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Xaime Fandiño

LA ACERA VOLADA

Xaime Fandiño

Alzad el lábaro sagrado

Crónicas de niñez y juventud de un vigués deslocalizado

Había pocas formas para entretenerse en las sesiones obligatorias diarias de misa por la mañana y bendición por la tarde, que formaban parte de la programación docente/decente en los Salesianos de la Ronda de Don Bosco en nuestra época.

Antes de la clase, para ir abriendo apetito te metías entre pecho y espalda una misa completa, con homilía y todo. Así, cuando llegabas al aula estabas plenamente santificado. Me imagino que la trinidad y concretamente del Espíritu Santo eran los encargados de proveer a cada uno de nosotros de esa necesaria ciencia infusa y apertura memorística para abordar con éxito las taxonomías que nos recitaban. Tal es así, que aún hoy es el día en que puedo recitar de corrido y sin acceder a Google, el nombre de todos los profetas menores: Oseas, Joel, Amós, Abadías, Jonás, Miqueas, Nahum Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías y Malaquías.

La memoria era nuestra mayor aliada, todo se aprendía por registro neuronal. También cosas nimias que hoy sorprenderían a cualquiera, como por ejemplo los pueblos y comarcas de toda España. ¿Es que no había mapas? Pues sí, pero era necesario conocer palmo a palmo el territorio político y la orografía. A día de hoy, cuando voy de viaje y en la carretera me encuentro con el cartel indicador del nombre de un pueblo, puedo recitar de corrido todos los que vienen detrás. Por ejemplo, que llego a Torrijos. A mí me viene a la mente la siguiente retahíla: Torrijos, Consuegra, Madrilejo, Quintanar de la Orden, Oropesa, Quintanar del Rey y el Provenzo. No se si algún día me libraré de esa ocupación cerebral masiva de datos almacenados durante la infancia y pubertad salesiana, el caso que ahí siguen. También puedo recitar de corrido gran parte del primer capítulo de El Quijote así como frases sueltas y absurdas que el caballero dedicaba a Dulcinea: La razón de la sinrazón que en mi razón se hace... O simplemente la alineación del Celta de aquel momento: Ibarreche, Pedrito, Las Heras, Herminio, Sánchez, Costas, Pintos, Silvestre, Abel, Rivera y Suco.

Esto es sólo un aperitivo memorístico, porque lo que todos aprendíamos sin remisión en el cole eran las canciones solemnes que se cantaban en la iglesia. No eran pocas y además variadas. Las había en latín y en castellano. El latín estaba generalmente destinado a los cantores “los chicos del coro”. Y, como ha sucedido durante toda mi existencia, siempre me apunté a cualquier bombardeo, pues allí estaba yo. Podía cantar la misa en latín, aún lo puedo hacer hoy, incluidos los textos más largos como el Gloria o el Credo. Pero no sólo eso, en los Salesianos las misas diarias obligatorias para todos los alumnos, eran únicamente un aperitivo. Por la tarde había la bendición, también obligatoria. Una especie rito ad hoc con incensario y todo que incluía una homilía (otra) del Director o el Consejero. Tenía título y todo, como si fuera un formato de radio o televisión: “Buenas tardes nos dé Dios”. De ahí para casa con la doctrina instalada. Lo más complicado se ponía cuando se eliminaba este acto para dar cabida a eventos especiales y por ello de larga duración, tales como la vigilia de Navidad o la de Semana Santa: “stabat mater dolorosa iuxta crucem lacrimosa dum pendebat filius”. Ahí los cantores participabamos vestidos de monaguillos con roquete, esclavina y bonete para cantar el libreto de la representación eclesiástica. Los cánticos se unían a las intervenciones del maestro de ceremonias. Uno de nosotros que, a voz en grito, se encargaba de dar las órdenes pertinentes para que todo el grupo funcionara coordinado. Las principales eran genuflexio para arrodillarse, surgere para levantarse y así una retahíla de términos con la finalidad de que la cosa luciera ordenada y al unísono, al modelo militar que tanto se llevaba en aquel momento.

Las melodías de las vigilias de navidad como corresponde al tiempo de pasión eran tristes y sombrías. Las de Navidad eran alegres y con ritmos que muchos alumnos seguían golpeando sobre la parte superior de aquellos reclinatorios corridos donde nos ubicaban por cursos. Había dos que se llevaban la palma, una era: “en clara vox redarguir...”, tenía una cadencia machacona que invitaba a golpear el banco sin piedad, y otra era el Santo. El cole se había decantado por una versión que tenía un arranque de órgano entre Aphrodite’s Child y Procol Harum y que nos ponía las pilas. Sobre todo cuando tocaba Félix, un exalumno hijo de un conocido pianista local y que años más tarde llegaría a tocar conmigo en Los Watios,

En cualquier caso, si bien la parte específica del repertorio en latín estaba destinada única y exclusivamente para los niños cantores, las otras canciones, y había muchas, las cantaba todo el alumnado. Eran temas singulares y nadie se encargaba de enseñarlos, pasaban de generación en generación de forma espontánea, de modo que, cuando entrabas en el cole, los primeros años te dedicabas a hacer una especie de playback de las interpretaciones de los mayores que las sabían, intentando darle sentido a las frases y, de vez en cuando, articulando de forma sonora, primero una sílaba final, más adelante una palabra, después una frase, hasta que conseguías cantar la canción completa. Generalmente las letras de las canciones bebían de un origen culto y había palabras que eran incomprensibles para los niños, de modo que en la transmisión oral se iban distorsionando entre generaciones. En ocasiones la evolución semántica era muy poco afortunada. En este proceso semi etnográfico de recuperación se llegaban a decir verdaderas animaladas y a articular como válidas palabras inexistentes e inventadas. Frases como estas: “entusiasta con férvido acento” o “alzad el lábaro sagrado”... que, como se puede ver incluían palabras incomprensibles para nuestra edad y por ello hábiles para sufrir una distorsión inmediata, eran el pan nuestro de cada día de las melodías que cantábamos.

Pero si conseguir interpretar correctamente la letra original de las canciones era complicado, la temática se las traía. De todas ellas había una que sobresalía entre todas. No hay estudiante de la época que no la sepa y tampoco cena de antiguos alumnos en la que no se cante. Estaba dedicada a Domingo Sabio, un chico que falleció siendo muy joven y se le subió a los altares. La letra presenta perlas del tipo: “abajo el vicio y el pecado, viva el trabajo y la oración” o incursiones mucho más fuertes como “antes morir que pecar, quiero expirar junto al altar”. Se cantaba a voces. Los mayores decían “Nunca pecar” y los más pequeños con voz más aguda lo repetían a modo eco. Estaba de primera en el hit parade ya de aquella y, más tarde, cuarenta años después, se convirtió por aclamación popular en el himno con que nuestra generación recuerda su estancia salesiana.

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