente hablando, no es un sistema político ni ciertamente una ideología; es una manera de ver el orden social”. Es difícil hallar el pensamiento de Kirk en lo que hoy llamamos “la derecha”. Pero su reino no estaba en ese mundo. Ahora es uno más en su colección de hombres ilustres. El último en sumarse a la ruta, feliz en la eternidad de las páginas.