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Negreira, el gran olvidado de la saga de los Álvarez

Periodista fecundo, exquisito poeta y probo tertuliano, fue el benjamín de un grupo irrepetible en la vida literaria pontevedresa entre los años 40 y 70

“Escolma de familia. Cen anos de poesía” es una obra editada hace veinte años, que reúne una muestra dispar de la vena creativa de la familia Álvarez, a saber: el patriarca Emilio Álvarez Giménez y sus descendientes Xerardo Álvarez Limeses, Xosé Mª Álvarez Blázquez, Emilio Álvarez Blázquez, Emilio Álvarez Negreira, Xosé Mª, Alfonso y Celso Álvarez Cáccamo, entre hijos y nietos.

El libro constituyó de alguna manera el trabajo postrero de Negreira, puesto que él impulsó el proyecto junto a su sobrino Xosé María, y falleció un año y medio después de su publicación. Esa antología no incluyó ningún trabajo de su padre, Xóse Álvarez Limeses, funcionario del Servicio Forestal de la Diputación, porque lo suyo fue la crónica deportiva, particularmente el fútbol. Ahí popularizó el seudónimo de Zaavrel, una sopa de letras del apellido Álvarez.

Emilio Ramón Álvarez Negreira fue el benjamín de un grupo irrepetible -no tanto una generación- que enriqueció mucho la vida literaria y artística de esta ciudad entre los años 40 y 70, de Cuña Novás a Sabino Torres, pasando por Celso E. Ferreiro, Rafael Alonso, José Ruibal, Jesús de la Sota y alguno más, entremezclados en muchas ocasiones y tertulias con sus mayores Ramón Peña, Agustín Portela, Carlos Caba, Iglesias Alvariño, etc.

Negreira conoció a Sabino Torres a través de Cuña hacia 1944, con unos poemas por medio, naturalmente. La revista Finisterre, de Emilio Canda, fue la primera redacción que pisaron juntos. Luego, Sabino introdujo a ambos en la tertulia del Savoy que capitaneó Ramón Peña. “Era Peña -recordó Negreira con cariño- un artista de pincel moroso, pero de caudalosa imaginación y chispeante charla, que hacia las delicias de los contertulios cuando contaba deliciosas historias, que adornaba con un deje porteño adquirido allende los mares”.

Tanto apego sintió Negreira por aquel café, que nunca dejó de acudir hasta su muerte. “O Savoy -escribió Sabino en su libro memorialista- non era posible sen a presenza do meu amigo velando o recuncho do vello faladoiro”.

Tras el cierre del semanario Ciudad en 1948, donde trabajaron codo a codo, “entre sombras Negreira se desliza / el agónico Cuña en si agoniza / y Sabino editor, Torres enroca”, empezaron a concebir la colección de poesía en gallego Benito Soto, que con el paso del tiempo hizo correr ríos de tinta.

Sin Negreira, esa colección no habría sido igual: él ideó el nombre; él abrió la edición con “Madrigal”; él escribió el folleto de presentación con Ferreiro; él hizo de secretario de la editorial y retomó la dirección tras la marcha de este a Vigo y él mantuvo erguida la bandera del barco hasta el final, como reconoció Sabino Torres. Cuando Manuel María leyó “Madrigal”, dijo que “é coma un vaso de auga fresca neste bla bla bla en que se converteu a poesía de hoxe”

Como no podían estar sin hacer nada, Negreira y Sabino enseguida pergeñaron la revista Litoral en 1953, otro nombre marca de la casa. Allí dio buena muestra de su fino humor cuando narró, por ejemplo, la tarde que Chalala se cortó la coleta como becerrista; o cuando Cuña se afeitó la barba sempiterna a su regreso de una marea en Gran Sol.

Los primeros años 50 resultaron claves en su trayectoria vital. Por un lado, entró a trabajar en el Ayuntamiento -con Manolo Cuña y Antonio Almazán, poetas los tres-, bajo la protección del alcalde Remigio Hevia. Y por otro lado, ganó un premio periodístico en A Coruña y otro navideño en Pontevedra, así como un concurso de cuentos en la importante revista madrileña “Meridiano”.

Así ganó su derecho a escribir con cabecera propia en El Pueblo Gallego. Negreira era la antítesis del chismoso, pero sabía bien que Pontevedra si era una ciudad chismosa. De modo que hizo una declaración de principios al iniciar “El demonio a la oreja” y expresó su intención de dignificar el chisme. En una ocasión propuso que todos los ayuntamientos tuvieran un “Disparatario municipal”; o sea un libro con las burradas que se pronunciaban durante las sesiones plenarias. Al respecto, aportó la referencia de un alcalde pontevedrés qué ante la morosidad existente, anunció. “¡Señores concejales, esto se ahunde!”. Y luego remachó: “Hay que dar a estos contribuyentes un ultimoatun”. Pero no señaló al regidor, por vergüenza ajena.

Igualmente fue Negreira un tertuliano empedernido. No hubo una que no frecuentara y en alguna adquirió relieve propio. Por ejemplo, en los cafés-coloquios del Carabela en 1952, donde ofició como maestro de ceremonias junto con Carlos Caba en la presentación de los homenajeados. Incluso él mismo fue protagonista una de aquellas noches para celebrar sus galardones.

Negreira escribió en 1961 “La pirueta”, una novela que resultó finalista de los premios Planeta y Pío Baroja. Al primero concurrieron aquel año nada menos que doscientas obras. Incomprensiblemente, la novela nunca vio la luz.

