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Xaime Fandiño

LA ACERA VOLADA

Xaime Fandiño

Acampada libre

Crónicas de niñez y juventud de un vigués deslocalizado

Cumplidos los catorce años y cuando llegaba el verano real, después del 40 de mayo, algunos padres, como sucedió en mi caso, te dejaban ir de acampada. Había dos modalidades: acampada libre, en donde marchabas con tus colegas y una tienda alquilada en la calle Oporto, a cualquier ubicación, o las institucionales, organizadas por la OJE, las catequesis de las parroquias, etc.

Además de estos dos modelos de pernocta en tienda había otro promovido por la Caja Municipal de Ahorros de Vigo en Ponte Caldelas. Se denominaban Colonias de Verano y tenían turnos quincenales. Fue al primer campamento al que asistí. La actividad, que estaba destinada únicamente para niños –no se si había algo similar para niñas– no se hacía en tiendas de campaña sino en un edificio en el centro de la villa. Estaba coordinado por los Salesianos y hacíamos excursiones por la zona, fuegos de campamento al atardecer, etc. Recuerdo que el último día trajeron a nuestras familias a comer e hicieron un acto solemne en el que me otorgaron un diploma de “simpatía y arte” del que mi madre siempre estuvo muy orgullosa. Al final todos los niños cantamos el himno del campamento que los curas nos fueron enseñando durante la estancia y que decía algo así: “La Caja de Ahorros y los padres Salesianos, supieron amarnos, por eso hay que decir: muchísimas gracias...”. Era la única estrofa que tenía la canción y se repetía en bucle hasta que, tal como hacen los regidores en la televisión, alguien generaba un aplauso, y todos arrancábamos con una ovación.

Una vez pasado este rito iniciático de pernoctar fuera de casa, la cosa se convirtió en norma y, siempre que podíamos alquilábamos una tienda y nos íbamos de “acampada”, que era como se denominaba en el argot el salir a dormir fuera de casa. De aquella eran muy pocas familias las que disponían de una segunda vivienda para pernoctar en los puentes, festivos y vacaciones. Ninguno de mis amigos tenía esa opción, con lo que bien la tienda, o el dormir “al raso”, que también se hacía, es decir con las estrellas como techo, era las únicas opciones para amanecer fuera de casa.

Recuerdo que una de las primeras salidas que hice fue a la península do Morrazo, con Antonio Serrano el hijo de Alicia, la tendera del barrio y Arturo Marzoa de la calle Llorente, el hermano pequeño de Picuca, la deportista del Celta y propietaria de El Sport. Una de las mejores tiendas de deportes de la ciudad en aquel momento. Del grupo campista yo era más el más pequeño, todos me llevaban unos cuatro años y a esas edades la diferencia es muy notable. Me imagino que mis padres tuvieron en cuenta esa cuestión etaria para dejarme ir a esta primera incursión en el mundo de la acampada anómica y libre.

Cerca de donde nos instalamos, un lugar llano y arbolado en Menduiña, estaba montado un campamento, no recuerdo bien si era de curas o de la OJE (Organización Juvenil Española), una sección del llamado Frente de Juventudes que dependía de la Secretaría General del Movimiento, el caso es que desde nuestra tienda, a veces se escuchaban campanadas y también una pobre megafonía desde la que se daban instrucciones a los acampados, así como cánticos al alba y al atardecer. Por contra, nosotros estábamos tirados a la bartola a espaldas de cualquier disciplina; ahora playa, después comida y por la tarde-noche fogata improvisada, antes de meternos con nuestras mantas en la tienda alquilada. El saco de dormir era artículo de lujo.

