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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

La memoria

Uno de los elementos en teoría más interesantes de jornadas tan especiales como el Día de Galicia habría de ser el ejercicio de la memoria. Y no ya sólo para recordar de dónde se viene sino para reflexionar a dónde se quiere ir. Ocurre que, por desgracia, la tendencia a reducir la fiesta a sólo dos de sus facetas –la laboral y la política– elimina en la práctica el saludable hábito de recordar. Y cuando, además, el 25 de julio es domingo –lo que, por cierto, aporta al año entero la condición de “santo”– anula la primera faceta y deja el protagonismo en exclusiva para la segunda, que aprovecha y abunda en discursos y actos oficiales. A partir de ahí se puede opinar pero, seguramente, muy positivo no es.

Se deja expuesto el punto de vista desde una óptica particular –como siempre– porque la experiencia demuestra que, tratándose de política y sus oficiantes, no convienen más dosis de las necesarias. Por una razón: una y otros olvidan con facilidad, incluso, las proclamas generales y los compromisos concretos. Por eso puede hablarse con inexactitud desde el PPdeG de “esperanza”, por el PSdeG-PSOE, con desfachatez, de “una España multinivel” o reivindicar, desde la fantasía el BNG, la autodeterminación para Galicia. Lo mejor de todo ello es lo poco probable que, más allá de sus militancias, obtengan un aval popular reconocible.

(Lo que nadie olvida, sin embarco, es que el umbral de este Día grande es también el que recuerda la tragedia de Angrois. Apenas un centenar de personas, según las referencias publicadas, acudió al lugar más trágico de este país en tiempos de paz. Y en el que se detectó también algún defecto de memoria: en este caso, para igualar las que se llamaron con razón “responsabilidades políticas”. Porque no pueden ser las mismas por parte de quien cambió sin dar razones las condiciones de licitación y por tanto de seguridad y de quien heredó la terrible carga del accidente cesando a uno de los directivos de ADIF. Sin explicaciones lógicas: ese fue su error. Habría que confiar en que verdad y justicia coincidan por fin.)

Expuesto, en síntesis, lo anterior, procede quizá explicarlo un poco. Al PPdeG se le reprocha sobre todo la más bien escasa conexión entre la realidad actual y el horizonte esperanzador que dibuja en sus discursos oficiales porque, además de su correcta respuesta a la amenaza sanitaria, apenas hay fundamento económico, y por tanto laboral y social, en lo que anuncia. Cierto que en gran parte no depende de la Xunta, pero quizá por eso no habría de ser quien la dirige tan optimista. Conviene aquí echar mano de Calderón cuando recordaba que los sueños sólo son eso. Y se podría añadir que sirven, a veces, para animar pero no para resolver.

Acerca del PSdeG-PSOE, queda poco por añadir. Quizá que resulta doloroso asistir a la conversión de un gran Partido de Estado en apenas un mayordomo de palacio –el de la Moncloa, en el que no habita precisamente el padre de Carlomagno– que se adapta, genuflexo, a las contradicciones y desmanes de sus superiores. Lo último, por ahora, es eso de la España “multinivel”: antes la querían “federal”, luego “plurinacional” y ahora “multinivel”, para ver si de ese modo logran el placet de quienes tienen agarrado por el ciello –político– a don Pedro Sánchez. Los socialdemócratas gallegos merecen algo mejor de lo que ahora tienen.

En cuanto al Bloque, se puede opinar diferente, pero si hay algo que lo define es la coherencia: no varían sis principios básicos ni siquiera en campaña electoral, aunque de un tiempo a esta parte se cuidan mucho de, si no suavizar su mensaje, al menos matizarlo. Está en su derecho, el mismo que tienen quienes les apoyan o no lo hacen, pero, siempre en opinión personal, hay un hecho medible: en Galicia no hay, ni de lejos, soberanistas bastantes para hacer su proyecto viable sin una aritmética de pactos que ahora puede estar a su favor pero que es muy variable y dejas la llave con frecuencia en otras manos. Y la memoria está para recordárselo: a los nacionalistas, a los del PSOE y desde luego también a los del PP.

¿O no…?

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