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Juan Carlos Laviana.

Los socialistas y la felicidad

El enfrentamiento entre los dos sectores del socialismo español

Los socialistas, como todos los seres humanos, solo son felices en el trayecto hacia la utopía. Es decir, en el camino a ninguna parte. Al llegar a la primera meta, el poder desde el que pretenden materializar el sueño del paraíso en la tierra, las cosas empiezan a torcerse. Pueden optar por dos vías. Una, ser pragmáticos –lo que va muy mal con su carácter– e implantar algo que se parezca a la justicia social, porque el socialismo universal ya está claro que es una ensoñación. Otra, mantenerse a toda costa en el poder –como el común de los políticos–, porque ellos se creen que sus aspiraciones son mejores que las del resto de la humanidad.

¿Pueden los socialistas ser felices? Tomo el título con que George Orwell –siempre Orwell– encabezó un artículo publicado el 24 diciembre de 1943, teñido del espíritu navideño propio de la fecha. Y de socialismo, vivido en sus carnes, del que el autor de “Rebelión en la granja” sabía un rato. El texto va sobre la utopía y sobre la contradicción de que las menesterosas familias dickensianas pudieran ser más felices en su miseria, sin objetivos más allá que comerse un pavo en Navidad, que los socialistas en busca del inalcanzable paraíso en la tierra.

Desde que leí por primera vez esa pregunta, me ha perseguido sin encontrar respuesta. Y hoy, cuando nuestros socialistas, pese a estar en el poder o precisamente por eso, se debaten sobre su sentido, se hace más insistente la amargura de esa interrogación. Están sumidos en la zozobra. Se enfrentan los veteranos, a los que se tilda despectivamente de nostálgicos –Felipe, Guerra, Leguina…–, con otros más jóvenes –los del “ahora nos toca a nosotros”, de Adriana Lastra–. Ambos tienen formas de entender el socialismo en apariencia irreconciliables. Disienten sobre la unidad de España, las concesiones a los nacionalistas o la relación con los herederos del terrorismo. Incluso discrepan sobre el enemigo, para unos el fascismo –al que hay que rodear de un cordón sanitario– y para otros una derecha civilizada y con la que el socialismo puede y debe hablar.

Conocí a Felipe González cuando Felipe aún era feliz. Había alcanzado el poder en el partido, pero aún no en el país. Era el muy caluroso mes de agosto de 1979. Había una actividad frenética en el PSOE por la preparación del decisivo congreso que diría adiós al marxismo. Había mucho interés en lo que pudiera decir Felipe González, así que el difunto Antonio Herrero –entonces en Europa Press– y yo, un practicante –hoy, becario– nos plantamos en la mísera puerta de la agrupación del muy obrero barrio de Tetuán. Felipe, con cazadora marrón de cuero, vaqueros ceñidos y botas camperas, salió por fin, acompañado de Fernando Morán, con un aspecto de pobre de solemnidad, con unos pantalones de tergal caídos por debajo de la tripa y una camisa llena de lamparones que no acababa de cubrir la prominencia estomacal. Se pararon ante nosotros y nos concedieron la ansiada entrevista. De pie, pero sin prisas. Una gran exclusiva del momento. Pero lo que más recuerdo de aquel encuentro es la felicidad que desprendía Felipe, el entusiasmo, la fortaleza de ánimo, la seguridad de que iba a cambiar este país de arriba abajo.

El socialista más moderno entre los más modernos Iván Redondo –moderno sí, socialista no lo tengo tan claro– acaba de decir que se tiraría por un barranco detrás de Pedro Sánchez

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A los socialistas de hoy no se les ve felices. De Sánchez se pueden decir muchas cosas, pero no que tenga la apariencia de ser un hombre feliz. Y tengo la seguridad de que los problemas de entonces eran mucho mayores de los que hoy. Felipe creaba ilusión. Sánchez transmite desencanto.

El socialista más moderno entre los más modernos Iván Redondo –moderno sí, socialista no lo tengo tan claro– acaba de decir que se tiraría por un barranco detrás de Pedro Sánchez. No hay nada más monolítico que las adhesiones inquebrantables en un país tan dispar como el nuestro. ¿Alguien puede imaginarse a Alfonso Guerra asegurando que se tiraría por un barranco por Felipe? Por no hablar de Gómez Llorente, de Peces Barba o de Rodríguez Ibarra.

Esta semana, en una reunión privada, varios socialistas expusieron su impresión sobre la actual situación del PSOE. Hubo quien vaticinó la progresiva desaparición del partido, como en otros países europeos. Hubo quien aventuró que la gran aspiración de Sánchez es acabar en la oposición frente a una coalición PP-Vox. Hubo quien soñaba con la gran coalición de los dos grandes partidos. Hubo quien barajó la posibilidad de que volviera Felipe, que acababa de mostrar sus extraordinarias habilidades ante la millonaria audiencia de “El Hormiguero”. Hubo quien manifestó la necesidad de encontrar un nuevo líder, joven y sensato.

Los socialistas –pro-Sánchez o anti-Sánchez– hoy tampoco parecen muy felices. Tal vez tenga razón Orwell y estén condenados a la infelicidad.

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