Misterio a raudales abrazado a la actualidad más incandescente, análisis psicológico en profundidad, ritmo arrollador y alta tensión narrativa se conjuran en la nueva novela de José Manuel Otero Lastres, “El abrecartas de jade” (premio “Fernando Arenas Quintela”). Gran personaje Ovidio Tenreiro, descrito incluso en sus más pequeños detalles para que nos acomodemos pronto a compartir sus dudas y deudas. Inquilino de la sociedad coruñesa más pudiente, sus apariencias lustrosas contrastan con su apariencia no tan atractiva. Contrastes de la vida. Mente privilegiada en un cuerpo no tan afortunado. Y cuidado con su personalidad. Inflamable. Ovidio, hijo único, siempre se ha movido en solitario, alejado de la manada, desprovisto de cualquier tentación de mantener relaciones afectivas: le sobran los sentimientos, le estorban las emociones. Sin embargo, aceptó casarse con Rosa María, una compañera de partido político con la que llegó a compartir una intensa experiencia sexual. Y conyugal. El protagonista, lleno de aristas y cargado de zonas alambradas, mantiene oculto un objeto comprometedor que, de golpe y porrazo por unas obras municipales, adquiere una relevancia inusitada como llave inesperada de secretos del pasado que conviene mantener en la oscuridad.

Portada del libro.

Portada del libro. // Faro

Es el vínculo de Ovidio y ese objeto lo que marca el devenir narrativo. Nuestro protagonista (perteneciente al “nutrido grupo de los invisibles”) es amante de la rutina, y a sus 44 años es poco hablador, de mano blanda y mirada esquiva. Una buena persona para quienes le conocen, pero… mejor evitar su presencia. Duerme fatal y la desgracia que le persigue le roba el sueño. La tranquilidad. El aliento. Está abonado a una pesadilla recurrente que le obliga a tener encuentros con una misteriosa dama de negro que habita en el mundo de las sombras. El horror que acompaña al error. El pasado que se retuerce en la memoria, con la fecha de un 5 de enero hundiéndose como un clavo ardiendo en la conciencia. A Ovidio, que de niño disfrutaba jugando a la batalla de Lepanto y se quemaba las pestañas de tanto leer, le espera una vida acompasada con la evolución política y social del país, un romance en principio dulce, una trayectoria profesional precavida, los vaivenes de la existencia y la lenta caída de los velos que dejan expuestas las púas de un amor apagado.

Vísperas de Reyes, frustraciones envenenadas, colisiones devastadoras de dos destinos enfrentados. El abrecartas hace acto de desaparición y las páginas de Otero Lastres se vuelven de rojo y negro. ¿Hay crímenes sin castigo? El autor empuja a su protagonista a una actualidad que nos duele a todos. La pandemia como callejón sin salida, tal vez como vía de justicia inesperada. Los abrazos del alma a los enfermos son, a veces, el último refugio de las confesiones que nadie se cree: la novela llega al final con una mortaja de ironía muy apropiada para quien llegó a hacerse amigo de la muerte.