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José María de Loma.

El bar de abajo

‘El bar de abajo’. Qué sería de esta civilización sin el bar de abajo. Voy al bar de abajo a comprar tabaco. En el bar de abajo confraternizan los vecinos, se ven partidos de fútbol, se amarran negocios, se negocia el toldo de la comunidad, el niño merienda. El sonido de la tragaperras se va contigo a casa y el encargado del local te fía la caña, mañana me la pagas. Se sube a veces uno unas croquetas del bar de abajo y en el bar de abajo te venden un poco de leche a deshoras a ver si el pequeño deja de berrear. El bar de abajo es una institución que se pierden los que han optado por el adosado o la periferia. Al bar de abajo lo mata un poco el teletrabajo, que apea al oficinista del menú del día; lo mata la crisis, el virus, el chino que abre más horas y ciertos cambios de costumbre. Resistirá. Y es imbatible como prolongación del salón a veces: juntas allí a los conocidos pero luego no tienes que limpiar la porquería que dejen. España ha progresado desde que en el bar de abajo el suelo no está cubierto de cáscaras de gambas, lapos, palillos y servilletas. El bar de abajo hace de club social para el jubilado, que juega al mus o al dominó.

Urge un homenaje al bar de abajo, pilar de la sociabilidad, institución que vertebra y entretiene, alimenta y alivia

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Yo he tenido muchos bares de abajo. Aquel de Madrid en el que veía los partidos del Canal Plus los domingos por la tarde. Tantos. El bar de abajo de la Facultad, pásame los apuntes. El del desayuno antes de currar. El bar de abajo que daba churros, o sea, abajo imaginariamente, al otro lado de la calle. El bar de abajo fue imaginario y soñado durante el confinamiento. Hay quien se monta el bar de abajo en el balcón y quién cree que el salón del vecino de abajo es un bar. Urge un homenaje al bar de abajo, pilar de la sociabilidad, institución que vertebra y entretiene, alimenta y alivia. En el bar de abajo a veces te confiesas, discutes, te reconcilias con el vecino de abajo y no juegas a los dardos porque no es un pub inglés. En el bar de abajo hay un snob que piden sushi y un señor de Toledo que pregunta por el estofado. Hay autenticidad y boquerones en vinagre, pincho de tortilla y un alegre rumor de vida que combina con una caña bien tirada. No te cobran las aceitunas.

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