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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

La convivencia

Dicen las crónicas de pasillo que los diálogos televisivos de Felipe González no solo exasperan al entorno monclovita, sino que hacen crecer la hostilidad de la militancia sanchista hacia el expresidente de Gobierno más importante, junto a Adolfo Suárez, de la democracia española moderna. El segundo hizo la transición; el primero la consolidó y la modernizó y, entre ambos, más el Rey, los “padres” de la Constitución y la sociedad, sentaron las bases para la reconciliación entre generaciones que durante demasiado tiempo estuvieron enfrentadas e incluso con las armas.

Es por eso que no pocos creen que esos diálogos del exjefe del Gobierno con diferentes políticos y gentes de referencia en la sociedad española suponen una suerte de modelo de lo que debería ser y no es: la recuperación de la convivencia entre ciudadanos de ideologías y prácticas diferentes, pero que creen en la Constitución aunque no la sacralizan, aceptar la necesidad de actualizarla y que para ello hay que abandonar el radicalismo práctico y dialéctico que ahora mismo prevalece. Inducido además por el giro del PSOE actual hacia actitudes contrarias a su propia historia.

(Es esta, desde luego, una opinión personal, pero en cierto modo confirmada por el mismo don Pedro Sánchez cuando puso como modelo de su política “de izquierda” a Francisco Largo Caballero, halagado como “Lenin español” por el PCE en la II República. Y cabeza de una línea ideológica diferente dentro del PSOE a la de Indalecio Prieto por razones parecidas –hay otras, relativas a la gobernanza y con quién, y a la visión territorial– a las que separan hoy a Sánchez y a González. Además, por supuesto, de la nefasta influencia podemita en la bipolarización social).

En ese sentido –como mínimo– la reciente conversación de Felipe González Márquez con Alberto Núñez Feijóo fue, siempre desde una óptica particular, un modelo convivencial que probablemente ansía la gran mayoría de la población española. Es decir, el entendimiento mutuo, y el respeto a la discrepancia, acerca de cuestiones colectivas claves para el progreso del país y la profundización del sistema democrático, demasiado tierno todavía si se compara con bastantes otros, y, por tanto, necesitado de cuidados, que no de proteccionismos.

Es cierto que el diálogo se hacía entre dos políticos a los que la permanencia en el poder –“la experiencia es un grado”, dice el refrán, que podría aceptar el añadido de que es, también, “la madre de la ciencia”– ha mejorado, además de su imagen, sus ya notables virtudes públicas. Pero hay otras, precisamente las que necesitan Galicia y España ahora mismo, que no todos llevan y ellos sí: la tolerancia en el hacer y la moderación en el decir, y esas dos forman, con el respeto, la trinidad que requiere aquella convivencia. Cierto que no abundan aquí, pero también que es falsa la afirmación de que no existen en absoluto: hay que buscarlas porque, además de congénitas, pueden llegar a adquirirse con la práctica.

¿O no...?

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