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Ceferino de Blas.

No es un pazo, son las torres

En el centenario de Emilia Pardo Bazán

Si se quiere “desfranqueizar” la mansión de Meirás de Emilia Pardo Bazán hay que recuperar la propiedad y el nombre. Lo primero está resultando complicado, pero lo segundo es sencillo: se debe borrar la denominación de pazo, que es inventada y ajena a la voluntad de su propietaria, y llamarlo Las Torres.

Cuando su padre, el conde de Pardo Bazán heredó el lugar, lo llamaban finca o granja de Meiras, nombres que perduraron a su muerte, al asumir la propiedad su mujer, Amalia de la Rúa Figueroa, que también recibió el título nobiliario de su marido.

A Emilia Pardo Bazán los biógrafos la denominan indistintamente doña Emilia o condesa, aunque solo ostentó la nobleza once años. En realidad fueron dos títulos diferentes los que lució con el mismo nombre. Uno real, otro pontificio. El primero lo recibió en 1908, cuando se lo concede Alfonso XIII. “Deseando dar una prueba de mi real aprecio a doña Emilia Pardo Bazán, vengo en hacerla merced del título del reino, con la denominación de conde de Pardo Bazán”, explica el texto de la concesión. Pero a su muerte, en 1921, el título de condesa de Pardo Bazán que ostentaba era de procedencia vaticana, el mismo que recibió su padre y heredó su madre, y del que ella no se había posesionado porque ostentaba el que le concedió Alfonso XIII.

¿Qué había ocurrido? En 1916, pese a haber solicitado otro título nobiliario, no se lo otorgaron, y cedió el suyo a su hijo Jaime, que se casaba ese año, y lo transformó en condado de Torre de Cela. Por lo que Emilia quedó sin nobleza nobiliaria, hasta que el Vaticano, por intercesión del Nuncio Francesco Ragonesi -gran amigo de Gaudí-, le repuso el título que había recibido su padre, en 1871, de conde de Pardo Bazán. Con el que se fue a la tumba, el 12 de mayo de 1921.

Cuando fue investida condesa, la residencia campestre de Sada ya no era la granja, donde se casó a la edad de 17 años, sino las Torres de Meirás, el lugar en el que se encontraba más a gusto. Más que en la casa paterna de la calle Tabernas, que ahora ocupa la Real Academia Galega, a la que nunca perteneció, no se sabe si porque no quiso que la admitieran o porque no se lo ofrecieron, por la inquina de su presidente, Manuel Murguía, que fallecería dos años más tarde que ella.

Llegados a este punto, después de las sentencias que han desalojado a la familia ocupante, y entregado a la propiedad pública, es imprescindible que recupere el nombre original: las Torres de Meirás

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Fue a partir de 1893 cuando su madre, condesa de Pardo Bazán, y la hija, entonces doña Emilia, comenzaron a levantar el nuevo edificio en la finca de Meirás, en el que se tardó unos 10 años en rematar las torres y el resto del complejo.

Desde entonces, todos los periódicos denominaban al lugar las Torres de Meirás, que se convirtieron en un centro de peregrinación para cuantos personajes importante visitaban A Coruña. Allí recibió a Unamuno, al presidente del Gobierno, Eduardo Dato, al Príncipe de Mónaco, al Infante Fernando, hijo de Alfonso XIII, y a una multitud de ilustres.

Nunca, nunca, nunca, ni la condesa de Pardo Bazán ni su familia conocieron su residencia campestre como pazo, porque siempre fue finca, granja, y definitivamente Torres de Meirás.

Será tras su muerte, y la de sus hijos Carmen y Jaime, cuando en 1938 las autoridades coruñesas lo cedieron al general Franco empezó a llamársele pazo de Meirás.

Llegados a este punto, después de las sentencias que han desalojado a la familia ocupante, y entregado a la propiedad pública, es imprescindible que recupere el nombre original: las Torres de Meirás. Aunque resulte más cómodo y eufónico utilizar la denominación de pazo que Torres, para ser rigurosos con la historia y “desfranqueizarlo” , hay que respetar la voluntad de la condesa e investirlo en la toponimia correcta. Son Torres y no pazo que es impostado.

No solo es su creación ilusionada, y la de su madre, sino que en sus estancias perduran los recuerdos que constituyen la base de su “museo” y la atracción de cuantos visitantes acudan, no porque lo habitó Franco y su familia, sino porque fue morada de un personaje excepcional donde escribió muchas de sus geniales obras. Desde la torre que llamaba la “Quimera”, título de una de sus novelas más sentidas, porque el protagonista era su protegido, el pintor Joaquín Vaamonde, que murió allí, y quien mejor la retrató.

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