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Nadie ha contado mejor el crac de la Bolsa en 1929 que Groucho Marx cuando, junto a su hermano Chico en pijama, se abalanzaron a comprar acciones tras el soplo dado por el ascensorista del hotel. La codicia ha levantado a lo largo de la historia montañas de ambición y ceniza: de los bulbos de tulipanes holandeses en el siglo XVII a la fiebre del ladrillo en 2008 y las hipotecas basura. Como la memoria es selectiva y olvida los propios errores, no pasa demasiado tiempo sin que volvamos a la febril necesidad de subirnos a la siguiente ola especulativa.

Las criptomonedas, en cualquiera de sus denominaciones, son la miel que hoy atrae a las moscas. Poco importa que nadie sepa dar una explicación comprensible de la naturaleza y creación de su valor; los inversores se abalanzan con las pupilas dilatadas sobre unos guarismos electrónicos como antes lo hicieron sobre los falseados balances de Lehman Brothers o Fadesa, olvidados estandartes de un pasado hoy solo de interés arqueológico. La especulación en estas monedas virtuales ha pasado de ser la actividad de cuatro jóvenes “mineros” en sus recalentados sótanos –en la idealizada senda tecnológica de Steve Jobs o Bill Gates– a ser objeto de diversificación en las más sofisticadas carteras de inversión de la banca privada.

La opacidad de sus operaciones ante el fisco y la acumulación virtual en “la nube”, las han convertido en instrumento útil para los chantajistas informáticos de estados y empresas

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De los jóvenes pioneros a los acolchados despachos financieros, del sudor de aquellos al olor del dinero en la manos fuertes de estos, las criptomonedas han abierto trocha entre la delincuencia internacional. La opacidad de sus operaciones ante el fisco y la acumulación virtual en “la nube”, las han convertido en instrumento útil para los chantajistas informáticos de estados y empresas y en el vehículo de elusión tributaria de jóvenes creativos apuntados al sálvese quien pueda. Su adopción como moneda de curso legal por algún país, caso de El Salvador, no hará sino favorecer su normalización y alimentar el siguiente impulso especulativo.

El sueño libertario de emitir moneda sin el respaldo de un banco central, simples certificados virtuales que escapan al control de las autoridades monetarias, tiene mucho que ver con la legitimidad del capitalismo entre las nuevas generaciones. Los especuladores encontrarán en las criptomonedas sobrada satisfacción a sus afanes y temores; los demás, un nuevo instrumento diábolico que pagaremos con más desigualdad, ciberdelincuencia y economía oculta. Aunque, bien mirado, cosas semejantes se dijeron con la desaparición del patrón oro en tiempos de Groucho.

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