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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

“Todos nuestros agentes están ocupados”

Los lectores de mayor edad se acordarán de aquellos tiempos en los que, para comprar un billete de avión, uno acudía a una agencia de viajes o las oficinas de alguna de las que se llamaban “compañías de bandera”. Uno decía a dónde y cuándo quería volar, la persona detrás del mostrador se aprestaba a hacer realidad su deseo, y el viajero salía de allí feliz, billete en mano.

Claro que eran tiempos en los que volar era para muchos casi un lujo que solo se podían permitir a lo sumo una vez al año. Aunque no habíamos tomado conciencia del daño ecológico de los vuelos, se imponía otra razón: la económica.

Hoy volar no tiene ya ningún misterio, es muchas veces como coger el autobús: el avión llega a su destino, desembarcan los pasajeros, y al poco tiempo está otra vez listo para transportar a otros nuevos al lugar de donde antes partió.

Hoy volar no tiene ya ningún misterio, es muchas veces como coger el autobús: el avión llega a su destino, desembarcan los pasajeros, y al poco tiempo está otra vez listo para transportar a otros nuevos al lugar de donde antes partió

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Las nuevas compañías como Ryanair o Easyjet han “democratizado” el hecho de volar, han abaratado los viajes en avión hasta extremos que a uno al menos se le antojan irracionales. ¿Es lógico, por ejemplo, que el vuelo a algunos destinos extranjeros cueste menos que el viaje en taxi al aeropuerto o, ahora durante la pandemia, mucho menos incluso que las obligatorias pruebas PCR? Las compañías, tanto las tradicionales como las de creación más reciente, han abaratado costes, eliminando personal y oficinas, como los bancos, y rebajando en muchos casos la remuneración de sus empleados. Pero lo han hecho gracias sobre todo a internet: hoy ya no hay que desplazarse a una de sus oficinas o a una agencia de viajes para conseguir el billete, sino que se puede hacer tranquilamente desde casa.

Digo tranquilamente aunque muchas veces ese tipo de operaciones con ayuda del teléfono móvil o el ordenador puede resultar desesperante y no solo por toda la basura publicitaria no deseada que a cada paso hay que ir sorteando.

Pongamos por caso Iberia Express, una aerolínea de bajo coste del grupo IAG. Quien escribe estas líneas la utiliza regularmente para volar, por ejemplo, entre Berlín y Madrid. Si uno pincha ahora en su portal para reservar un vuelo, le sale automáticamente una página web que antes no aparecía: la de un buscador llamado e-sky que en su publicidad se presenta como “expertos en la planificación de viajes”.

Las compañías han abaratado costes, eliminando personal y oficinas, y rebajando la remuneración de sus empleados

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Uno sigue, pese a todo, adelante porque no ve otra opción y reserva el vuelo a Madrid, convencido de que era el solicitado, pero cuando ya ha pagado con la tarjeta de crédito, se percata de que le han asignado uno que no es el solicitado de Iberia, sino otro con la portuguesa TAP, que hace escala en Lisboa.

¿A quién llamar entonces para deshacer el entuerto antes de que sea demasiado tarde? ¿A Iberia Express? Puede uno tirarse horas al teléfono escuchando eso de “Manténgase a la espera. Todos nuestros agentes están ocupados”.

¿A eSky, que además aparece con un cargo en la factura por su intermediación no deseada? Pero no encuentra ningún número de teléfono y no sabe además dónde está esa compañía, que ofrece solo una dirección electrónica.

Uno escribe pese a todo a esa dirección y recibe un día después la respuesta de que el billete no es en ningún caso reembolsable. Buceando más tarde en internet, se encuentra con numerosas quejas de viajeros que se dicen engañados por ese portal. ¡Demasiado tarde!

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