Las gaseosas y los sifones de Feijóo, Demetrio y Santos, acapararon buena parte del mercado de esta ciudad y sus poblaciones limítrofes entre los años 30 y 50, antes y después de la Guerra Civil. Otras fábricas más modestas, con medios muy escasos, hicieron cuanto pudieron por aprovechar los resquicios que dejaron aquellas, en una abierta pero desigual competencia.

Como el consumo de una y otra bebida carbónica creció mucho con el paso del tiempo, hubo sitio para todos, especialmente desde 1950, una década clave en el desarrollo de este negocio de claro signo familiar.

Fallecido Juan Santos Garrido, iniciador de la saga, su fábrica tomó el nombre de Viuda de Juan Santos e Hijos, una denominación que respondió a sus propias circunstancias, mientras vivió su esposa, Peregrina Montes Abal. Y muerta esta, Gabriel Santos Montes se hizo con las riendas durante el período citado, mientras que su otro hermano Juan se volcaba en el negocio de explosivos, que dio tanto juego como las gaseosas.

Las instalaciones de Santos en la carretera de Ourense, un poco más arriba del Hospital, ocupaban un enorme solar que compartían sus diferentes negocios, y que prácticamente llegaban en su parte trasera hasta Joaquín Costa y el inicio de A Eiriña. Dejando al margen el obligado secreto de la composición de sus gaseosas, jarabe incluido, Santos presumió del empleo de un agua excelente de la fuente de Os Salgueiriños, como primera materia prima.

Tras sus veleidades como gaitero aficionado, pero muy aplaudido, tanto en el grupo Airiños da terra que comandó su tío Perfecto Feijóo, como en el coro Foliadas y Cantigas bajo su propia dirección, Eduardo Feijóo Mantilla empezó a anunciar su fábrica de gaseosas y sifones a principios de los años 20. Pero ya estaba en el negocio de la distribución de bebidas desde muchos años antes, sobre todo como representante en Pontevedra de La Bohemia, una cerveza muy apreciada, “dorada y oscura”, según rezaba su publicidad.

Ubicada al comienzo de la avenida del Uruguay, cerca del puente del Burgo, después se trasladó más cerca del puente de A Barca, que fue su instalación definitiva. Don Eduardo publicitó mucho su gaseosa de limón primero y después puso el acento durante la República en su moderno cierre de chapa o corona: “Lo más nuevo e higiénico; calidad excelente”.

Los cierres de los envases enmarcaron de alguna manera la evolución de estas fábricas, desde los primitivos tapones de corcho sujetos por cuerdas o alambres, hasta los modernos cierres de porcelana y hierro a presión, pasando por el tapón Codd, con una bola de cristal que subía y bajaba con la fuerza del gas contra una goma insertada en el cuello de la botella. Los niños rompían a menudo las botellas para hacerse con las bolas.

Al igual que Juan Santos, también Demetrio Martínez vivió la experiencia de la emigración a Sudamérica desde su Tourón natal y retornó de Argentina con unos ahorrillos nada despreciables. A mediados de 1930 estampó su nombre como concesionario exclusivo del Fruchampan, una especie de champan de frutas con burbujas y sin alcohol, de origen vasco, “el más barato de los refrescos finos y el más fino de los refrescos baratos”, un lema sin duda ingenioso.

Al Fruchampan sumó otras dos marcas muy reconocidas, el Orange Crush y la cerveza Damm, que distribuyó desde un depósito en la avenida de Santa María. Así comenzó su andadura comercial en esta ciudad, hasta que dos años después compró de la fábrica de Barros Franco tras su fallecimiento.

A partir de entonces, Demetrio Martínez dio su nombre a aquellas gaseosas y sifones, que en 1933 refrescaron a los corredores de la Vuelta Ciclista a la provincia de Pontevedra. Pronto se convirtió en el tercero en discordia frente a Santos y Feijóo, aunque siempre en buena lid. Don Demetrio contó además con la ayuda de su cuñado, Severino Martínez -casado con su hermana Celsa- quien ya era un almacenista importante y estaba al frente de la Asociación de Comerciantes de Ultramarinos y Comestibles.

No solo los tres principales fabricantes de gaseosas y sifones se llevaron bien, sino que durante algún tiempo incluso se repartieron el mercado entre las zonas de influencia de sus fábricas, de acuerdo con la ubicación de cada una, sin interferirse en ningún momento. La intrahistoria completa de Santos, Demetrio y Feijóo, sin duda daría para un libro chispeante.

La Guía-Anuario de Pontevedra-Marín del año 1940, aunque editada en verano de 1941 por Gráficas Torres bajo la dirección de Agustín Portela, registró la existencia en esta ciudad de un total de seis fábricas de gaseosas y sifones, inequívoca señal de buena salud en un tiempo extremadamente duro. A Santos, Demetrio y Feijóo, se añadieron Manuel Muiños en Joaquín Costa 4 (antes de Basilio Pedrido), Mouriño en Benito Corbal, y Cima, en San Julián 5.

