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Daniel Capó FdV

Ana Iris Simón y el presidente

La joven escritora Ana Iris Simón ha provocado un enorme revuelo al reivindicar, en un discurso pronunciado ante el presidente del Gobierno, los valores morales de la España rural de nuestros padres en lugar de las bondades de la modernidad. La polémica ha sido inmediata, no se sabe si por el interés de unos o por el rechazo de otros. Para sus detractores, la alocución de la autora manchega, con sus apelaciones románticas a un pasado idealizado y su falta de conexión con los problemas de nuestro tiempo, refleja postulados neofalangistas. Para sus partidarios, en cambio, se trata de una valiente denuncia de la precariedad laboral que afecta a millones de jóvenes –¡y de no tan jóvenes!– y una defensa de la familia y la natalidad como valores a preservar en un mundo sometido al cambio constante. En realidad, no son cuestiones nuevas y, aunque resulta evidente que la crítica de Ana Iris a la globalización económica y al liberalismo admite lecturas mucho más sofisticadas, lo llamativo de su discurso ha sido el eco multitudinario –a favor o en contra– que ha suscitado. Así lo ha reconocido la diputada leonesa del PSOE Andrea Fernández en un reciente artículo publicado en The Objective, donde comenta que las palabras de Simón –tan críticas con el bagaje ideológico del sanchismo– conectan emocionalmente con “una generación rota que se aferra a la constancia de saberse con mucha seguridad la última”.

Quizás esto no sea del todo cierto, porque difícilmente una generación puede decir de sí misma que es o que vaya a ser la última. Sabemos que la seguridad pertenece al ámbito estrecho del pasado más inmediato y no al del futuro. Pero, en este caso, los matices no sirven para iluminar el fondo del debate. El abandono de una geografía –esa desertización del mundo rural que parece imparable en muchos rincones de España–, la precariedad laboral que oscurece el horizonte de los trabajadores, el acuciante invierno demográfico –que tiene que ver con una lectura existencial de lo que sería la vida buena tanto o más que con la crisis económica– y el debilitamiento de los lazos comunes son hechos reales que admiten respuestas antagónicas, pero que haríamos mal en dejarlos de lado o hacer como si no existieran. Porque no es necesario acudir a sesudos papers académicos para descubrir que acarrearán serias consecuencias económicas y morales. Que no simpaticemos con las soluciones ideológicas propuestas por Ana Iris Simón no significa que debamos obviar las preguntas que plantea. Sencillamente porque –aun cuando sus soluciones no nos convenzan, como es mi caso– los problemas reales (de vivienda, de empleo, de valores morales, de equilibrio territorial…) subsisten. Y en algún momento habrá que encararlos.

La escritora manchega lo hizo ante el presidente. Con algunos exabruptos sentimentales desde luego, sin ceñirse al guion oficial, y subrayando el miedo y la angustia que impregnan el sentido vital de unas cuantas generaciones, obligadas a afrontar los efectos devastadores de dos crisis económicas sin la red de seguridad que antaño ofrecía un mundo de afectos y de valores compartidos: lo que el rabino Jonathan Sacks ha descrito en un hermoso libro con el título La casa que hemos construido juntos. Sin un ecosistema comunitario que nos nutra y nos sostenga, las emociones políticas negativas van ganando terreno hasta el punto de carcomer las bases de la libertad. Una sociedad que ya no construye en común se convierte inevitablemente en una sociedad rota, que trata como desechos a los derrotados. Y está bien que alguien nos lo recuerde.

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