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Ceferino de Blas.

El Castrelos de los Allanson

Ahora que hay tantas ansias de que lleguen los ingleses para reactivar el turismo, merece la pena recordar el pasado británico del pazo de Castrelos, joya de la corona de las bellezas viguesas.

Comenzó en tiempos del marqués de Mos y Valladares, Fernando Quiñones de León, su propietario, que falleció joven durante la gripe española en 1918. Había heredado el pazo de su madre la marquesa de Valladares y Elduayen, y estaba casado con la inglesa de origen irlandés, Mary Anne Christine Whyte, con la que vivió allí desde 1908.

A su muerte la herencia del pazo recayó en su padre, el marqués de Alcedo, y quedó como usufructuaria vitalicia su viuda. El padre, ya sin descendencia, cederá el pazo al Ayuntamiento de Vigo en 1924.

Y empieza el periodo más intensamente británico, cuando Marianne Whyte se casa en terceras nupcias con el coronel inglés, Cecil John Allanson, y deciden vivir en Castrelos. Al contraer matrimonio en Londres con el marqués de Mos, Marianne ya era viuda, y ocho años mayor que él.

"No tuvieron una vida recoleta y separada de la ciudad sino que contactaron con las capas sociales distinguidas a las que invitaban a fiestas"

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El primer detalle de la britanización de Castrelos se produce en la designación de la vivienda. Lo que siempre había sido Pazo de Castrelos se transforma en Palacio, denominación que se utiliza entre 1924 y 1934, y así figura, como Palacio, en las crónicas periodísticas de la época.

Los Allanson, como se conocía al matrimonio, no tuvieron una vida recoleta y separada de la ciudad sino que contactaron con las capas sociales distinguidas a las que invitaban a fiestas. Como comentaban los cronistas eran fiestas, según el cursi lenguaje de aquel tiempo, “de esas que dejan entre los concurrentes un matiz de distinción y buen tono”.

Ser invitados por los Allanson al palacio de Castrelos era un signo de prestigio. En la relación de asistentes solo figuran los apellidos más sonoros de Vigo y de los ingleses más destacados que residían en la ciudad.

La relación con Inglaterra era fluidísima, porque el puerto era el equivalente actual de los aeropuertos de Madrid o Mallorca, a donde llegan más ingleses, cuando los barcos de pasajeros y transportes tenían líneas regulares con atraque en Vigo y las comunicaciones eran mayoritariamente marítimas. De ahí que los Allanson recibieran visitas de compatriotas ilustres. Una relevante fue la de sir Charles Hobhouse, que formó parte del Gobierno presidido por Mr. Asquith (1911-1915) en el que desempeñó los cargos de subsecretario para la India, subsecretario financiero del Tesoro, y la Dirección General de Correos. Pasó varios días con su familia en el pazo.

Aunque la visita de más rango que recibieron los Allanson fue la de los reyes Alfonso XIII y su esposa, la inglesa Victoria Eugenia de Batemberg, en 1927. Acudieron ex profeso a Castrelos, donde tomaron té con sus anfitriones en el parque del palacio.

"En Castrelos se construyó la primera pista de tenis de la ciudad, y fue otro lugar de encuentro de vigueses e ingleses"

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Otro invitado ilustre fue el general Primo de Rivera, cuando presidía el Gobierno, durante el periodo de dictadura.

Pero la visita más periodística fue la de la condesa O’Brien, que protagonizó un episodio que deberían resaltar los guías de Castrelos en sus recorridos por el pazo. Había llegado a Vigo, procedente de Biarritz, donde pasaba el verano, acompañada de una doncella, y sufrió un robo de película.

La condesa de O’Brien, hermana política de los Allanson, poseía un collar de perlas valorado en 20.000 libras esterlinas, equivalente a 700.000 pesetas, herencia de sus antepasados, que había lucido en Francia.

Una noche se vio sorprendida por un ladrón que creyó robarle su collar de perlas, pero no era el auténtico ya que la condesa, precavida, lo tenía guardado.

El ladrón había accedido por uno de los balcones, que estaba entreabierto, utilizando una escalera de mano de los pintores que trabajaban en el palacio. Se introdujo con facilidad a la habitación y silencioso se acercó a la mesilla donde la condesa tenía sus joyas, pero solo se apoderó del collar y dejó el resto. Al descender debió hacer algún ruido que despertó a la condesa que, espantada, empezó a gritar, alertando a todo el Palacio.

Cecil Allonson se trasladó de inmediato a la Comisaría de Vigo a denunciar el robo y regresó con un inspector y dos ayudantes, que interrogaron a la servidumbre.

"Por lo que se granjearon simpatías es por su atención a las escuelas públicas de Castrelos, a cuyos alumnos agasajaban todos los años en el Palacio"

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Fue cuando la condesa aclaró que el collar robado no era el auténtico. Pero no se descubrió al autor del robo, pese a las intensas investigaciones policiales y del Juzgado. La incógnita que persiste es si el ladrón llegó de Biarritz, donde adquirió fama el collar, o fue un vigués que se enteró de su existencia.

Otro detalle muy inglés es la pista de tenis, deporte que introdujeron los británicos y prendió en Vigo. En Castrelos se construyó la primera pista de tenis de la ciudad, y fue otro lugar de encuentro de vigueses e ingleses. Como ocurría con las fiestas era muy apreciado por las familias ser invitado a jugar al tenis en Castrelos. Hoy solo queda el solar de la pista y las bancadas de piedra para los espectadores.

Pero por lo que los Allanson se granjearon simpatías –el actual marqués de Valladares en su historia de la familia dice que Marianne Whyte fue poco querida–, es por su atención a las escuelas públicas de Castrelos, a cuyos alumnos agasajaban todos los años en el Palacio con premios y regalos. Una atención que fue calificada por el profesorado, entonces muy desatendido, como “obra cultural y altruista de los Allanson”.

Duró hasta que el Ayuntamiento adquirió los derechos del usufructo de la marquesa viuda de Mos, que abandonó Vigo para regresar a Inglaterra.

En conclusión, el pazo de Castrelos, que fue Palacio de los Allonson, durante una década, encierra un pasado británico para mostrar y contar que no concluye en el Jardín Inglés. Alberga abundante historia para interesar a los turistas de esa nacionalidad, cuando están a punto de volver los cruceros, y a todos los visitantes, ya sean vigueses o foráneos. Aunque el Jardín Inglés es la pieza perenne, por el nombre y la estética, la vinculación inglesa de Castrelos es inseparable de la enigmática figura de Marianne Whyte.

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