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Una procesión del Santo Cristo en el siglo XIX

Fieles asistentes a la procesión del Cristo de la Victoria en 2019 Marta G. Brea

Si la devoción viguesa al Santísimo Cristo parece remontarse mucho tiempo atrás –el documento fundacional de la procesión de 1810 alude a la “protección tan conocida del Santísimo Cristo”–, la procesión como acto litúrgico se inició en 1810, cuando el Ayuntamiento establecía la fecha para conmemorar la “tranquilidad que disfruta esta ciudad desde el día 28 de marzo del año pasado de 1809, en que la Divina Providencia la liberó del yugo del tirano enemigo que la dominaba, y la corporación del alcalde F.X. Vázquez Varela declaraba festivo “el 28 de Marzo de cada año como el de nuestra livertad, que se ha de dedicar al culto divino y de la venerada figura del Santísimo Christo de la Victoria”. Sin embargo, ya en los años siguientes, la fecha se adelantó o retrasó unos días, casi siempre los primeros de abril, en función tanto de los avatares climatológicos como de la posibilidad de incluirla en las funciones de la Semana Santa. Finalmente, en los años sesenta del siglo XIX la celebración se trasladó al mes de junio, y poco después y hasta la actualidad, al primer domingo de agosto.

De este modo, la procesión del Cristo de la Victoria surgió como un acto de naturaleza religiosa, pero también política (de ahí la presencia de los poderes locales), militar (conmemorativa del triunfo contra el invasor francés), social (con la participación masiva del pueblo vigués “el Ayuntamiento ha visto con lágrimas de gozo, la concurrencia de todos los fieles a tan fervoroso acto”), y, en pocos años, cultural, ya que muy pronto pasó a formar parte de nuestro acervo cultural.

Desde el primer momento, las autoridades locales promovieron e impulsaron la procesión, y este cesarismo (control de lo eclesiástico por el poder político) local se reflejaría de muchas maneras. El Ayuntamiento era quien sufragaba las hostias para la comunión que suministraba el sacristán de la Colegiata; quien, en marzo de 1826, nombraba a Vicente Moreyra, Sebastián Gregorio y Andrés Martínez “para el recogimiento de la limosna y petitorio del Stmo. Cristo de la Victoria”; quien, en 1827, pagaba al sacerdote Josef Manuel Correa 8 reales “por celebrar la misa de doce”; quien pagaba la lavandería de los ropajes litúrgicos de la Colegiata y de Santiago de Vigo –en 1837 pagaba a Juana Collazo 220 reales “por el lavado, planchado de la ropa de la Iglesia Colegiata”, trabajo al que renuncia al año siguiente “por no alcanzarle el estipendio ni para el carbón de la plancha”–, o quien pedía cuentas a los párrocos por la supresión o impuntualidad de las misas dominicales, como sucedió en abril de 1838 cuando se anularon algunas “por no haber dinero para la hostias”, lo que provocó la intervención del alcalde e incluso del Jefe Político Provincial. Por este motivo, no es extraño encontrar en la documentación municipal informaciones esporádicas –a veces muy escuetas, como cuando la corporación de Nazario Eguía acordaba en marzo de 1824 “la celebración del Stmo. Cristo de la Vctoria en los mismos términos que se acostumbra”– que nos permiten dibujar los perfiles del evento en algunas ocasiones, como en el año 1837.

Conviene, en todo caso, recordar que en aquella época, la ciudad de Vigo era tan solo el recinto intramuros, espacio comprendido dentro de la muralla que viene a coincidir con lo que hoy llamamos casco vello. La parroquia de Santiago de Vigo, que acogía sobre todo a los habitantes del Arenal, era tan solo un “agregado”, y todas las demás parroquias eran ajenas al Vigo de entonces.

En ese año 1837, la Junta Municipal –de la que formaba parte el alcalde, varios regidores y el párroco de la Colegiata– señaló el 2 de abril para la celebración de la “función del Santísimo Cristo de la Victoria [...] en accimiento (sic) de gracias por la victoria conseguida el día 28 de Marzo de 1809, librando a esta Ciudad de la Dominación Francesa que la ocupaba”, y a ella asistieron, como era costumbre, todas las autoridades civiles, militares y eclesiásticas.

Los preparativos comenzaron la semana anterior cuando la municipalidad viguesa nombró una comisión compuesta por los regidores (concejales) Manuel Nieto y Antonio Domínguez, que se encargarían de la organización. Como en las demás festividades solemnes, los comisionados dispusieron la limpieza de calles –“se previene disponga cada vecino la limpieza de la calle en la frontera de su casa, evitando verter en ella toda agua inmunda y retrayendo la salida a la misma de cerdos y de otro cualquier ganado”–, la ornamentación de las viviendas con colgaduras –“de que deven adornarse las ventanas y los balcones de las casas de esta Ciudad y sus arrabales”–, la iluminación de las calles por donde discurriría la procesión mediante lámparas de aceite –“y lo más preciso para tales casos, de modo que todo se haga con el lucimiento debido a tan fausto suceso, y que se verifique con la ostentación que requiere este solemne acto”–.

