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Joaquín Rábago.

Las dramáticas consecuencias del cambio climático

Ha tenido que ocurrir una catástrofe natural como la de los últimos días con más de un centenar de muertos y decenas de desaparecidos además de pérdidas económicas multimillonarias para que el más que probable próximo canciller federal alemán se tome más en serio el cambio climático.

Hasta ahora, el cristianodemócrata Armin Laschet parecía prestar bastante más atención a los lobbies de la industria siderúrgica y del carbón en el “land” del que es actualmente jefe de Gobierno que a las advertencias de los ecologistas.

Pero ahora se han visto en el corazón de Europa imágenes que hasta hace poco solo habíamos visto por televisión en las informaciones sobre países en desarrollo, y eso parece haber servido de toque de atención.

El cambio climático es una realidad ya innegable, que además no entiende de negociaciones ni pactos entre fuerzas políticas: están en juego solo las leyes de la termodinámica.

Un grado más de temperatura media del planeta, calculan los científicos, resulta en la absorción por la atmósfera de aproximadamente un siete por ciento más de agua, y esa tiene que caer en algún sitio.

Y esta vez cayó – ¡cómo que cayó!– sobre todo en algunas regiones del oeste de Alemania, como en la cuenca del Ruhr, donde se midieron más de 160 litros por metro cuadrado.

A las precipitaciones extremas en Alemania, Bélgica y Holanda se suma el calor extremo en otras regiones del planeta, entre ellas la costa norteamericana del Pacífico, donde se han producido casi simultáneamente gravísimos incendios a consecuencia de la sequía reinante.

Los científicos lo explican así: “Debido a la fusión de los hielos polares ha disminuido el gradiente térmico entre el Ecuador y el Ártico, que es el motor del llamado jet stream (corriente en chorro que circula a gran altura)”, lo que ha generado una gota fría mucho más intensa y persistente que lo habitual.

Los diversos estudios que se han llevado a cabo con ayuda de superordenadores demuestran la probabilidad estadística de fenómenos como los ahora ocurridos y que deberían por tanto dejar de sorprendernos en el futuro.

Según Fred Hattermann, del Instituto de Investigaciones del Clima en Potsdam, con el aumento de solo un 1,5% de la temperatura media del planeta, las consecuencias pueden ser devastadoras como ya hemos visto.

Las emisiones de gas invernadero no han dejado de crecer –se calcula que nada menos que un once por ciento entre 2010 y 2018–, y ello, tanto en la ganadería como en los transportes o el sector de la construcción.

Como señala el instituto de investigaciones climatológicas MCC, de Berlín: “Los ciudadanos de los países ricos cada vez se mueven más y ocupan una mayor superficie del planeta”. El hormigón es el rey.

De los estudios científicos se desprende pues el carácter inexorable del cambio climático, que solo lograremos frenar si tomamos sin demora medidas drásticas: medidas que significan, entre otras cosas, cambios profundos en nuestro estilo de vida.

La Comisión Europea lanzó este mes un conjunto de propuestas tendentes, según dice, a reducir en un 55% como mínimo las emisiones de gas invernadero de aquí al año 2030, lo que se considera crucial para su empeño de convertir a Europa en el primer continente “climáticamente neutro” en 2050.

Uno tiende, sin embargo, al escepticismo: hay demasiados intereses económicos en juego, demasiados lobistas en las instituciones, y ello exigirá además sacrificios importantes de los ciudadanos.

¿Estarán estos dispuestos a modificar su estilo de vida: a coger menos el coche, a viajar y consumir menos? Todo parece conspirar, con ayuda de la omnipresente e insufrible publicidad, para que no ocurra.

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