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José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

Por un puñado de votos

Poco después de proclamarse la victoria por escaso margen de votos de Pedro Castillo el candidato de la izquierda en las elecciones presidenciales de Perú, comenzaron también las descalificaciones sobre su supuesta limpieza. Es una táctica que ha proliferado últimamente, sobre todo después de su grosera utilización por el expresidente norteamericano Donald Trump. Primero, para descalificar a su oponente demócrata Hillary Clinton a la que quiso describir como un títere en manos del jerarca ruso Vladimir Putin; y después para negar la legitimidad del triunfo de Joe Biden en una campaña feroz que concluyó con el asalto al Congreso por una masa excitada y vociferante.

De momento, en Perú, las fuerzas que representan los intereses de la derecha se han limitado a acusar a los partidarios de Castillo de fraude electoral, pese a que no hay prueba fehaciente de que tal cosa haya ocurrido. Al menos, según el testimonio de observadores internacionales. Pero no deja de ser inquietante que a poco de cerrarse los colegios electorales se lancen rumores en ese sentido. La confrontación electoral y el escaso margen de las votaciones nos permiten constatar la existencia de un país dividido en dos bloques sociales difícilmente conciliables. El que encabeza el profesor Castillo aglutina mayoritariamente a la población indígena y al campesinado y el que lidera Keiko Fujimori a los principales núcleos urbanos y a los nostálgicos de los 10 años de régimen autoritario que supuso el mandato de Fujimori padre, tras su victoria en 1990 sobre el famoso escritor Mario Vargas Llosa.

A Pedro Castillo hay que darle tiempo para que desarrolle su programa de gobierno sin anticipar males mayores

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Precisamente unos días antes, el Premio Nobel de Literatura publicó en las páginas de un importante periódico, con el que mantiene una colaboración semanal, un articulo titulado “En la cuerda floja” en el que expresaba su “ardiente deseo de que la hija del sátrapa japonés ganase la elección presidencial en Perú para salvar al país de la incompetencia, la censura y la pobreza que traería el comunismo de su rival”. Del que no duda que, una vez en el poder, no permitirá que vuelva a haber unas elecciones limpias. Una perspectiva siniestra que don Mario extiende (además de Cuba, Bolivia, Nicaragua, y Venezuela) al Brasil del resucitado Lula da Silva, y a la Argentina de los Fernández. Pero lo peor de todo es que la oposición a esa marea roja no vaya a estar dirigida por sectores ultraliberales, como le gustaría al escritor, sino por la ultraderecha ultracatólica. Una deriva que no tendría por qué sorprender a nadie y menos aún en Latinoamérica, donde los avances sociales suelen ser replicados con movimientos reaccionarios y regímenes autoritarios.

A Pedro Castillo hay que darle tiempo para que desarrolle su programa de gobierno sin anticipar males mayores. Si hemos de guiarnos por las declaraciones que hizo antes de acudir a las urnas su interés primordial será corregir, en lo posible, las irritantes diferencias económicas que separan a la ciudadanía. Pero sin atropellar a nadie. Más o menos lo que dimos en llamar “populismo”. Un puñado de votos no da para más.

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