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Alberto Barciela

Lo bueno de lo malo

Lo bueno de lo malo es que evidencia lo que ha de enmendarse. Lo peor es que de no corregirse aquello que reclama arreglo, las crisis se acentúan por su mala gestión.

El país España es excelente, pero el Estado no debería resquebrajarse entre inepcias, rivalidades, falta de conformidad en lo esencial, intromisión de unos poderes en otros, desigualdades territoriales y una clase política extrema incapaz de centrarse en lo que el ciudadano reclama con sentido común, entiende como defensa de las libertades y, al menos en teoría, ampara con sus votos. Claro que hay excelentes políticos, los mismos que deberían propugnar una nueva Transición que consolide otros modos y otras formas de estar, de ser y de hacer. España es grande y diversa, pero para ser verdaderamente libre tiene que reforzar el respeto por quien no opina igual.

El genial Facundo Cabral contó en una ocasión que su madre le había preguntado “¿cuándo vas a dejar de pelear para comenzar a vivir?, ¡porque no se pueden hacer las dos cosas a la vez!”. La mujer creía que “el día del Juicio Final, el Señor no nos juzgará uno por uno –ardua tarea– sino el promedio, y si juzga el promedio estamos salvados porque la mayoría es buena gente”. El cantautor argentino añadía: “El bien es mayoría, pero no se nota porque es silencioso –una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye, hay millones de caricias que construyen la vida–”. Su progenitora, según él, concluiría diciendo: “Si los malos supieran qué buen negocio es ser bueno, serían buenos aunque sea por negocio”.

Pese a todo, pues, hemos de buscar rendijas de luz y conducirnos con una estrategia que nos encamine hacia lo que debería ser normal: la convivencia democrática en un país europeo del siglo XXI. El resto son cuentos chinos, intromisiones rusas, tormentos extraeuropeos británicos, extravagancias marroquíes, promociones rupturistas belgas, financiaciones venezolanas u iraníes, deudas argentinas, desprecios norteamericanos o burocracias europeas. La culpa, en una tradición muy española, siempre es del otro e internamente las responsabilidades de cada traspiés se diluyen entre incompetencias y nuevos errores.

"Hemos de buscar rendijas de luz y conducirnos con una estrategia que nos encamine hacia lo que debería ser normal: la convivencia democrática en un país europeo del siglo XXI"

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Pues no. Los males internos hay que resolverlos en casa. Allá a mediados los setenta, los españoles demostramos que podemos alcanzar consensos políticos, sociales y económicos, y convivir bajo una monarquía parlamentaria estable y en muchos ratos honrada. Que en nuestro país cada quien puede pensar como quiera, faltaría más, mientras respete la libertad del contrario. Y que, incluso, los comunistas pueden formar parte de un Gobierno sin que sea Viernes Santo y aunque su capacidad para gestionar resulte manifiestamente mejorable, de esto es de lo que hay que pedir cuentas, no de la discrepancia ideológica. Habrá que hacerlo antes de que, como diría la madre de Facundo Cabral, alguien descubra que lo realmente bueno es vivir del 3% y administrar entre amigos o familiares el restante 97.

Lo bueno de lo malo es que podemos corregirnos. Todos bajo el sol de una España única y plural. La luz nace de la discrepancia, pero todo dentro de un orden y de la normalidad constitucional. Centrémonos.

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