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José María de Loma.

Aristócratas en bañador

Antaño, los periódicos traían deliciosas crónicas estivales firmadas por colaboradores destacados en emblemáticos lugares de veraneo. Textos sobre Marbella, Galicia, San Sebastián, Ibiza, Mallorca e incluso Madrid, donde el famoseo se dejaba ver cuando el sol cedía en esas famosas terrazas de la Castellana que tanto se pusieron de moda. Leíamos quién había llegado a la zona, quién se iba, dónde cenaban, qué fiestas organizaban. Abundaban los conciertos y las cenas benéficas. Los diarios con más posibles y mejores foteros incluían en esas páginas estivales fotos de señoras o señores en bañador o bikini solazándose en sus yates o las orillas del mar. Hoy todo es más rápido, más ágil, algo más cutre también. Más instagram, menos papel, más Twitter, menos cuché. Hoy un famoso se sube a un yate y va y lo cuenta. En redes. Antes primaba cierta discreción, a veces fingida, sí. Hasta disimulaban cuando se les hacían las fotos, si bien los verdaderos adinerados que además tenían clase y estilo nunca salían en parte alguna, en ninguna publicación. Los horteras o nuevos ricos sí son más de salir. Y si les ve poca gente se compran un paquete de 2.000 seguidores y listo. Queda poco de la jet set clásica: millonarios de linaje aristocrático, maduros deportistas que habían sido todo, condes y marquesas, grandes empresarios. Celebridades de toda la vida. No hay añoranza. Es descripción. Si acaso, nostalgia de cierta literatura (y pies de foto. Ah, qué arte poner bien un pie de foto) sobre el verano que era respetuosa y de elegante prosa perpetrada por firma prestigiosa o joven de prometedora adjetivación y aversión a los gerundios. Con los famosos como protagonistas. Hoy todo es distinto. Hasta yo puedo salir en una foto si voy a inaugurar el verano a un chiringuito comiéndome un arroz con pulpo. Les gusta. Me gusta.

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