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Juan Gaitán

La luz del verano

Se me ha parado en la puerta la luz del verano. La luz del verano, a veces, actúa así, se demora un rato ante mi casa, pasa las horas echada sobre el limonero hasta hacerme recordar y se va luego, hablando siempre de sí misma, quién sabe a qué otra puerta, a qué otra rama, a qué otro tiempo.

Hay algunas cosas que echo de menos cuando se acerca el verano. Los trapecistas, las tardes de baño, las toallas templadas de mi madre. No elegí esa niñez, tuve suerte. Ni elegí llegar hasta aquí aturdido, un poco desconsolado por la sospecha de que alguna vez fui pájaro y no supe darme cuenta.

Por entonces, en los días azules, con frecuencia me sentaba a escuchar la luz del mediodía, todavía sin saber que todas las horas lindan con la muerte. Y a descubrir que una línea bermeja, como de sangre oxidada, idéntica a la que hiere el azul cuando nace la mañana, se abría con cada palabra. De aquel tiempo casi todo lo he perdido. Pero vuelvo a veces la cabeza, esperanzado, por si mi niñez sigue cantando en aquel verano en que bailaron las acacias, en que había en mi casa, lo recuerdo nítidamente, una luz que se demoraba en las baldosas y se reía en los cristales, una luz como si el mar estuviera cerca, que hacía que el silencio fuese más denso, un toro echado en el llano.

Y hoy se ha parado esa misma luz ahí, tras la ventana, llamándome para que baje a jugar, para que deje los libros, los poemas, las columnas, todas las cosas a las que obliga el oficio de ser hombre, y me emplee en los juegos, las risas, en vagabundear a esas horas en que las calles son solo de los niños y de los perros.

Pero aquellos días se me han perdido. Ya no está allí mi casa, ni la voz del agua, ni aquella luz de uvas desgranadas. No sé si sigue el campo teniendo aquel olor a cepa y a ganado, si el algarrobo recuerda mi peso en sus ramas y la estancia vacía la canción que entonces cantaba. No sé si fui ese niño, si hubo alguna vez un verano tan lento y solemne que distraía la luz en la penumbra para que la calma durmiese la siesta conmigo.

El azar ya se ha jugado, la esperanza sucumbe a su certeza. Solo en los espejos regresa el tiempo y yo nunca he estado tan solo como ante la luz de este verano.

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