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Leo algo sobre la posibilidad de escribir nuestra autobiografía a través de las impresiones que un mismo libro nos deja con cada relectura. Lo escribe la ensayista Begoña Méndez a propósito de Virginia Woolf quien, de modo inevitable, nos trae las imágenes del brillante y bohemio grupo de Bloomsbury, en la Inglaterra del primer tercio del siglo pasado: un modelo en sí mismo de exaltación de la sensibilidad y la inteligencia que ha superado el paso del tiempo. De aquel grupo se sostiene la mirada propia de Woolf y brilla Maynard Keynes, una relectura que en sí misma encierra la peripecia intelectual de nuestro tiempo. Por estirar el capítulo de lecturas inglesas, los casi coetáneos Durrell, Lawrence y Gerald viven hoy mismo una segunda época dorada a raíz de la serie para la televisión, desbordante de naturalidad, frescura y humor. Casi todo aquello de lo que creemos carecer.

La autobiografía a la luz de las relecturas es un ejercicio que tiene sus riesgos. El mayor, la constatación del tiempo perdido, dicho esto sin rememoración proustiana. La relectura trae aparejada la cualidad de la selección y, en su reverso, el descarte. Todos los libros descartados para la relectura son el osario de nuestro tiempo perdido. Estremece pisar este lecho seco y quebradizo, constatación de la propia nada. Quedémonos con los tesoros reencontrados.

Hace poco releí Moby Dick, esa extraña historia creada por Melville. Si en la juventud la lectura corría a golpes de remo y viento tras la esquiva ballena blanca, ahora se agradecen las encalmadas marinas, las demoradas descripciones de cetáceos y arboladuras o la sensatez del fiel capitán Starbucks. ¿Qué es todo esto sino autobiografía? Que se lo pregunten a Ismael.

Me ocurre algo parecido con El Quijote. De chaval, reía con los molinos transmutados en gigantes, palpitaba con la idealizada Dulcinea o soñaba con ínsulas concretas. Ahora, releo con perplejidad los capítulos del Caballero del Verde Gabán, un oasis de diligencia, honestidad y civilidad en medio de la “supremacía moral de la bohemia soñadora” (José Mª Valverde) del caballero andante.

La relectura, por último, es una obvia declaración de fidelidad a los autores y de rebeldía frente a los agoreros del conformismo de la vida adulta. Tengo estos días entre manos un texto sobre el filósofo Marcuse. Lleva por subtítulo, Entre utopía y revolución. Pues eso.

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