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Juan Gaitán

Tocar la luz

El alba, creo, es la primera luz, siempre con un algo remolón. ¿Cuál es su precio?

Si alguien, alguna vez, por uno de esos errores que a veces comete la gente y nadie se explica por qué, tuviera la paciencia y el empeño absurdo de revisar lo que he escrito a lo largo de mi vida, quizás encontraría que “luz” es la palabra que más he usado. Y también, a lo mejor, se tropezaría con una columna en la que ironizaba sobre el hecho de que si las compañías eléctricas, en su avaricia, en su rapiña, en su codicia amparada por los gobiernos, sea cual sea su color y procedencia, se percatan alguna vez de ello, la factura me resultaría impagable, que eso de que escribir en España es llorar no lo decía Larra nada más que por la pobreza que lleva consigo.

Y es la palabra que más he usado porque he llevado siempre la luz muy cerca, como quien coge del brazo a un amigo durante el paseo. Mi primer recuerdo es un rayo de sol colándose entre las ramas de una acacia y mi mano de niño, de muy niño, intentando tocar las flores amarillas. Quizás lo que quería tocar era la luz. Siempre he creído eso, me gusta esa idea. Al fin y al cabo, la memoria es un “constructo”, algo que inventamos, y yo he inventado que ya de niño, apenas un bebé, yo quería tocar la luz, y luego he basado toda mi vida en eso, en ese primer deseo que puedo recordar, el de tocar la luz, atraparla con las manos. He escrito millones de palabras desde entonces, siempre con la misma intención, con la misma idea fija, intentar tocar la luz. Y me he dejado llevar por la creencia, seguramente absurda, de que de vez en cuando, en un verso, la he rozado.

Si ponen un alto precio a lo que tiene el valor de lo necesario es únicamente porque se lo permiten, se lo permitimos, con la sombra del silencio

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¿Cuánto cuesta rozar la luz? Me lo pregunto ahora, esta madrugada en la que escribo. Tengo encendido el flexo, que alumbra solo mis manos en el teclado a tanto por segundo. Afuera comienza a amanecer. El alba, creo, es la primera luz, siempre con un algo remolón. ¿Cuál es su precio? ¿En qué tramo de la rapiña la habrán puesto? ¿Qué miserable se estará frotando las manos avaramente pensando en el modo de cobrar por este alba, que Borges descubrió que era “aventurera”?

Antonio Machado, que era un ser de luz y lo pagó muy caro, dijo que “siempre hay un necio/ que confunde valor y precio”. Estos granujas de las eléctricas, estos canallas que nos acabarán cobrando el alba y el rayo verde que sangra el sol cuando se apaga, abusan, explotan, se aprovechan de lo que debería costar exactamente lo que vale. Y si ponen un alto precio a lo que tiene el valor de lo necesario es únicamente porque se lo permiten, se lo permitimos, con la sombra del silencio.

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