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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

La canción del chiringuito

Treinta y tantos años después de que Georgie Dann convirtiese “El chiringuito” en la canción del verano de 1988, vuelve a marcar tendencia ese quiosco playero. Ha sucedido en Madrid, donde ya se sabe que no hay playa, pero si hay que montarla, se monta. Y el chiringuito también.

Las canciones del verano son cosa de otro siglo, pero no así los chiringuitos de secarral que los políticos con mando en plaza suelen edificar a la medida de los colegas a quienes deben algún favor. Esa institución, que no recoge aún como tal la Academia en su diccionario, viene a ser el equivalente público del piso o la mercería que en otros tiempos les ponían los señores particulares a sus más entrañables amigas. Con su propio dinero, eso sí.

Consiste la fórmula, como se sabe, en idear algún observatorio, comisión, agencia, foro, oficina o consejo con funciones más bien desvaídas y sin otro propósito aparente que el de ponerle un (buen) sueldo al beneficiario de la canonjía. Por lo general lucen nombres tan largos y vagos como escaso o inexistente es su contenido. Hasta ha habido y sigue habiendo ministerios que bien podrían entrar dentro de esta categoría playera, dada la inconcreción de los asuntos que en teoría deben gestionar.

El último, o quizá ya penúltimo, lo ha montado en estos días de playa y vacación la presidenta de la Comunidad de Madrid para que lo gerencie un actor que antaño fue azote de los políticos empeñados en montarles chiringuitos a los suyos. Son muchos a izquierda y derecha los que le reprochan a Toni Cantó esa contradicción entre lo antes dicho y lo ahora hecho; pero tampoco hay por qué ponerse así.

Los chiringuitos no dejan de ser una variante actualizada del viejo fondo de reptiles que los ministros manejaban para darle un buen pasar a sus afines cuando aún no existían los reinos autónomos

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Conviene entender en estos casos la fe del converso. También el actual líder de Vox, Santiago Abascal, hombre de verbo flamígero, disfrutó años atrás en Madrid de un despacho concedido por otra presidenta de esa generosa Comunidad.

Se desconoce aún hoy cuál fue la actividad de la Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social de la que era director gerente, si bien el propio Abascal admitió que su sueldo era de 82.000 euros anuales. Ahora brama contra esa clase de chiringuitos y, lógicamente, contra el partido que en su día le proporcionó uno a él.

Cantó ha hecho el camino inverso –pero muy similar– tras denunciar airadamente la existencia de esas mamandurrias justo hasta el momento en que Isabel Díaz Ayuso decidió montarle en pleno mes de julio algo que se parece mucho a un chiringuito. Y no de los de playa. La Oficina del Español, que al menos tiene un nombre corto y explícito, aspira a defender el idioma castellano en Madrid frente al acoso de otras lenguas que al parecer se hablan en la capital.

Todo esto viene de muy antiguo, en realidad. Los chiringuitos no dejan de ser una variante actualizada del viejo fondo de reptiles que los ministros manejaban para darle un buen pasar a sus afines cuando aún no existían los reinos autónomos. Hasta Valle Inclán convertía a su personaje Max Estrella -un bohemio de raza- en perceptor de esos fondos allá por los tiempos del charlestón.

Lamentablemente, la canción del verano, aquel chiringuito de Georgie Dann, ha ido declinando hasta desaparecer, lo que parece una pérdida comparativa. Y es que, a diferencia de los chiringuitos políticos –y de los financieros, que tampoco faltan–, el de los estribillos veraniegos no le costaba un céntimo al contribuyente. Vamos a peor.

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