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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

Los modelos

Es difícil discutir que cada vez que el presidente Feijóo opina sobre su partido ocurren al menos tres cosas: irrita a la dirección actual porque apenas coincide con ella en algunas claves, dispara las especulaciones acerca de si se limita a actuar como la “conciencia del PP moderno” y, en definitiva, multiplica la especulación acerca de sus intenciones de futuro. Está en su derecho, pero a la vez potencia el de los demás, incluidos sus críticos de aquí y de allá –aunque los próximos lo sean en silencio o en círculos reducidos– para hacer lo mismo. Y eso no parece, a día de hoy, demasiado útil para lograr resultados.

(Se dice lo de la utilidad a sabiendas de que podría emplearse quizá con más exactitud el concepto de “oportunidad”. Después de las elecciones en la Comunidad de Madrid y el triunfo arrollador de Ayuso –parecido al de Feijóo, pero menor aunque quizá más difícil–, y la euforia desatada en una dirección, la de Casado –que apostó por doña Isabel–, necesitada de victorias y que se atribuye buena parte del mérito, la opinión del presidente gallego parece extemporánea. Y. peor aún, interpretable como aderezada con un pelín de algo que en política es peligroso: la desconfianza.

Desde una opinión personal, que no sonará precisamente a nuevo, el curriculum de don Alberto Núñez Feijóo supera con mucho al de cualquier otro referente popular para dirigir a ese partido en su posiblemente largo viaje de retorno a la Moncloa. Pero ocurre que el puesto no se obtiene por concurso de méritos, sino a través de un sistema de elección interna al que su señoría renunció cuando era no ya el gran favorito, sino el reclamado por la inmensa mayoría de bases y dirigentes; constituirse ahora en una especie de mosca cojonera de los que vencieron entonces le resta adeptos hoy y lo que es peor, oscurece su trayectoria anterior.

(En este punto quizá proceda una reflexión más. La de que el modelo “europeo”, al que propone acercarse don Alberto, tiene varios ejemplos distintos, aunque en su gran mayoría coinciden en algo: la democracia interna, que es mucho mayor que la de los partidos españoles. Incluido el del PPdeG, donde la Presidencia ejerce un control férreo –mayor aún que el ejercido por Manuel Fraga– y en el que no ha lugar cualquier protagonismo adicional. Lo que complica mucho la hipótesis del relevo, cuando sea oportuno. Eso también habrá de adaptarse, por lógica, a un modelo más abierto).

En esta situación, el señor presidente de la Xunta sabe que la hora de predicar ha pasado y que, en todo caso, ha llegado la de dar trigo. En ese sentido, tendrá de decidirse y optar, llegado el momento y si hay ocasión, entre seguir en Galicia o intentar aplicar su doctrina desde la dirección del PP. Es probable que muchos habitantes de este Reino prefieran seguir viéndolo donde está, pero España no anda precisamente sobrada de liderazgo ni por la derecha ni por la izquierda, de forma que el que hay es necesario utilizarlo; no para “salvar” el país, sino para intentar mejorarlo, cuanto antes y lo más profundamente posible. Ese es el “trigo” que urge, bastante más que las prédicas.

¿Verdad...?

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