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Misa de doce

Cuando era niño, preadolescente más bien, en mi pueblo - y supongo que en otros muchos- la misa dominical de 12, en la iglesia de Santiago, era algo más que un ritual religioso. Era un acto eminentemente social, la hora del aperitivo litúrgico que precedía al gastronómico. Era, por excelencia, la misa de la burguesía. Por cierto, en los días de verano acudía en ocasiones Wenceslao Fernández Flórez desde su vivienda en Cecebre. Yo no recuerdo haberle visto, pero sí, con mejor fortuna, mi querido amigo Santiago Martínez Lage, como él mismo ha recordado en reciente artículo.

Aquella congregación de fieles, aquel escaparate ritual era un buen reflejo de la España de entonces. Hablamos de una época de dominio eclesial, años de agobiante y distorsionador nacionalcatolicismo, tiempos de severa, casi obsesiva, vigilancia sobre el cuerpo de la mujer, siempre fuente de (dulce) pecado; con objeto de ahuyentarlo, y por respeto al templo, la Iglesia exigía velo para cubrir el sedoso cabello femenino, medias que mitigasen el colorido de la carne tentadora de sus piernas y rigurosa prohibición de escotes ventilados. Era la España de Trento y de convento, la España machadiana de “cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María”.

Uno de los alicientes que para mí tenía aquella misa de 12 eran los sermones de don Juan Manuel. Lucía en su cabeza una ya avanzada calvicie de cabello ondulado, su cara redonda y sus labios gruesos daban al rostro una sutil pátina oriental. Era persona de humor cambiante. Lo mismo te atendía con una sonrisa que te eludía con un gesto gruñón. Decían que era a causa de sus dolencias gástricas. Pero para mí lo mejor de aquel sacerdote, lo que bien valía una misa, eran sus enfervorizados sermones. Subía al púlpito con paso lento y gesto concentrado. Comenzaba su discurso con palabras a media luz, como si emergiesen desde una oquedad penumbrosa del espíritu; poco a poco iba elevando el tono de su voz, y a medida que su alegato se acercaba a los umbrales del pecado que quería anatematizar, la palabra brotaba iracunda y potente, la mirada centelleaba, su faz enrojecía y su gañote bramaba. De pronto paraba en seco y abría un espacio de silencio sostenido, como si esperase oír el latido agitado de nuestros corazones o el sofoco de nuestras conciencias abochornadas por la osadía de nuestros pecados. Tras aquella pausa silente que anegaba el templo, agotado ya por aquella agitación evangélica, descendía a las catacumbas de la laringe y la voz recobraba el tono sereno y grave del comienzo; de ese modo, la calma ponía fin a la tormenta invitando a los congregados a retomar el curso de la liturgia. ¡Magnífico! ¡Soberbio! Por eso, cada domingo acudía y me sentaba a la vera del púlpito, dispuesto a seguir aquella apasionada hinchazón de la palabra hasta su turbadora explosión conminatoria. El rebaño del Señor quedaba así inmunizado contra toda tentación de pecado… al menos por unas horas.

Pero don Juan Manuel tenía una pasión lúdica que era el patinaje. La descubrimos cuando una tarde, inesperadamente, pidió a un muchacho que le prestase los patines. Se los calzó, los ató fuertemente, y ante nuestro asombro empezó a patinar por la plaza, cantón arriba, cantón abajo. Allí iba don Juan Manuel, cuan grande era, deslizándose con pleno dominio de los patines; la sotana, ligeramente remangada, dejaba a la vista los pantalones. Verle los pantalones a un cura era como poner al descubierto una intimidad viril escondida, una especie de injerto laico en aquel mediador divino.

Cuando algunas beatas, de vida fronteriza con el más allá, cuyas almas arrugadas solía planchar don Juan Manuel de tarde en tarde, veían la travesura mundana de aquel niño grande de sotana y pantalones reían nerviosas y agitadas. Está claro que desde aquel día ganó más adeptos; el apostolado de don Juan Manuel iba sobre ruedas.

Y vea el lector lo que son las cosas del escribir; tenía pensada para este artículo otra ruta, otra reflexión a propósito de aquella religiosidad de los años cincuenta tan distinta de la idea que yo tengo de lo que realmente es el “homo religiosus”. Pero se cruzaron los recuerdos de la infancia que me detuvieron y entretuvieron. Lo siento, otra vez será.

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