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Me entero gracias a un reportaje aparecido en la prensa de que la brecha de género se extiende en España al uso de la bicicleta. Según cuenta la noticia, los ciclistas que utilizan con cierta frecuencia ese medio de transporte alcanzan al 42,8% de las mujeres frente al 58,9% de los hombres. A mí lo que me sorprende es más que haya tanta gente pedaleando –algo más de la mitad de las personas, al margen de su sexo–, en particular si nos referimos, como hace el reportaje, a Madrid. Lo que los partidarios de desplazarse en bici titulan de tópicos –el mucho tráfico, la contaminación alta, las cuestas que hay en la capital– me parecen realidades indiscutibles y, dejando de lado lo de tener que subir pendientes, que tampoco se encuentran tantas, el verdadero problema es el de la agresividad brutal de los conductores hacia los que van en bici unido a la pésima calidad del aire, que no se refiere tanto al manto de porquería que se cierne de continuo sobre los cielos madrileños como a lo que sueltan los escapes de los coches entre los que los ciclistas se deben mover.

Dicen que los carriles bici son la solución pero, a mi entender, lo que haría falta es poner en marcha un concepto nuevo de ciudad y de ciudadano. Menorca, la isla en la que me encuentro ahora mismo, es un verdadero ejemplo de respeto de los conductores hacia los ciclistas y eso, ya por sí solo, supone una diferencia magistral. Pero hablábamos de Madrid y de lo que se trata en las ciudades de ese tamaño es de cambiar por completo los medios de transporte actuales. Eso no sólo quiere decir que se fijen zonas en los que no puedan entrar los vehículos particulares –ni siquiera los eléctricos– sino que semejante medida sólo puede tener éxito si a la vez se ofrece una red de transporte público eficaz. De lo contrario, se estará perpetuando la costumbre de ir en coche hasta el mismo borde de los territorios prohibidos cuando de lo que se trata es de dejarlo en casa.

De poco sirven las campañas ni los anuncios mientras se siga teniendo una red de transporte público insuficiente, lenta y ausente casi en algunas zonas de la ciudad

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Con una flota de metros, autobuses y, donde los haya, tranvías digna de tal nombre la tentación de subirse al coche es obvio que se frena. Y menos automóviles por las calles significan mucha más seguridad y muy superior confort para los ciclistas, que es lo que puede llevar a que su número aumente.

Pero las cosas hay que hacerlas por el orden adecuado. De poco sirven las campañas ni los anuncios mientras se siga teniendo una red de transporte público insuficiente, lenta y ausente casi en algunas zonas de la ciudad. La puntilla al coche particular que, pronto o tarde, tendrá que imponerse pasa por la existencia de alternativas no reducidas solo a la bicicleta. Más autobuses, muchos más, llevan con certeza a alcanzar las metas deseadas antes que más carriles bici. Aunque solo sea porque ese casi 50% de la ciudadanía que no va en bici es un número muy grande.

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