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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Cuidado con el libertinaje

Algunas ministras del Gobierno han insistido en que no confundamos libertad con libertinaje, sin advertir que esa fue expresión de amplio uso durante el franquismo. Cuando los demócratas pedían libertad, salía normalmente a escena un jerarca con camisa azul y chaquetilla blanca para denunciar a voz en grito que eso acabaría en libertinaje. Y ahí terminaba la discusión.

Otro tanto ocurría cuando algunos (muy pocos, lamentablemente) reclamaban la más módica libertad de expresión. El régimen, que tenía su propia jerga, era partidario de un “ordenado contraste de pareceres”, de modo que cualquiera pudiese opinar por su cuenta y, sobre todo, por su riesgo. Ya se encargaba después la Brigada Político-Social de poner orden en el contraste.

En realidad, el libertinaje es un concepto relacionado con el vicio. Un libertino es una persona licenciosa, entregada al sexo, a la droga, al alcohol y a vaya a saber usted qué más desenfrenos. Parece una idea más reprochable en el contexto de una homilía que en el de la vida civil; pero si a las ministras les da por meterse en el terreno de los curas tampoco hay por qué limitar su libertad de palabra.

No parece que la España vinculada durante tantos siglos al trono y el altar sea ahora mismo un país de libertinos, contra lo que el Gobierno da a entender, seguramente sin pretenderlo. Esa fama la acarrean más bien los franceses, tan dados a la gula y a la lujuria como se les supone. Hasta la misma denominación nacional de “francés” carga con equívocas connotaciones asociadas a la felación.

Verdad es que España, el severo país de Torquemada y de Calderón, puede apelar también al mito del Don Juan, aunque la versión de Tirso en ‘El burlador de Sevilla’ tenga un desenlace de lo más moralista. El pobre crápula acaba arrojado a los infiernos, cosa que nunca le ocurriría en Italia al depravado Giacomo Casanova.

Parecería oportuno pedir a los fiesteros del fin de semana que usen la libertad para hacer lo que les pete con el adecuado complemento de la responsabilidad

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Lo que hay por aquí es mucho botellón, pero eso es otra cosa. Parece un poco excesivo llamar libertinaje al consumo inmoderado de alcohol a granel: dudoso placer que a menudo acaba en vomitona. Ni Casanova ni aun el desaforado personaje de Pantagruel, rey de los triperos, aceptarían fácilmente la comparación.

La libertad, de la que tanto se ha dado en hablar durante los últimos meses a propósito de las restricciones impuestas por la epidemia, es un concepto bastante más sencillo. Si hemos de creer a la Academia, se trata de la facultad que permite a los seres humanos actuar de una forma u otra. Lógicamente, su uso implica la responsabilidad de quien la ejerce por sus actos.

Ahí está, probablemente, el quid de la cuestión. Aunque no se trate de libertinaje en sentido estricto, las farras populares con las que una parte de la población ha recibido el fin del estado de alarma suponen, sin duda, una imprudencia algo temeraria en tiempos de pandemia como los actuales.

Parecería oportuno pedir a los fiesteros del fin de semana que usen la libertad para hacer lo que les pete con el adecuado complemento de la responsabilidad; pero no es eso lo que les reprochan las ministras. Lo que ellas han visto, en un inesperado arrebato de moralina, es el famoso libertinaje del que tanto se hablaba en tiempos del Caudillo. Llevan razón, desde luego, en que la libertad es algo más que elegir entre un vino y una caña. Por lo demás: menos libertinajes, Caperucita.

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