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Francisco García.

Billete de vuelta

Francisco García

El abrazafarolas y el chirriante

Igual que existen dos tipos de futbolistas, los que dan patadas y los que las reciben, se contabilizan dos modelos de políticos idénticamente detestables: el abrazafarolas y el chirriante. No quiere decir que toda la clase política milite obligatoriamente en uno de esos dos bandos, pero haberlos los hubo y haylos. Sus maneras dicen más que sus palabras, aunque los primeros hablan poco y mal y los segundos no hablan sino que vociferan.

Corresponde a Azorín la descripción del servidor público bienqueda: “El político ha de tener siempre la precaución de no remachar la promesa, de no prometer nada definido y completo. La vaguedad se impone siempre. Y para que la vaguedad pase sin ser desagradable se deben envolver siempre las palabras vagas en sonrisas, palmadas afectuosas, abrazos estrechos y cariñosos. Además, pronúnciense rápida y atropelladamente. Y no es preciso cerrar y terminar la oración. Se termina con un abrazo”. El genial autor bautiza a este tipo como infundibuliforme, o sea en forma de embudo; convengamos en que tampoco le queda mal el título castizo de abrazafarolas.

La presencia del político chirriante y prolífico en el uso de la demagogia es tan lejana casi como el nacimiento de la humanidad. En la antigüedad clásica era tan frecuente este tipo de chamarileros del poder que el comediógrafo Aristófanes los describió con punzante ironía: “Posees todos los atributos de un demagogo: una voz horrible y chillona, una naturaleza intratable y perversa, y un lenguaje de mercado. En ti confluye todo lo necesario para gobernar”.

No discurran que desde estas líneas se apunte a nadie en concreto en el ejercicio de la actividad política. En todo caso, pónganle ustedes cara a abrazafarolas y chirriantes. Verán cómo, a bote pronto, les salen de carrerilla media docena o más.

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