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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

La inseguridad de un régimen

Que un gobierno como el bielorruso de Alexandr Lukashenko recurra a un delito flagrante de piratería aérea para detener a un bloguero incómodo es más una prueba de la inseguridad y el nerviosismo que de la fortaleza de ese régimen.

El desvío, con el falso pretexto de una amenaza de bomba, del avión comercial en el que viajaban el joven activista Roman Protassevich y su novia debe ser condenado, y lo ha sido ya por la UE y EE UU, con la máxima firmeza.

Lukashenko, viejo zorro de la política, lleva, sin embargo, demasiados años en el poder como para no calcular las consecuencias que tendría semejante acción, contraria a las normas internacionales de la aviación civil.

El autócrata bielorruso combate por todos los medios a una oposición que ha visto crecer diariamente a su alrededor, y así, tras cerrar hace pocas fechas, el principal portal de noticias del país, no dudó esta vez en mandar aterrizar el avión con sus 171 pasajeros cuando este atravesaba a el espacio aéreo bielorruso rumbo a Lituania, su destino final.

Acosado por las manifestaciones callejeras, que denuncian su permanencia en el poder tras el supuesto fraude electoral del año pasado, Lukashenko, que ha jugueteado alguna vez con la UE en un intento de salir de la sombra de Rusia, parece apostar ahora claramente por la protección del Kremlin.

Siguiendo su juego, el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, fingió creerse la cínica versión del Gobierno de Minsk en torno a una supuesta amenaza de bomba - ¡nada menos que de Hamás!- en el avión desviado, y calificó la orden dada a su comandante como “razonable” en vista de las circunstancias.

El bloguero detenido y su colega Stepan Putilo, que dirigían hasta hace poco los canales Nexta y Nexta Live en Telegram, desde los que se llamaba a manifestarse contra el Gobierno de Lukashenko, han sido acusados por este de implicación en “actividades terroristas”.

Las condenas del incidente, con la aplicación de sanciones económicas y diplomáticas por parte de los gobiernos de la UE, que han dado esta vez pruebas de una rara unanimidad, no se hicieron esperar. Estaba en entredicho la propia credibilidad de los europeos.

Las condenas del incidente, con la aplicación de sanciones económicas y diplomáticas por parte de los gobiernos de la UE, que han dado esta vez pruebas de una rara unanimidad, no se hicieron esperar

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Más cautos se han mostrado, sin embargo, los sectores económicos: “La economía alemana evita el conflicto con Bielorrusia”, titulaba este martes el Frankfurter Allgemeine Zeitung una de sus informaciones en torno a lo ocurrido.

No es que las relaciones comerciales de Bielorrusia con la UE atraviesen precisamente el mejor momento: así, a finales de abril, el Gobierno de Minsk prohibió importar durante medio año productos de Skoda, filial checa de Volkswagen, y de la también alemana Beiersdorf (fabricante de Nivea).

El motivo es que esas y otras empresas habían desistido de patrocinar los próximos campeonatos mundiales de hockey sobre hielo porque iban a celebrarse en parte en Minsk. Finalmente, sin embargo, se decidió que el torneo tuviese lugar enteramente en Letonia.

Aunque hay unas 350 empresas alemanas activas en Bielorrusia, entre ellas algunas tan importantes como Siemens y Bosch junto a otras más pequeñas del sector de tecnología de la información, su mayor socio económico es Rusia, que además apoya con créditos comerciales su renqueante economía.

Ahora solo cabe esperar de la anunciada reunión en Ginebra entre el presidente de EE UU, Joe Biden, y Vladimir Putin, el único apoyo importante que parece tener el autócrata de Minsk, aclare también algo sobre su futuro. El líder ruso debería ser el primer interesado.

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