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Juan José Millás.

El trasluz

Juan José Millás

Comerse el mundo

No me molesta estar despierto, pero odio el momento de abrir los ojos. Desde que me levanto hasta que me instalo con firmeza en la vigilia transcurren un par de horas terribles debido al conocimiento acumulado de las vigilias anteriores. Me he despertado muchas veces, tantas al menos como días llevo en este extraño lugar moral que llamamos vida. Sé, por tanto, lo que se puede obtener de la vigilia y a qué precio. Significa que comienzo la jornada con un cálculo contable en el que el DEBE ocupa más espacio que el HABER. Durante una época, me gané el pan haciendo contabilidades sencillas y nunca dejó de admirarme que, por grande que fuera el negocio, todo se reducía al equilibrio entre eso dos términos: “Debe” y “Haber”. Se trata de un descubrimiento semejante al de los ceros y los unos para los sistemas digitales. Conservo una apreciable colección de libros contables, encuadernados en tapas negras, que abro de vez en cuando para que me recuerden en qué consiste la existencia.

Hay que tener en cuenta el conocimiento acumulado, pero conviene saber también cuándo conviene prescindir de él. Yo no logro asentarme alegremente en la vigilia hasta que lo olvido y el mundo me vuelve a extrañar como las primeras veces que me miraba en espejo. Me coloco entonces frente a la página en blanco como si no supiera de qué va este extraño artilugio, este extraño invento, este artefacto raro que llamamos escritura y que al final es un cuerpo, un corpus, un organismo, es todas esas cosas o no es nada. Hay jornadas en las que leo un verso, uno cualquiera, del poeta que tengo más a mano y me quedo observándolo con la curiosidad con la que un niño observa un escarabajo. Este, por ejemplo: “El binomio de Newton es tan bello como la Venus de Milo”. Pertenece a Álvaro de Campos y no tiene élitros como los coleópteros, pero tiene sujeto y verbo y complicaciones de orden comparativo que convierten a la frase en una especie de animal cuya invención produce asombro.

Ya me encuentro, pues, completamente instalado en la vigilia, ya he atravesado las dos horas terribles que van desde que me despierto con el conocimiento acumulado hasta el instante en el que consigo olvidarlo. Ahora mismo me comería el mundo. Y es lo que pienso hacer.

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