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Ceferino de Blas.

Cien años de sintonía

El libro de Pilar López Vidal El arte de vivir cien años. De Escuela de Comercio a Empresariales sugiere una reflexión sobre la vocación de las ciudades, y en particular de Vigo. Como las personas, también responden a una llamada sobre lo que quieren ser. ¿Por qué Vigo es industrial y comercial, además de pesquera y marítima, que son los rasgos distintivos que engarzan con su esencia litoral?

Pudo ser una ciudad administrativa, como las sedes autonómicas o provinciales, pero a ese estatus ya renunció cuando le retiraron la condición de capital de provincia, en la primera mitad del siglo XIX.

Por su entorno natural pudo ser una ciudad turística, como Alicante o San Sebastián, pero, sin desecharlo, rehusó asumirlo como prioridad de su bienestar y economía.

Y acabó siendo mercantil e industrial. Lo consiguió por sus condiciones estructurales, pero sobre todo porque era lo que querían los ciudadanos.

Cuando nació este periódico, en 1853, sus fundadores, un grupo de ilustrados vigueses, definieron cómo deseaban que fuese su ciudad. Era una época crucial para la clarificación de los objetivos de Vigo, que contaba cinco mil habitantes. Querían que fuese una ciudad mercantil, agrícola e industrial. Y la historia ha demostrado que tenían razón.

El rururbano vigués significa que la peculiaridad agrícola pervive. La ciudad cosmopolita que es el centro ensambla armoniosamente con las parroquias interiores y rurales. Porque, como escribió Cunqueiro inspirándose en el conocido cuadro de la esfolla de Francisco Pradilla, Vigo no solo es ría y pesca. De espaldas tiene el campo.

La identidad mercantil comenzaba a gestarse entonces con la apertura del lazareto de San Simón y la llegada de barcos de las colonias sudamericanas. Basta pasearse por las calles para comprobar que la ciudad fue y es mercantil.

Por las redes circulan montajes y composiciones en vídeo con fotos del Vigo comercial del pasado siglo. Reaparecen magníficos y elegantes comercios de todos los géneros que entusiasman no solo a los nostálgicos sino a las nuevas generaciones.

Lo que no parecía concebible era que aquella población pesquera se convirtiera en fabril. Lo logró, hasta el extremo de que hoy a Vigo en el exterior se la conoce como ciudad industrial. Por las fábricas de salazón y las conservas, por los astilleros y empresas de todo tipo, y desde mediados del pasado siglo por la automoción.

Pero esa definición de Vigo no hubiera arraigado si no contase con el elemento humano, formado para dirigir sus industrias.

“Si ha habido ilustrados y profesionales de todos los ámbitos, quien imprimió un estilo a la ciudad fue el empresariado”

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Y ahí llegamos al libro de Pilar López sobre la historia de la Escuela de Comercio, que nació hace ahora un siglo demandada por los vigueses, por el Ayuntamiento y la Cámara de Comercio, para timonear a las empresas. A ella se deben en buena medida los éxitos empresariales que ha tenido a lo largo de los tiempos Vigo. Porque si ha habido ilustrados y profesionales de todos los ámbitos, quien imprimió un estilo a la ciudad fue el empresariado. Fueron los que fundaron las industrias, promovieron los centros de formación y dejaron su impronta en el urbanismo, encargando la construcción de señoriales edificios a destacados arquitectos. Es la razón por la que vino Pacewicz a Vigo.

A diferencia de otras poblaciones, en las que los más pudientes se concentraron en barrios específicos, como ocurre en las otras dos grandes ciudades industriales del Norte –los barrios de Neguri, en Bilbao y Somió, en Gijón–, los potentados vigueses de comienzos del XX construyeron sus casas en el centro de la ciudad, y así luce lustrosa.

Pero de vuelta al Vigo industrial y mercantil, y a su consolidación como características de la ciudad, “el arte de vivir cien años” recuerda que hace un siglo se creó la Escuela de Comercio, cuya hermosa sede, en la calle Torrecedeira, proyectó Jenaro de Lafuente, uno de los grandes arquitectos locales.

Pilar López Vidal, que fue su directora, traza con maestría su trayectoria. De la lectura de su libro se constata la sintonía que ha existido entre Vigo y la Escuela de Comercio, hasta el punto de que resulta inconcebible el desarrollo industrial de la ciudad sin ella.

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