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Gerardo Álvarez Limeses, un maestro de maestros

Los escolares más vulnerables centraron sus atenciones y para ellos impulsó las colonias veraniegas, los comedores y las cantinas gratuitas

Gerardo Álvarez Limeses fue un pedagogo vocacional que dejó fuerte impronta en el Magisterio pontevedrés.  | // FOTO: J. PINTOS

Gerardo Álvarez Limeses fue un pedagogo vocacional que dejó fuerte impronta en el Magisterio pontevedrés. | // FOTO: J. PINTOS

La enseñanza, la literatura y la beneficencia ocuparon los principales quehaceres, aunque no fueron los únicos ni mucho menos, que desarrolló Gerardo Álvarez Limeses (GAL), a caballo entre los siglos XIX y XX. Todo un personaje de quien este año se cumple el 150 aniversario de su nacimiento.

Gerardo Álvarez Limeses, un maestro de maestros

Si el Museo celebró su centenario en 1971 con una magnífica velada literaria, esta otra efeméride bien merece siquiera el franco recordatorio de un patriarca como la copa de un pino, en su significado más genuino.

La capacidad de trabajo de GAL -imprescindible escribir su nombre completo para no confundirlo con otros miembros de la gran saga iniciada por Emilio Álvarez Giménez- resultó tan extraordinaria pese a una salud maltrecha desde su juventud, que le permitió desarrollar las actividades más dispares con pesadas responsabilidades sobre sus hombros. A saber:

Desde teniente de alcalde del Concello de Pontevedra con Remigio Hevia al frente, hasta director técnico del Eiriña Club de Fútbol al lado de Antón Losada como presidente. Igualmente fue fundador del Círculo Católico y después presidente de Acción Católica; patrono y vice-director del Museo Provincial; miembro correspondiente de la Real Academia Gallega y un largo etcétera.

A los 22 años publicó en Madrid su primer libro de poesía “Margaritas”, que mereció el elogio de Valle-Inclán. Para la monumental obra sobre la Geografía de Reino de Galicia escribió el tomo de la provincia de Pontevedra con 1.087 páginas. Y su pluma destacó entre los primeros defensores de la tesis desarrollada por García de la Riega en favor del Colón pontevedrés.

Cuando en la Pontevedra de su tiempo, alguien mentaba a don Gerardo, todo el mundo sabía que hablaba de Gerardo Álvarez Limeses. Con una tarjeta de presentación tan completa, se ganó de buen grado tal reconocimiento.

Licenciado en Derecho, se hizo pedagogo por vocación y el Magisterio ocupó buena parte de sus desvelos. Inspector de Primera Enseñanza por oposición, ejerció dicha labor en varios destinos, de Cádiz a Cáceres pasando por Ourense, hasta que logró su asentamiento en esta ciudad, donde estuvo al frente del colectivo durante bastantes años.

A GAL no le templó el pulso ante la superioridad en su estreno como inspector jefe cuando tuvo que defender la necesidad de devolver a su uso original el Grupo Escolar de Las Palmeras. La escandalosa situación que atravesaba Pontevedra con 200 niños pobres sin escolarizar por falta de un local apropiado no podía continuar ni un día más, aunque tal desahucio supusiera un cierto desaire para el Ejercito, su ocupante cuasi manu militari.

El ministro de Instrucción Pública, Francisco Bergamín García, tomó cartas en el asunto y emplazó al Ayuntamiento para desalojar las oficinas militares en un plazo máximo de tres meses con el fin de instalar las escuelas graduadas. El ultimátum cayó muy bien en entre la corporación municipal, pero nunca se ejecutó el traslado para desconsuelo de don Gerardo, que una y otra vez se las vio y se las deseó para encontrar locales apropiados en donde instalar nuevas escuelas.

La puesta en marcha de colonias veraniegas constituyó para GAL otro anhelo irrenunciable. Su incansable perseverancia ante la Junta Provincial de Primera Enseñanza año tras año dio su fruto, gracias a la decidida implicación del gobernador civil, José Mª Rodríguez Villamil.

La suscripción popular, tan socorrida en aquel tiempo, resultó el instrumento para conseguir el objetivo perseguido. Una recaudación por encima de las diez mil pesetas permitió organizar en agosto de 1925 la primera colonia escolar en Lalín, con la participación de veinticuatro niños y niñas elegidos entre los más necesitados y desnutridos de esta capital.

Al año siguiente, en lugar de una se organizaron tres colonias escolares. Y así sucesivamente, hasta que aquella meritoria labor tocó la fibra sensible de Manuel Barreiro Cabanelas, un indiano acaudalado, quien donó para tal fin una magnífica finca en la parroquia de Covelo, amén de importantes cantidades en metálico para contribuir a su sostenimiento, como resulta bien sabido.

Tras las colonias escolares, llegaron las cantinas y poco después los comedores escolares. Solo por estas tres actividades que tanto contribuyó a implantar, GAL ya merecería un lugar de honor en el Magisterio pontevedrés.

Las cantinas fueron los precedentes directos de los comedores; aquéllas sentaron las bases y pusieron los cimientos de éstos. Unas y otras iniciativas pusieron el acento en su carácter benéfico, circunscribiendo su labor a los niños más vulnerables y con menos recursos familiares.

