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Hubo un tiempo, no lejano, en que Vigo decidió organizarse siguiendo pautas de especialización. Así, la estación de autobuses se llevó a la avenida de Madrid, los nuevos hospitales a la periferia del Meixueiro o Valladares; la universidad, al monte y la Zona Franca a un relleno en el mar de Bouzas. La ciudad se estructuraba en espacios funcionales específicos, separados unos de otros, a los que se accedía mediante el uso del coche y una intrincada red de transporte público.

En los últimos años, pese a la inexistencia de una reflexión que diagnosticara el fracaso del anterior modelo descentralizador, se ha ido consolidando un movimiento centrípeto para devolver las cosas al centro, al núcleo urbano de la ciudad. Así, la nueva estación de autobuses se encaja en Urzáiz, los juzgados en el viejo hospital de Pizarro, la universidad en O Berbés o Zona Franca en rúa Areal.

Este movimiento de la periferia al centro, “presentado como algo natural, sin intenciones y sin voluntades”, como escribió Henri Lefebvre en El derecho a la ciudad (1968), no por carecer de padrinos es menos real ni efectivo. “El núcleo urbano –puntualiza el filósofo y sociólogo francés- pasa a ser producto de consumo de alta calidad para los extranjeros, turistas, gentes venidas de la periferia, suburbanos. Sobrevive gracias a esta doble función: lugar de consumo y consumo de lugar”. La promoción de Vigo, las humanizaciones y rampas mecánicas o ahora la recentralización de grandes infraestructuras de servicios, son los decididos pasos de un profundo movimiento de regeneración urbana propulsado por las visiones de arquitectos y urbanistas, las administraciones públicas y los promotores con el respaldo de los muy activos fondos de inversión transnacionales.

Todo este proceso no está exento de ideología ni de víctimas. Se impone una lógica de terciarización de la economía, que en Vigo siempre ha chocado con la tradicional pulsión industrial de la construcción naval, la pesca o el automóvil. Su rentabilización económica necesita acondicionar espacios hasta ahora depauperados (Casco Vello, Barrio do Cura, entorno de Urzáiz) para reocuparlos con nuevos residentes de altas rentas y nuevos hábitos de consumo y ocio.

Una nueva y recentralizada ciudad olívica está viendo la luz y aunque la criatura pareciera venir al mundo huérfana de manual de instrucciones, inconexa y como por arte de magia, no lo duden: Vigo es ya un producto listo para su consumo.

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