A partir de ahí, cuando arreciaba el buen tiempo, la acampada libre se convirtió en una forma habitual de pasar parte de las vacaciones y los días libres. El camping y las instalaciones ad hoc, poco tenían que ver con nuestros intereses que estaban orientados a montar el campamento en ubicaciones alternativas, donde sólo estuviera nuestro grupo y la naturaleza. Cuando ya me hice un poco más mayor y derivado de mi interés por la música rock y los movimientos generados en torno a ella, mi grupo de amigos cambió, pero con ellos siguió la práctica de la acampada. Teníamos dos lugares fijos: el río Verdugo cerca de Arcade, concretamente en la playa de Candán, y las Cíes. En ninguna de las dos ubicaciones utilizábamos el servicio de camping, en la primera porque estaba aislado de todo y apenas había una construcción a pie de río y en las Cíes, porque salíamos del barco y acampábamos a la derecha, cerca de la playa de los alemanes. Estoy hablando de la época anterior al desastre del Polycommander, el petrolero que encalló en la boca norte de las Cíes y que vertió a la ría el crudo que transportaba creando una marea negra de efectos perniciosos. Todos los de Vigo y O Morrazo de la época tenemos grabada a fuego en nuestra cabeza la palabra “piche”.

La acampada en las Cíes tenía un estatus temporal más largo que las del Verdugo, pues el tráfico marítimo no era tan fluido como hoy. De hecho en nuestra época había mucha gente de Vigo que, a pesar de ver todos los días las islas enfrente, nunca había ido hasta allí. En esa zona de la playa de los alemanes, teníamos montada también una especie de cabaña de troncos que, junto a las tiendas, daba cobijo a la comunidad para que los que se acoplaban de improviso no se vieran obligados a pernoctar a la intemperie.

A orillas del Verdugo la cosa era más de fin de semana, se llegaba en tren hasta Arcade y había que patear unos cinco kilómetros para acceder a la ubicación en donde nos instalábamos. En alguna ocasión llevamos en el tren la Mobylette de Antón Beiras que, junto a Carlos Fernández, Moreno o Chimay, entre otros, formaba parte del grupo. La motocicleta nos venía muy bien para acercarnos al pueblo a primera hora de la mañana, evitando el pateo, y así comprar pan fresco para desayunar o, más bien, debido a la hora en que amanecíamos, para tomar las once.

Después de varios años repitiendo esta estancia en el Verdugo, conectamos con unos colegas que trabajaban en una empresa de transporte ubicada en la calle Pizarro, frente al Campo de Caralladas, que se unieron a nuestra causa de la acampada libre. A partir de ahí, aunque nosotros, como siempre, íbamos en tren y hacíamos la ruta habitual, ellos llegaban a esa zona virgen que les descubrimos, en el camión de O Noso. Se ubicaban en un área cercana a nuestra acampada, pero sin contacto visual. Había que respetar la intimidad grupal, pues en principio, aunque eran buenos tíos y simpáticos, hablaban en un argot muy suyo que incluía una serie de palabras comodín que usaban para todo, como: porcotora, latiguillo... A veces se hacía complicado seguir sus elucubraciones. Pienso que para ellos, nosotros también éramos una especie de hippies que escuchábamos, cantábamos y tocábamos a todas horas canciones de Dylan, Cream, Doors, etc., cosa que les sonaba a chino y además les importaba un comino. La camioneta iba cargadita hasta los topes y, una vez que llegaban a la localización, comenzaban a bajar desde aperos para la pernocta, a gran variedad de bebidas y comestibles. Mientras, nosotros, aislados en nuestro recuncho, les escuchábamos. Durante la noche jugaban partidas interminables de cartas y el que perdía, como castigo, se veía obligado a beber una dosis ingente de Kinito. Bebida dulzona que traían por cajas en la camioneta. Por el día, la furgoneta se transformaba en una especie de ultramarinos rodante donde pillar avituallamiento. Allí había de todo. Para nosotros, campistas vecinos, parcos en víveres y equipaje, la camioneta fue en muchas ocasiones un lugar socorrido a donde acudir en busca insumos para echar a la tartera.

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