La última en llegar al mercado entonces fue Gaseosas Cima, marca registrada que tomó la primera parte del apellido Cimadevila, bien conocido en el ámbito comercial por su relación familiar con los populares Almacenes Clarita, que abrió Clara López Santiago, iniciadora de otra gran saga.

Como si de buscarse la vida se tratara en el nuevo escenario surgido tras el ansiado final de la Guerra Civil, José Cimadevila Rodríguez se hizo con el traspaso de una modesta fábrica que regentaba Miguel Cambeses, realizó las mejoras imprescindibles y empezó la comercialización de Gaseosas Cima.

Una anécdota que corrió de boca en boca por la familia Cimadevila refleja bien a las claras, tanto su capacidad de trabajo como su instinto comercial. Durante una corrida de toros con el coso de San Roque llenó a reventar en una tarde calurosa, Cima llegó a efectuar hasta tres rondas de ventas de gaseosas en los tendidos, utilizando los mismos envases porque no tenía más. Es decir, que una vez consumidas, se recogieron los casos, se llevaron a la fábrica, se lavaron, se embotellaron, y se vendieron de nuevo en la plaza. El mismo proceso repetido tres veces en una tarde; todo un récord de producción y venta.

Después de La Inglesa de principios del siglo XX, que reseñamos la semana pasada, Cima se adelantó en casi dos décadas a la implantación de las marcas que sustituyeron a los nombres propios de las fábricas de gaseosas y sifones. Eso contaremos la próxima semana para cerrar esta historia singular.

Los gajes del oficio

La producción de gaseosas y sifones no estaba, ni mucho menos, exenta de riesgos considerables para la integridad de los trabajadores, sobre todo en el primer tercio del siglo XX, cuando la maquinaria empleada era todavía muy rudimentaria. La explosión de un envase durante el proceso de embotellado a causa del gas carbónico podía suceder en cualquier momento y un exceso de confianza o un simple descuido se pagaba muy caro. La víctima del accidente más grave que registró esta provincia fue Otilia Fernández, una operaria de la fábrica de José Fernández Amoedo en Fornelos de Montes. Cuando en 1920 trabajaba en el embotellado de gaseosas, el cristal de un envase hecho trizas le saltó con mucha fuerza al cuello, con tan mala fortuna que le seccionó la yugular de un tajazo. La joven murió desangrada a los pocos minutos ante la consternación general de unos testigos impotentes A José España, propietario de La Inglesa, el estallido de un sifón le causó heridas en la cara de diversa consideración, aunque ninguna dejó huella. Peor suerte corrió Gabriel Santos, quien perdió la visión de un ojo en otro accidente fortuito en su fábrica. De nuevo tuvo la culpa el reventón de un maldito sifón que saltó hecho trizas.

Una francesa en apuros

¿Cómo una joven francesa de buen ver y profesora de español, acabó durante un tiempo al frente de una fábrica de gaseosas en Pontevedra, a finales de los años 50? Veleidades del destino, sin duda alguna. René Capdet recuerda hoy aquella experiencia insólita desde su casa en Perpiñán con mucha simpatía. Tal sacrificio, que terminó no siéndolo tanto, fue la capitulación que pagó por el amor de José Luís, hijo único de Demetrio Martínez, cuando heredó el negocio de su padre a su muerte en 1957. Entonces, él marchó a cumplir el servicio militar, y ella se puso al mando de la fábrica. De paso, se empapó del mejor pontevedresismo, que terminó por conquistarla. Casi ninguna repartidora sabía leer ni escribir, y hablaban en gallego a René, que no entendía ni papa. Encima, le rendían sus cuentas de los repartos a domicilio por los motes de los clientes. Todos tenían el suyo. A René siempre le hizo gracia el apodo de “el mamón”, cuya identidad aún se reserva. Pero cogió las riendas de la fábrica y nunca se sintió rechazada entre gaseosas y sifones. José Luís cuenta ahora entre risas que terminó subyugado en Pontevedra, porque pasó de ser “el hijo de Demetrio” a “el marido de la francesa”. No fue para menos.

De la mula al isocarro

Durante mucho tiempo, los carros de caballos y las carretas de mulas fueron los habituales vehículos de reparto a domicilio de las cajas de gaseosas y sifones entre la clientela pontevedresa. Alguno de aquellos caballos tuvo sus minutos de gloria en el coso de San Roque paseando al aguacil de turno. De aquel trabajo en las casas más próximas a las fábricas se encargaban unas mujeres admirables, que portaban la mercancía en sorprendente equilibrio sobre sus cabezas, con la única ayuda de un paño enroscado que hacía de muñido. Aquellos carros rudimentarios protagonizaron numerosos accidentes como, por ejemplo, el atropello que sufrió Manuela Pardo en la plaza de la Herrería por la velocidad excesiva de un vehículo de la fábrica de Barros Franco en verano de 1913. La pobre mujer se llevó un gran susto, y aunque solo le causó heridas leves, su cesto de la compra quedó deshecho. Los vehículos a motor Iso en sus versiones, Isocarro, Isomoto e Isoscooter, que Bernardo López comercializó en Pontevedra, supusieron un enorme avance para la distribución de sifones y gaseosas a domicilio en los años 50, hasta que una década después llegaron las furgonetas que causaron furor.