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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

La resignación

El anuncio de la ministra de Hacienda de que en un plazo “de pocos meses” el Gobierno planteará una reforma del sistema de financiación autonómica ha disparado las sospechas en algunas comunidades. De grueso calibre, además, porque –si bien de forma oficiosa– se habla ya de otra posible cesión con vistas a la “mesa de negociación” que puede abrirse en septiembre con la Generalitat, en esa búsqueda del santo grial que para el señor Sánchez significa, o eso parece, resolver el “conflicto” catalán. A base de una magnanimidad que solo aportaría el Estado.

No se trata de una suposición baladí. En primer lugar, porque las actitudes del Gobierno justifican cualquier recelo y, en segundo, a causa de que el anuncio de la ministra Montero coincide con el encuentro entre Sánchez y Aragonés y la resurrección del esquema financiero reclamado en su día por Artur Mas a Rajoy como alternativa a lo que después fue el “procés” y hace unos días por los secesionistas. Y a eso podría añadirse el cinismo de don Pedro, al decir que a él “no le hicieron un referéndum” y callar que aceptó –y pactó– aplicar el artículo 155 con su predecesor.

En esa línea argumental, la coincidencia del anuncio de la reforma del sistema de financiación con el mencionado encuentro de presidentes en Barcelona, y la ofensiva patronal –se desconoce, aún, en qué consiste el quid pro quo– para obtener al menos la resignación ante los indultos, alienta la desconfianza y las reclamaciones preventivas que ya se han formulado. Y, lo que es peor aún, la posibilidad de que se repita el esquema con el que Moncloa trabaja desde que llegaron sus actuales inquilinos; obsequiar a quienes les apoyan y matarile a los demás.

En todo caso, es lo que hay, al menos visto desde una óptica personal. Y en ese posible escenario obliga a preguntarse y preguntar qué va a ocurrir con Galicia, si abordarán, con proyectos propios y Fondos Europeos, problemas específicos como crisis demográfica, dispersión poblacional y elevada media de edad, que encarecen y complican los servicios públicos o se pretenderá satisfacerla con la previsible llegada del AVE diez años después o el intercambio de una rebaja en el peaje de la AP-9 a cambio de la implantación de uno nuevo en las autovías de toda España.

A lo largo de los últimos meses, da la impresión de que una parte de este antiguo Reino, seguramente la más dinámica, va resignándose a aceptar lo que ahora mismo parece casi inevitable: que la evidente pérdida de influencia –que por otra parte, nunca fue demasiada– de la comunidad gallega en los asuntos generales no podrá compensarse, políticamente hablando, con una oposición en las Cortes débil –y en apariencia entregada a la lotería de las encuestas– y, por tanto, tentada a convertir el dinamismo en resignación. Que no es la receta que proporciona la democracia para resolver los problemas importantes. Receta que se resume en el respeto a las mayorías, por extrañas que resulten, y hacerles frente desde la libertad ejerciendo los derechos que otorga el sistema. Entre ellos, el de la crítica y la protesta leal ante todo aquello que no es justo.

¿Eh...?

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