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Juan Carlos Laviana.

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

¿Trabajar más o cobrar menos pensión?

El anuncio del ministro Escrivá sobre el futuro de las jubilaciones para la generación del “baby boom”

Nos ha llegado la hora a la generación del “baby boom”. Ha dicho el ministro Escrivá –y luego se ha arrepentido– que se nos pedirá “un esfuerzo muy moderado, entendible, gradual” a los nacidos entre 1958 y 1977. Se nos tachó de generación privilegiada. Hubo quien nos acusó de ser la generación del pelotazo, beneficiada por las vacas gordas allá por los años 90 del pasado siglo. Pero ahora nos toca pagar el pato. ¿Seremos los primeros jubilados que viviremos un retiro peor que el de nuestros padres?

De mis abuelos, uno nunca cobró pensión porque murió prematuramente en la década de los cuarenta durante la posguerra. El otro debió de cobrar un par de años, en los sesenta, una insignificancia porque siguió trabajando en el campo para sobrevivir. Mi padre se prejubiló en los setenta por enfermedad y cobró durante nueve años una pensión de 9.000 pesetas (lo que hoy serían 55 euros). Tuvo que recurrir a la economía sumergida pues no le estaba permitido trabajar. Se reconvirtió en carpintero, primero, y en cobrador de recibos de agua más tarde para salir adelante. Al cumplir los 63, las cosas cambiaron. Las políticas socialistas de los ochenta –hoy tan denostadas– no solo le permitieron disfrutar al máximo de los viajes del Imserso (Ledesma, Palma, Mallorca…), sino vivir muy dignamente con una pensión equivalente a los 900 euros de hoy. Hasta que, a los 78, murió.

Hoy nos dice el ministro Escrivá que los del “baby boom” tenemos dos posibilidades: una trabajar más tiempo; dos, cobrar menos pensión. Yo no tengo duda y elijo trabajar más tiempo mientras el cuerpo aguante. Sin embargo, se antoja irónico que resulte más rentable cobrar una pensión de prejubilación que seguir en activo.

¿Cómo es posible? Algo falla. Si se pretende premiar la extensión de la actividad laboral, lo suyo sería premiar a quien elige esa opción en vez de penalizarlo. Claro que vivimos en un mundo de mensajes contradictorios. Se permite a las grandes corporaciones prejubilar a sus empleados a los 50 años. ¿Qué ejemplo da a la sociedad una empresa que ofrece a un trabajador quedarse en casa cobrando el mismo sueldo con la ayuda del Estado? Ya sería un triunfo que las empresas –ansiosas por rejuvenecer sus plantillas– mantuvieran a sus empleados por lo menos hasta los 65.

La falsa dicotomía del ministro Escrivá solo tiene una respuesta mientras seguir en activo sea una misión casi imposible

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Bien está que se nos pida, desde el Gobierno, que sigamos trabajando, pero antes hay que combatir la discriminación por edad. Hay que empezar a valorar el trabajo de los seniors. Mientras las empresas sigan considerando a los más veteranos un lastre, no habremos solucionado el problema. Mientras siga saliendo más rentable jubilarse que continuar trabajando, seguirá creciendo el agujero de las pensiones.

Los trabajos que encuentra, si los encuentra, una persona que haya superado los 50, no digamos los 60, suelen ser de “freelancer”, es decir, de autónomo. Y no hace falta recordar aquí la carga impositiva del autónomo –injustamente considerado empresario–, cuánto tiene que trabajar para hacer frente a una fiscalidad sobredimensionada.

Mi viejo compañero de fatigas Tomás Pereda lleva años trabajando para que se reconozca lo que se ha dado en llamar talento sénior. Desde la Fundación Máshumano, nos recuerda que la emblemática edad de 65 años para jubilarse fue establecida por el gobierno de Romanones en 1919, cuando la esperanza de vida era de 43 años. ¿Qué han hecho nuestros gobiernos en estos más de cien años para actualizar la medida de Romanones? Dejar pasar el tiempo hasta el presente, en que los 65 sigue siendo la edad teórica de la jubilación, pese a que la esperanza de vida casi se ha duplicado hasta llegar a los 83.

A la espera de que algún gobierno haga algo más que poner tiritas a un sistema colapsado como el de las pensiones, no queda más remedio que seguir el sabio consejo de Antonio Garrigues Walker. A sus 83 años y tras superar el virus, cuando le preguntan si no es hora de retirarse, responde: “Jubilarse es cosa de viejos”. También es cierto que no todos nos apellidamos Garrigues Walker.

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