Tras participar en la feliz recuperación del Diario de Pontevedra, donde llegó a redactor jefe, Negreira realizó en FARO su último periplo periodístico a principios de los años 70, bajo la cabecera fija “La ciudad y su circunstancia”. Algunas de sus crónicas en estas páginas resultaron antológicas.

A modo de ejemplo, valga aquella dedicada a una asamblea extraordinaria del Liceo Casino, donde una joven directica “nueva frontera” planteó una subida de la cuota del 25%, así como la venta del edificio social. La primera propuesta resultó aprobada y rechazada la segunda con un órdago a lo grande: en lugar de vender la sede, se acordó su ampliación con la compra del Teatro Principal; eso sí “en el momento propicio”, que luego nunca llegó.

Negreira también retrató en FARO a los pontevedreses “de freno y marcha atrás”. “Son -decía con mordacidad- los que no hacen ni dejan hacer; los que demuelen la casa antes de haberla edificado; los indiferentes al bienestar común y al progreso colectivo. En fin, los que son estatuas de sí mismos”.

Además de trabajar para Diario de Pontevedra, El Pueblo Gallego y FARO, los tres periódicos de esta provincia, colaboró en El Ideal Gallego, de A Coruña, y La Noche, de Santiago, así como en un sinfín de revistas: Finisterre, Sonata Gallega, Ciudad, Litoral, Vida Gallega, Meridiano, Agro, Barbastro, Alba, Peregrina y alguna más. Un caso único en la prensa gallega.

Tenaz, culto, discreto, ordenado, tranquilo….Tata Picó señaló que Negreira tenía “la lengua larga y especialmente dotada para envolver a cualquier contertulio”. Un amigo suyo comparó su semejanza física a “un coronel del ejército de Pancho Villa”. Sin pretenderlo, Borobó le escribió un gran epitafio cuando dijo que “murió con la discreción y la elegancia que le caracterizaron”. Quizá su pecado mortal fue que siempre escribió en castellano.

El lío por una crítica a Villamil

Sabino Torres comenzó a forjar su amistad con Negreira en Ciudad, el semanario editado en Gráficas Torres, propiedad de su padre. Allí realizaron su primera trastada periodística en 1947, en forma de “Carta abierta”. La escueta misiva contenía una inocente crítica hacía Enrique Fernández Villamil y su forma de gestionar la Biblioteca Pública, pero pincharon en hueso. “Si las horas de los lectores -reseñaba con intención- no están al alcance de los libros de las bibliotecas, las bibliotecas tendrán libros, pero no lectores”. La carta firmada por E. N. (Emilio Negreira) pedía la creación de una tarjeta del lector y demandaba flexibilidad en la aplicación del reglamento de préstamos de libros, así como en el horario de la Biblioteca. A juzgar por el lío que originó, el malestar causado no obedeció tanto a su contenido, como a la ubicación en primera página y también a la firma con iniciales que nadie alcanzó a identificar con Negreira, pese a que era un usuario muy asiduo de dicho centro. Primero replicó Villamil, cuya respuesta leyó él mismo en Radio Pontevedra y luego se publicó en el semanario. Y Filgueira Valverde realizó después una defensa a ultranza del prestigioso bibliotecario, calificó la crítica de “injusta” e “insidiosa”, y realizó una enmienda a la totalidad contra el propio semanario Ciudad, que pagó los platos rotos. Al recordar dicho incidente muchos años después, Sabino Torres se confesó culpable de haber pedido a Negreira la redacción de aquella carta con la única finalidad de rellenar un hueco en portada, cuando el semanario tenía que imprimirse sin pérdida de tiempo. Y Negreira escribió lo primero que se le ocurrió, sin imaginar tamaña gresca. Aquel incidente los unió mucho y cimentó una fraternal relación de por vida, con incontables diabluras por medio.

“Papá está en el cementerio”

Negreira quedó huérfano y se volvió antisociable cuando Sabino Torres trasladó su casa a Madrid tras aceptar una oferta irrechazable de Benito Malvar. Fue como si una parte suya también se marchara con su amigo del alma. Pero cada vez que Sabino regresaba a Pontevedra, su primera visita era para Negreira, a quien sabía bien donde encontrar: en su mesa del Savoy a la hora del “copetín”, como decía Ramón Peña a sus tertulianos con una pícara sonrisa. En cierta ocasión, Sabino me contó la congoja que había sufrido una de las primeras veces que regresó de Madrid y no encontró a Negreira en el café. No le dio mayor importancia porque pensó que tendría algo que hacer. De modo que volvió al día siguiente y su amigo tampoco estaba. Entonces comenzó a inquietarse, pero decidió esperar hasta el mediodía siguiente. Y cuando repitió su visita con idéntico resultado, llamó enseguida por teléfono a su casa, con el corazón en un puño. “¿Dónde está tú padre, que no lo encuentro en el Savoy?”, preguntó Sabino a la hija, que atendió el teléfono. Y la chica respondió con toda naturalidad: “Papá está en el cementerio”.… Con su expresividad característica, Sabino me narró como entró en estado de shock. “Colgué el teléfono al instante y pensé en lo peor: ¡Negreira ha muerto y nadie me ha avisado! Una vez recuperado, recordé la tranquilidad de su hija al responderme. Así que volví a llamar y se aclaró mi confusión”. Negreira había solicitado la plaza de administrador en el cementerio de San Mauro, pero no había comunicado el traslado a Sabino. Un destino muy tranquilo en donde realizó un concienzudo trabajo hasta su jubilación. “Mis clientes -decía cuando alguien se sorprendía por su elección- no dan ninguna guerra; siempre están de acuerdo en todo y nunca protestan por nada”.

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