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José Manuel Ponte

Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

De San José a San Josué

Hartos de que la pandemia haya obligado a suspender por segundo año consecutivo las Fallas de Valencia, los organizadores de esos festejos han acordado trasladarlos del 15 al 19 de marzo, que es lo tradicional, al periodo de tiempo comprendido entre el 1 y el 5 de septiembre. Se trata, por supuesto, de un arreglo provisional porque en cuanto hayamos alcanzado la llamada “inmunidad del rebaño”, gracias a las intensas campañas de vacunación, todo volverá a su sitio (“excepto alguna cosa”, que diría Rajoy) y daremos por recobrada la “nueva normalidad”.

Pese a la interinidad, el cambio de fechas no deja de tener sus consecuencias. No son lo mismo unas Fallas de primavera que unas Fallas del final del verano. Hay otra luz, otra temperatura, otras ganas de juerga, suena diferente la música de las bandas, arden con menos vigor las hogueras, y el petardeo adquiere sonoridades de fin de año. Y por descontado no es lo mismo poner las Fallas bajo el patrocinio de San José que bajo el de San Josué. El padre adoptivo de Jesucristo fue un honrado varón que enseñó a su hijo el noble oficio de la carpintería, mientras que el segundo sucedió a Moisés en el liderazgo del pueblo judío y a su muerte fue capaz de conducirlo a laTierra Prometida... Hoy diríamos que el primero de ellos fue un artesano y el segundo un político.

Con el paso de los años, los carpinteros valencianos dieron en la costumbre de quemar los restos de la madera sobrante y ahí estuvo al parecer el origen de las Fallas, un festejo de fama mundial que concita el interés de nativos y foráneos. (También es conocido como “fiestas josefinas”, por celebrarse bajo la protección de San José).

La idea de cambiar de fecha unos festejos para darle atractivo a unos días cualesquiera del calendario tiene partidarios. Por ejemplo, en Corme, el pueblo natal de mi padre. Allí, desde hace unos años se ha hecho costumbre celebrar la fiesta de fin de año el 25 de septiembre y ese día todo el que puede se echa a la calle vestido para la ocasión, suenan las campanas y las sirenas de los barcos, se brinda con champán y se toman las tradicionales uvas de la suerte. Le pregunté a un convecino si esa celebración anulaba la del 31 de diciembre y me contestó que no. “La del 25 de septiembre es exclusiva del pueblo y la del 31 de diciembre del resto de la humanidad”. Ni que decir tiene que prefería la primera de ellas.

"La idea de cambiar de fecha unos festejos para darle atractivo a unos días cualesquiera del calendario tiene partidarios"

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Transgredir lo convencional de forma no lesiva para terceros suele proporcionar grandes réditos políticos. Ahí tenemos, por ejemplo, el caso de Ayuntamiento de Vigo con el adelanto de las iluminaciones navideñas. A algunos puede parecernos estrambótico, pero hosteleros y público en general se manifiestan encantados. Visto lo visto, podríamos ampliar la experiencia de las Fallas valencianas a otros de los festejos que fueron suspendidos por causa de la pandemia.

Programar sucesivamente, y en un corto periodo de tiempo, los Carnavales, la Feria de Abril, el Corpus, la Semana Santa, los Sanfermines, el Rocío, San Isidro, el descenso del Sella en piragua, la Romería Vikinga y cualesquiera otros festejos de masiva participación, podrían resultar un atractivo turístico extraordinario.

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