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Julio Picatoste

Esa jerga curial (I)

El lenguaje jurídico tiene en general fama de opaco e indescifrable para los justiciables, circunstancia que contribuye a envolver las cosas de la justicia en un halo de misterio; como ocurre con la religión, ceremonial, palabras, ropaje y escenarios forman parte de una liturgia gremial solo conocida por unos pocos que tienen acceso a los arcanos de aquellos saberes; los demás mortales han de acudir a esos intermediarios y valedores que son los sacerdotes y abogados, únicos que están en el secreto de esa alquimia hecha de fórmulas, latinajos y palabras en desuso.

De ese lenguaje esotérico forma parte la terminología curial, que es jerga peculiar y equívoca en ocasiones. Veamos algunos ejemplos y juzgue el lector:

1.- Banquillo. En los juicios criminales se llama “banquillo” al asiento donde se coloca al acusado. Situado ante el tribunal que le juzga, reo y Estado se ven las caras frente a frente, aunque en distinto nivel; aquel a ras de suelo, el segundo, sobre un estrado que eleva y jerarquiza. En los laterales de la sala, defensa y acusación se miran de frente y se hablan cara a cara. Vista y oído son los sentidos que están en juego; por eso ambos se usan para denominar el espacio donde se juzga; decimos indistintamente sala de “audiencia” y sala de “vistas”. O sea, sala de oír y ver.

¿Por qué le llaman banquillo, así, con ese pellizco final que viste el diminutivo de fonética simpática y atenuada, casi coloquial? No deja de ser un sarcasmo impertinente para quien ha de sentarse en él. ¿Por qué un diminutivo para un madero desde el que los hombres se juegan libertad, dineros y honor? ¡Cómo es posible que llamen banquillo a lo que puede ser la bancarrota del reo! Lo singular del término es que se trata de un diminutivo lexicalizado y como tal se registra en el diccionario de la RAE.

Muy diferente es el significado del término en el argot futbolístico donde se llama banquillo al que es ocupado por los jugadores que no participan en el juego, cosa que en modo alguno puede decirse del reo que, muy a su pesar, es centrocampista sufridor.

"El acusado es un Robinson Crusoe amarrado a ese madero que llaman banquillo desde el que solo puede enviar confusas señales a su abogado"

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Pero si algo caracteriza al banquillo es la soledad en que mantiene al acusado. Allí está solo y apartado de su abogado. La comunicación con él se hace difícil: miradas, movimientos de cabeza, aspavientos, muecas, todo un despliegue de mímica en lucha con la distancia. El abogado le hace gestos con las manos: calma, cálmate. Pero cómo diablos voy a calmarme, mira lo que dice el fiscal, mira con qué sale ahora el testigo. El acusado es un Robinson Crusoe amarrado a ese madero que llaman banquillo desde el que solo puede enviar confusas señales a su abogado. No es bueno que el reo esté solo, se dijo el legislador después de ver al reo sufrir en soledad, y la Ley del Jurado le sentó a la vera de su abogado, instaurando así una especie de litisconsorcio corporal, juntos en la misma suerte (es un decir). Bien hará la nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal si eleva a regla general lo que hoy es excepción. He aquí como una cuestión de mera ubicación espacial está íntimamente vinculada a un derecho constitucional de primer orden, el derecho de defensa. Esta se verá erosionada si el acusado, durante el juicio oral, no permanece junto a su abogado para hacer posible una fluida comunicación entre ambos.

2.- Partes. Se llaman partes de un proceso a quienes son demandante y demandado. La parte demandante, la parte demandada. La denominación es tan lógica como inocente. Todo bien. Pero su invocación puede cobrar un sentido equívoco y jocoso si por el modo de hablar desvestimos el vocablo de su connotación procesal, porque entonces se sobrepone a su significación legal la pudibunda con que algunos se refieren a recatados rincones de su anatomía serrana, como si no hubiera en el cuerpo otras partes escindibles, individualizables como los brazos o las orejas, que son también partes. No, aquellas son “las partes” por excelencia, las cuales suelen remarcarse con un adjetivo posesivo –casi constitutivo– que designa al titular.

Y en esto que llega el procurador al juzgado y le espeta a su compañero: “Yo vengo sin mis partes”. Estupor general. ¿Pero que dice este hombre? ¿Serán las suyas de quita y pon? Es cierto que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, como decía don Hilarión, el pícaro boticario de la verbena de La Paloma; pero de ahí a dejarse las partes en casa… ¡Esa jerga forense!

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