Don Gerardo presidió un comité de inspectores y maestras que instalaron la primera cantina, con cocina y comedor, en el sótano de la Normal de Maestras, que abrió sus puertas a finales de 1929. Hasta la Guerra Civil, su actividad se multiplicó porque dispusieron de mayores recursos económicos.

La llegada de la República supuso un duro trance para GAL, un tanto alejado de la militancia partidista, pero muy comprometido con su fe católica. Por esa razón, vivió con tristeza y desasosiego la retirada de crucifijos en las escuelas, una de las primeras órdenes dictadas por el nuevo Gobierno.

Desde su puesto de inspector jefe, se comportó como un leal funcionario del Estado y siempre acató las órdenes emanadas del nuevo director general de Enseñanza Primaria, Rodolfo Llopis. Pero al cabo de dos años, no pudo seguir y ofreció su renuncia al cargo tras recibir presiones nada veladas. Nadie se atrevió a firmar su destitución por falta de motivación objetiva.

Un periódico tan poco sospechoso como “El País”, de reconocido credo republicano, despidió a don Gerardo como “un competente y meritísimo funcionario, que captó la simpatía y el cariño del Magisterio provincial”.

Una glosa mortuoria recordó su última conferencia en 1936, durante unos cursillos del Magisterio en el cine Coliseum, del que salió escoltando hasta su domicilio entre dos filas de asistentes y continuados aplausos. Ante un homenaje tan apoteósico, GAL no tuvo más remedio que asomarse al balcón para agradecer tan insólito como sentido reconocimiento público.

La colecta para editar sus obras

En cuanto don Gerardo presentó su renuncia a la jefatura de la junta provincial de inspectores de Primera Enseñanza, un cualificado grupo de pontevedreses de distintas profesiones y credos, lanzaron un singular manifiesto en señal de apoyo a su persona para tratar de aligerar su zozobra. Una declaración en donde reivindicaron la necesidad de poner en valor a los hombres más relevantes de esta ciudad, a rebufo de los aires renovados en aquel tiempo nuevo como consecuencia del advenimiento de la República. Entre los firmantes estuvieron Isidoro Millán, Enrique Marescot, Juan Novás, Manuel Cabanillas, Tomás Abeigón, Modesto Bará, José Gay, Emilio Quiroga, Leandro del Río y Ernestina Otero, entre otros. Todos ellos pontevedreses bien conocidos y recordados por sus destacadas trayectorias. Al tiempo que ponderaron la figura profesional, literaria y humana de Álvarez Limeses, estos buenos amigos realizaron una atrevida propuesta: la apertura de una suscripción popular con la finalidad de sufragar una edición de las obras completas de don Gerardo; sobre todo de sus poesías, tan celebradas como premiadas, hasta entonces dispersas y nunca reunidas en un libro. Seguramente nada pudo satisfacerle más en aquel momento. La idea conllevaba un cierto riesgo puesto que podía no salir bien y terminar en un fracaso no deseado. Sin embargo, las expectativas resultaron más que cubiertas. La recaudación total ascendió a 6.606 pesetas reunidas en pequeñas aportaciones, mayoritariamente de cinco y diez pesetas. En 1933, tal cantidad no era pequeña. Al año siguiente salió el primer tomo titulado Entre dos séculos, que reunió cincuenta y una poesías gallegas, con prólogo de Castelao y portada de Pintos.

El grupo escolar con su nombre

Entre las numerosas reacciones de respeto, cariño y admiración que suscitó el fallecimiento de don Gerardo, destacó especialmente una propuesta colectiva de la junta provincial de inspectores de Primera Enseñanza, entidad que presidió durante buena parte de su larga actividad profesional. Los inspectores pidieron a su Dirección General que “a fin de perpetuar su memoria”, autorizara el nombre de Gerardo Álvarez Limeses para el grupo escolar instalado entonces en la Casa del Barón -luego Parador de Turismo-, sucesor de aquel otro impulsado por Vincenti en el edificio proyectado por Sesmero en Las Palmeras. Tal iniciativa honró a sus promotores, al tiempo que hizo justicia al buen nombre del maestro homenajeado. Ni que decir tiene que la Dirección General de Primera Enseñanza aceptó con buen criterio la solicitud sin poner ningún reparo. La cesión por parte del Ayuntamiento al Estado de la casona de los condes de Maceda para acoger el Parador de Turismo, dejó al pairo al grupo escolar Álvarez Limeses. Entonces el arquitecto municipal, Emilio Quiroga, realizó para su cobijo en 1951 un proyecto de reconstrucción de la antigua fábrica de la electricidad en la plaza de A Verdura. Allí estuvo poco tiempo porque enseguida surgió la idea de levantar una edificación ad hoc en la calle Joaquín Costa, finalmente inaugurada por Filgueira Valverde a principios de 1960. El nuevo alcalde de Pontevedra no desaprovechó tan señalada ocasión para ensalzar la figura de don Gerardo, “gran maestro y gran poeta, que vivió al servicio de la ciudad y de su tierra, y que ejerció el patriarcado de una familia de excepción”. Sesenta años después, el grupo escolar Álvarez Limeses continúa allí ubicado con su mismo nombre en recuerdo de tan insigne personaje.

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