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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

Assange sigue pudriéndose en una cárcel de alta seguridad británica

Casi olvidado de los grandes medios de comunicación internacionales, los mismos que con tanto vigor denuncian las violaciones de la libertad de prensa en cualquier otra parte del mundo, Julian Assange sigue pudriéndose en una prisión de alta seguridad británica.

El enorme delito del periodista australiano: haber informado a la opinión pública mundial de las atrocidades cometidas por Estados Unidos en Afganistán e Irak con el pretexto de la lucha antiterrorista.

Esas revelaciones son algo que nunca le perdonarán políticos y militares de la superpotencia, que ha recurrido a todo tipo de estratagemas para conseguir su entrega a la justicia de EE UU a fin de poder juzgarle por espionaje.

Primero fueron unas acusaciones de tipo sexual de las que fue objeto por unas mujeres con las que mantuvo relaciones en Suecia, y cuando eso finalmente no funcionó, la justicia británica le acusó de haberse saltado las condiciones de libertad provisional en el Reino Unido.

Assange buscó y obtuvo asilo político en la embajada ecuatoriana en Londres cuando el país latinoamericano estaba presidido por Rafael Correa, pero su sucesor, Lenin Moreno , cedió a las presiones de Washington, le retiró el asilo y permitió a Scotland Yard sacarle por la fuerza de la delegación diplomática.

Durante los siete años que estuvo recluido en esa embajada, Assange fue espiado por una empresa española por encargo de la CIA, que se enteró así de sus conversaciones privadas con sus abogados, entre los que estaba el exjuez Baltasar Garzón.

La policía británica le encerró entonces en la prisión de alta seguridad londinense de Belmarsh, donde continúa en espera del recurso de EE UU contra la decisión de una jueza británica de denegar su entrega a la superpotencia por el riesgo de suicidio en el caso de ser extraditado.

Assange cometió el error de buscar asilo en el Reino Unido, estrecho aliado de EE UU, en lugar de en Rusia como hizo el exanalista de la CIA y de la Agencia de Seguridad Nacional de EE UU Edward Snowden.

“Cometió el error de buscar asilo en el Reino Unido, estrecho aliado de EE UU, en lugar de en Rusia como hizo el exanalista de la CIA Edward Snowden”

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La fiscalía británica que actuó contra Assange siguió supuestamente instrucciones de los norteamericanos, y el proceso fue, según los defensores del periodista australiano, más bien una burla de la justicia.

EE UU pretende juzgar a Assange de acuerdo con una ley de espionaje que data de 1917 y que, aplicada en su caso o en el de Snowden, supondría un ataque directo a la primera enmienda de la Constitución de ese país, relativa a la libertad de prensa.

Por cierto, hablando de la libertad de prensa en EE UU, el Gobierno de Donald Trump, primero, y luego el de su sucesor, el demócrata Joe Biden, prohibieron a los directivos del diario “The New York Times” revelar los intentos oficiales de hacerse con las fuentes de los periodistas de ese y otros medios hasta que un juez echó abajo la correspondiente orden gubernamental.

Y ahora que tanto se habla también, y con razón, del acto de piratería cometido por el autócrata bielorruso contra el avión en el que viajaba un bloguero, al que obligó a aterrizar en Minsk para detener al activista, conviene recordar lo ocurrido en 2013 con el avión oficial del entonces presidente boliviano Evo Morales.

Siguiendo al parecer instrucciones de EE UU, que sospechaba que en ese avión, procedente de Moscú podía ir Edward Snowden, Italia, Francia y Portugal denegaron al piloto la posibilidad de sobrevolar sus respectivos territorios, y el aparato tuvo que aterrizar en Viena por problemas de combustible.

Allí, el embajador español intentó con un falso pretexto que se le permitiera registrar el avión antes de permitirle hacer escala en las islas Canarias, a lo que se negó Morales. Aquel suceso provocó un grave incidente diplomático entre el Gobierno boliviano y el español de Mariano Rajoy.

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