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Mons. Alberto Cuevas Fdez.

El pintor invisible

Alguien alguna vez me refirió el profundo comentario que hacían unas personas que, pasando unos días de retiro o de descanso en un monasterio, dialogaban entre ellas sobre el encanto y la paz que les infundía cuanto allí estaban viviendo, incluso con el disfrute añadido de los paseos en silencio por los jardines que rodean el cenobio.

“A mí hasta me relaja el verde brillante de los árboles y el suave murmullo de sus hojas al rozarse”, destacaba una; “da gusto notar, oler y escuchar el silencio”; “ y qué me dices, añadía otra, de disfrutar de los senderos tan limpios de hojas secas y ribeteados de flores de tan variados colores”. Y me contaba que preguntó otra, “ pero ¿os encontrasteis alguna vez con el jardinero?, tiene que ser un tipo humilde, discreto y respetuoso, pues nunca se le ve, ni nos ha molestado con su presencia, aunque sí que se notan las huellas de su buen hacer, pues cada día el mismo jardín, aparece renovado y distinto”.

Algo parecido he pensado montones de veces contemplando los atardeceres y puestas de sol en esta nuestra ciudad y su ría. Las hemos visto pintadas con óleo fresco desde Samil, el Vao, la Guía, el Castro, el Alba… Y cada tarde el lienzo celestial refleja una nueva maravilla que se recrea distinta y más bella que la del día anterior. Como si el pintor oculto tras el caballete de la creación, igual que el jardinero, se esmerara en que no le viéramos repetir una obra maestra que nunca antes nos había regalado. Siempre son distintas y nuevas las viguesas puestas de sol y se estrenan en exclusiva mundial cada tarde.

"Cada tarde el lienzo celestial refleja una nueva maravilla que se recrea distinta y más bella que la del día anterior"

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“Porque tú y Hitchcock no conocéis Vigo” tuve que decirle, con carcajada y aplauso general de los vigueses que me acompañaban, sentado en las escaleras del llamado Órgano de Mar, en el paseo marítimo de Zadar contemplando la hermosa y plácida puesta de sol de aquel día, que nuestra guía turística alabó en demasía, apoyándose para ello en las palabras del célebre cineasta y que el turismo croata reitera como un mantra, sin cesar: “Zadar tiene la puesta de sol más bella del mundo, más bella que la de Cayo Hueso, en Florida, aplaudida todas las noches”. ¡Pues si conocieran las de Vigo!, pensé y manifesté yo. Y no te digo nada lo que pasaría si a algún alcalde se le ocurriera construir aquí en el futuro –por ejemplo en Cabo Estai o inmediaciones–, un órgano marino semejante al de Zadar, que pusiese con sus tubos acústicos una nueva y diaria melodía marina de olas a cada una de nuestras puestas de sol… ¡Ciertamente aún sonaría mejor el espectáculo visual que cada día nos regala el Creador!

Me puse a rebuscar las mejores puestas de sol del mundo y me encuentro que suelen alabarse con las que ya cité, muchas otras más como las de Zagreb, Hanoi, la del Taj Mahal en la India, Bali en Indonesia, varias en el Caribe, la del desierto de Atacama en Chile, Punta del Este en Uruguay, así como las de la Isla de Skye en Escocia o las del parque natural de Maasai Mara en Kenia. Me cuentan que en todas ellas, como en las incomparables de los atardeceres de la ría de Vigo, las cámaras de fotos y las de los móviles son siempre incapaces de captar y retener del todo la belleza, la emoción y el colorido que sugiere su absorta contemplación. Por eso cada día los vigueses al atardecer nos quedamos, agradecidos, con el ansia y el convencimiento de que el pintor invisible, escondido quizá más allá de las Cíes, mañana nos regalará otra puesta de sol aún más divina.

*Sacerdote y periodista

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