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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

La influencia

La influencia

La influencia

Uno de los datos acerca de los que casi nadie discute aquí y ahora es que Galicia apenas cuenta no ya en las grandes decisiones de Estado, sino –y eso debería provocar la alarma social, que a la vista de lo que hay sería el mejor modo de resucitar a las llamadas “fuerzas vivas”– en las que le atañen directamente. No hay, en la oposición española, defensa concreta ni atención decidida ante los problemas que padece su joya de la corona ni en el Gobierno, por supuesto, intención expresa alguna de incluir entre sus prioridades a esta nacionalidad histórica. Sin embargo, tal déficit de influencia no parece preocupar ni siquiera a un PPdeG “renovado”.

(Se alude a la renovación porque, de ser algo más que nominal, tendría expresión abierta también en dirección a Madrid y, más en concreto aún, al Congreso de los Diputados. Y no porque se pretenda situar al PPdeG como un partido autónomo, y menos aún al margen de la dirección nacional. Pero, siempre desde una opinión personal, nada serio se opondría a que los y las populares gallegos/as contasen con un papel específico cuando se debatan en Cortes cuestiones estatales o regionales claves, en las que este Reino tenga interés especial, sea global o específico. Y que nadie se rasgue las vestiduras; Manuel Fraga lo hizo, y ante la Unión Europea.

El precedente está en la memoria de quienes se interesan de verdad por este antiguo Reino. El que fue titular de la Xunta propuso, y se le aceptó, no solo las conferencias de presidentes, sino la presencia de representantes autonómicos en las comisiones comunitarias en las que las respectivas autonomías tuviesen cosas importantes que decir. Desde un punto de vista particular, lo que se puede hacer en la capital belga no debiera desecharse en la española, y el mismo argumento sería tan válido en el Parlamento de Estrasburgo como en las Cortes Generales. Y no se trata de desarticular, conste: solo de acumular y armonizar los esfuerzos.)

Es posible que alguien se distraiga y a estas alturas olvide cuanto se deja dicho: se trata, nada más y nada menos que de lograr, por una vía razonable, presencia concreta e influencia relevante para la galleguidad en instituciones que son para todos pero no excluyen a nadie. El reglamento del Congreso excluye grupos propios a los pertenecientes a un partido. Incluso, pero con cierta imaginación, habría quien denominase a lo que se expone como una suerte de búsqueda de influencers, solo que en terrenos diferentes a las redes sociales o a los programas de televisión. Y conste aún otro motivo: Galicia los necesita en la política, de una forma especial en casi todo cuanto se refiera a si interés específico.

Ya puestos, y sin la menor intención por parte de quien escribe de meterse en camisas de once varas, ahora mismo existe, donde podría desarrollar una labor brillante en pro de su patria chica adoptiva, una persona cuyo perfil –siempre desde opinión particular– tiene el prestigio, la experiencia pública en cargos de gestión y de representación, así como institucionales, que le han ganado el afecto de sus compañeros y el respeto de sus adversarios. Se trata de doña Ana Pastor, que es una referencia para muchos y encarna como pocos una virtud que hoy en día escasea pero que se reclama desde la práctica totalidad del espectro político: la moderación. Y ahora que se habla tanto del centroderecha, sin duda puede afirmarse que esa es la mentalidad –y si alguien quiere definirlo de otra manera, el sitio– en la que ha estado desde su entrada en política su señoría. Sería un desperdicio que Galicia no contase con ella en el papel descrito o cualquier otro de relevancia que pueda plantearse en el futuro.

¿No…?

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