Aunque la procesión tenía lugar siempre por la tarde, las actividades previas comenzaban a las 7 de la mañana, cuando los regidores comisionados recibían en el Campo de Granada (que venía a coincidir con la actual Praza do Rey) al “Comandante de la Sección de Cavallería del Batallón de la Milicia Nacional de Vigo, con todos sus individuos”. Una hora después, pasaban revista a las tropas, y a las 09:00 presentaban novedades al Presidente de la corporación.

Hacia las cinco de la tarde concurrieron a la plaza de la Colegiata las autoridades, las Compañías de Infantería, Caballería y Banda de Tambores de la Milicia Nacional de Vigo y un inmenso gentío. En pocos minutos se organizó la procesión en el orden siguiente: al frente, la Compañía de Infantería del BMN; a continuación, la efigie del Santo Cristo, autoridades eclesiásticas, autoridades civiles, Compañía de Caballería, Banda de Tambores y pueblo vigués.

Al frente de las Compañías de Infantería y Caballería se situaron sus respectivos capitanes, mientras el Tambor Mayor lo hacía delante de la Banda de Tambores. Unos y otros, ataviados con sus uniformes de gala: morrión o chacó “encarnado”, cuello con franja roja, levita de paño verde con charreteras y botones blancos, pantalón azul celeste con franja “encarnada”, botines blancos, amén de correajes, “correas ceñidoras”, porta-cartucheras y cartucheras de cuero, y fusiles con bayoneta los infantes.

Tras la Santa Figura, presidían lo eclesiástico el Reverendo Padre Guardián del Convento de frailes franciscos de Santa Marta, el Prior de la Colegiata D. Antonio María Pérez y González y el párroco racionero de la misma, el párroco de Santiago de Vigo, y demás sacerdotes de ambas parroquias.

A continuación, desfilaron las fuerzas vivas de la ciudad: Alcalde Presidente, D. Manuel Llorente, provisto de la vara de Justicia; Comandante General de Armas y Gobernador del fuerte del Castro; Comandante del Batallón de Milicia Nacional, D. Santiago Filgueyra; Juez de 1ª Instancia y Capitán de Puerto, D. José Donesteve. En segundo término, los demás miembros de la corporación: regidores José Rodríguez, Manuel Nieto, José Collazo, Antonio Domínguez, Antonio Pérez, Manuel Coto, Sebastián Cusi, Pablo Morón y José Álvarez, el Procurador Síndico General, Eugenio Torres Moreno, el Diputado del Común, Pedro Carbajal y el prócer local D. Norberto Velázquez Moreno, Depositario y Tesorero de Propios y Arbitrios del ayuntamiento vigués, unos y otros con indumentaria de gala. Eran trajes de paño oscuro, levitas y capas, sombreros de copa de fieltro de lana, y los concejales provistos de una banda “encarnada” cruzada sobre el pecho, conforme a su status.

A la cola de la procesión, se disponía el pueblo llano vigués, la parte más nutrida de la comitiva –“un inmenso concurso de vecinos”, en torno a las 4.000 almas– encabezada por los Mayordomos de las seis cofradías de la Colegiata y su “agregado” Santiago de Vigo: Cuerpo de la Ciudad, Santiago de Vigo, Santa Lucía, San Sebastián, Santa Catalina y Madre de Dios.

Dos días después de concluidos los fastos, los concejales comisionados informaban al alcalde, a toro pasado, de que la revista de tropas de la Sección de Caballería de la Milicia Nacional “.del día dos del actual no tuvo efecto por la ausencia del Comandante de la misma D. Antonio Menéndez Taboada” y, tras debatir esta incidencia, la corporación “acordó sufra dicho Comandante el arresto de cuatro días en el Cuerpo de Guardia Principal (ubicado en la Plaza de la Constitución) después que se restablezca de la indisposición que alega padece [...], y se oficie al Comandante del Batallón de Milicia Nacional y al Oficial de Guardia, a fin de que dé parte a este Ayuntamiento del día en que se presente para dicho arresto”.

Pero la devoción del pueblo vigués al Santísimo Cristo de la Victoria no se limitaba al día de la procesión, y a su tutela acudían siempre que la ciudad atravesaba dificultades serias. Así ocurrió, por ejemplo, en agosto de 1824, cuando una pertinaz sequía dejó bajo mínimos el abastecimiento de agua a la ciudad y puso en peligro las cosechas, lo que movió a la corporación del alcalde Nazario Eguía a organizar una rogativa que recorriera las calles del recinto intramuros y “que acompañe la Efigie del Santísimo Cristo de la Victoria con el Cabildo eclesiástico de esta Colegiata”. Algo similar y por el mismo motivo ocurrió en agosto del año siguiente, por lo que la municipalidad del alcalde José Manuel Costas acordó “se ponga una novena al Santo Cristo de la Victoria, y se haga una rogativa pública, haciéndose saber al público por medio de bando”. 

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