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Joaquín Rábago.

Del Gótico a Picasso pasando por Rembrandt...

El famoso cuadro de Eugène Delacroix Les femmes d’Alger animó a Pablo Picasso a crear una serie pictórica extraordinaria que muestra su enorme capacidad inventiva y formal.

Se trata de variaciones inspiradas por un pintor a quien admiraba profundamente y que el artista malagueño exiliado en Francia creó en los meses del invierno de 1954/55.

Nunca desde comienzos de los años sesenta había sido posible reunir los quince óleos que integran la serie, procedentes de distintas colecciones públicas o privadas y que ahora pueden admirarse de forma conjunta en el museo Berggruen, de Berlín.

El tema del cuadro de Delacroix –una escena de harem típica del gusto orientalista de la época–, junto a la disposición de las figuras que lo integran, animaron al genio español a explotar sus enormes posibilidades plásticas.

“Si existiera una única verdad no sería posible crear cien imágenes sobre el mismo tema”, dijo Picasso en cierta ocasión para explicar su furor proteico.

Es conocida la rivalidad artística que protagonizaron el genio español y el francés Henri Matisse, y rara vez se ha mostrado Picasso tan matissiano en su tratamiento del dibujo y del color como en esta serie.

Dando un enorme salto hacia atrás en el tiempo hasta la segunda mitad del siglo XV, es también posible visitar estos días en la capital alemana una exposición en la Gemäldegalerie que documenta una etapa tan extraordinaria en la historia del arte como es el gótico centroeuropeo.

Fue una época de grandes innovaciones formales en la que los artistas que trabajaban al norte de los Alpes intentaban dotar de mayor realismo a sus figuras sacras para acercarlas así todo lo posible a sus contemporáneos.

Artistas como Stefan Lochner, en Colonia, o Konrad Witz, en Basilea, asimilaron los nuevos modos de representación desarrollados sobre todo por el holandés Jan van Eyck, cuyo tratamiento de la luz y del espacio iba a encontrar seguidores en toda Europa.

Las innovaciones plásticas de aquella época, los intentos derivados del arte neerlandés de dar una cierta sensación de profundidad espacial sustituyeron a los modos esquemáticos de representación de la época y constituyeron un espectacular avance.

Fue entonces cuando aparecieron por primera vez las sombras de los objetos en la pintura –habían estado totalmente ausentes hasta 1420–, la figura humana cobró una especial corporeidad y los paisajes de fondo, una profundidad también hasta entonces desconocida en el arte europeo.

Aunque la última de este trío de exposiciones extraordinarias no tiene lugar en Berlín, sino en el museo Barberini de la vecina Potsdam, la ciudad de Federico el Grande, de Prusia, no puede uno dejar de mencionarla.

“Si existiera una única verdad no sería posible crear cien imágenes sobre el mismo tema”, dijo Picasso en cierta ocasión

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Bajo el título de El oriente de Rembrandt, está dedicada a la fascinación que en ese y otros grandes artistas holandeses del siglo XVII ejercieron países lejanos de Oriente Medio y de Asia cuyos productos exóticos llegaban entonces abundantes a Europa.

El realismo representativo alterna con las proyecciones de la fantasía de aquellos artistas cuyas creaciones no reflejan el lado oscuro de la apropiación colonial: la esclavitud, la explotación y las guerras comerciales, como nos recuerda, haciendo gala de su corrección política, el comisario de la exposición.

Mientras que el Oriente estaba muy presente en los objetos de las casas de los ricos comerciantes de los Países Bajos, incluso muchas veces en su vestimenta, y aunque se publicaron numerosos informes de viajeros a esas partes del mundo, casi ninguno de los artistas visitó personalmente aquellas tierras, por lo que se limitaron a dar rienda suelta a su imaginación y con ella también a sus prejuicios.

La exposición del museo Barberini reúne 110 óleos, dibujos o grabados, entre ellos treinta y tres de Rembrandt y su taller, junto a otros de Jan Steen, Ferdinand Bol, Jan van der Heyden, Willem Kalf, por citar solo a algunos de los artistas neerlandeses representados.

Por cierto que para visitar todas esas y otras exposiciones hace falta siempre presentar, además de los datos personales, un test negativo de COVID-19, fácil por otro lado de obtener ya que abundan en Berlín los centros donde se realizan de forma gratuita.

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