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Joaquín Rábago.

El genocidio brasileño

Denunciaba el otro día en un artículo publicado en El País la escritora y periodista brasileña Eliane Blum los crímenes de “exterminio contra la población en general” y “genocidio contra los indígenas” imputables al gobierno de Jair Messias Bolsonaro.

Brasil lleva ya más de medio millón de muertos por covid-19, cifra que sólo supera en el mundo Estados Unidos por culpa sobre todo del negacionismo del anterior presidente republicano, Donald Trump, al que Bolsonaro ha querido siempre emular.

Para retratar al personaje Bolsonaro, nada mejor que la cita que utilizaba Blum en su artículo: según el actual presidente brasileño, el contagio por el virus es “más efectivo que la vacuna”, y mientras él gobierne Brasil, luchará “para que los buenos ciudadanos tengan un arma y no estén obligados a llevar mascarilla”.

Blum no se limitaba a denunciar la crueldad del presidente brasileño, sino también la falta de reacción tanto de la Corte Penal Internacional como de los gobiernos liberales europeos, que se entretienen debatiendo “en salones ilustrados sobre por qué mueren las democracias”.

Lo que sucede en Brasil es en efecto un escándalo mayúsculo y no sólo en lo que respecta a la falta de medidas contra la actual pandemia sino también por el trato dado a su población de ascendencia africana.

Brasil lleva ya más de medio millón de muertos por covid-19, cifra que sólo supera en el mundo Estados Unidos por culpa sobre todo del negacionismo del anterior presidente republicano, Donald Trump

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Más de la mitad de los brasileños se definen como de piel oscura: tres cuartas partes de los más pobres del país son descendientes de esclavos y, sin embargo, en el actual Gobierno no hay un solo ministro con ese origen.

En 2018, cada doce minutos era asesinado en el país un ciudadano de piel oscura, y uno de cada diez víctimas mortales lo era a manos de la policía.

Como escribe el semanario alemán Der Spiegel, los policías brasileños han matado diecisiete más veces a personas de color que sus colegas de EEUU, lo que ya es decir.

Hubo incluso en Porto Alegre un caso similar al de George Floyd aunque la asfixia de un negro por dos guardias de seguridad de una cadena francesa de supermercados no tuvo tanta repercusión internacional como la del norteamericano.

El filósofo brasileño Silvio de Almeida, él mismo también de ascendencia africana, calificaba recientemente de “normal” en un tuit el hecho de que un negro que entra en un supermercado de su país no sepa nunca si saldrá de él vivo.

El problema no es ya sólo el poco valor que tienen en Brasil las vidas de la población negra, sino la impunidad de ese tipo de crímenes y el silencio que, a diferencia de lo que sucede últimamente en EEUU, rodea al conflicto interracial.

Según de Almeida, “el racismo no tiene por qué caracterizarse siempre por el odio”. Lo decisivo es la creación desde el mismo momento de la fundación del país de “un sistema de privilegios que reproducen actualmente instituciones y empresas”.

Las elites brasileñas han hecho todo lo posible por mantener sus privilegios y mientras el país atraía a los inmigrantes europeos con concesiones de enormes latifundios, los descendientes de los esclavos se hacinaban en los extrarradios de las grandes urbes y proporcionaban la necesaria mano de obra barata.

Como señala el semanario alemán en un amplio reportaje de denuncia de la actual situación en el que Stefan Zweig calificó en su día como “país del futuro”, la raza no es ya allí un factor biológico, sino sobre todo “un factor social”.

Con independencia de lo que pueda pensarse de la gestión del ex presidente de ese país, el ex sindicalista Luiz Inácio Lula da Silva, lo cierto es que durante su mandato, millones de brasileños de color pasaron a integrar una nueva clase media, lo que provocó el resentimiento de las viejas elites y facilitó el triunfo del ex capitán Bolsonaro.

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