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Fue, sin duda, la primigenia abanderada del espíritu de conquista y universalidad de una tierra para la que no existen más fronteras que la voluntad de superarlas. Colmada siempre con el suficiente impulso como para poder hacer noche en el camino de los sueños. Así es nuestra tierra galaica y así también sus gentes, las mismas que llevaron con orgullo su linaje por los más insospechados caminos del mundo. También de la historia. Que la nuestra es amplia y prolífica. Gaspar de Zúñiga, orensano de Monterrey, que llegó a ser gobernador y virrey de México y del Perú. Fernández de Castro, que desde su Monforte natal alcanzó también el virreinato del Perú. O Gil de Taboada Lemos, lalinense de pro, a quien el rey Carlos III encomendó el virreinato de Nueva Granada, lo que hoy viene a ser Ecuador, Colombia, Venezuela y Panamá. Hasta el santoral goza en las Américas de gallega presencia, no en vano es San Sebastián de Aparicio, natural de A Gudiña, a quien hoy suponemos a la diestra del Padre como máximo garante de los transportistas y caminantes de aquella tierra de acogida. Por citar tan solo algunos de tantos embajadores.

Por eso, cuando Francesco Gamurrini, arqueólogo italiano, descubre en Arezzo a fines del siglo XIX aquellos treinta y siete folios cobijados bajo el sugestivo título de Itinerarium Egeriae, no podía sospechar que estaba también ante la obra y vida de una hija de esta tierra: Egeria, la primera peregrina de la Historia. No podía ser de otro lugar. Pese a que autoría y origen no resultan contrastadas hasta principios del siglo XX, cuando un benedictino de nombre Ferotín descubre un manuscrito en el que el abad de El Bierzo, Valerio, ensalza las virtudes de la mujer que había hecho realidad el sueño de su vida: peregrinar a Jerusalén y los Santos Lugares. Un camino indulgente de más de cinco mil kilómetros. Y, advirtamos, mil años antes que el afamado Marco Polo.

En aquellos preciados legajos, escritos a modo de cartas a sus “hermanas y señoras”, nos va relatando Egeria los entresijos de un viaje que inicia nada menos que allá por el año 380 y que le lleva por aquellas calzadas que los romanos habían trazado para el desplazamiento de sus legiones, y también para la articulación y vida de lo que hoy es nuestra Europa. Que mucho les debemos. Desde aquella Gallaecia a Constantinopla; de Bitinia a Jerusalén, de Alejandría a Galilea o de Siria a Mesopotamia, van descubriendo estos lugares la inquisitiva mirada de una resuelta y gran mujer. Con inusitada avidez, impropia de una época en la que el más preciado valor era sobrevivir a las apreturas del exigente momento, supo alzar la mirada y hacer realidad el sueño de su vida, sin reparar en las mezquindades de los tiempos o en el duro discurrir de su camino.

"Muchas fueron las mujeres que superando trabas, dificultades, amenazas y hasta con grave riesgo de su vida hicieron infinitamente mejor la sociedad que habían recibido"

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Pero fue además Egeria una esmerada cronista y una adelanta a su tiempo. Cuando hoy nos invade la insolidaridad, cuando nuestras sociedades se cuartean en según qué adscripción tenga cada individuo, cuando se ensalza la tribu sin reparar en bondades o principios, o cuando el género prevalece tantas veces, según qué lugar, sobre los esfuerzos, las capacidades o los méritos, nos ofrece el diáfano testimonio de quien en tiempos infinitamente peores supo coronar el sueño de su vida sin reparar en quejas o justificarse en llantos. Por ardua que fuera la empresa, y la suya lo fue.

Ciertamente, no fue nuestra protagonista la única que abrió un particular camino al mundo. Muchas fueron las mujeres que superando trabas, dificultades, amenazas y hasta con grave riesgo de su vida hicieron infinitamente mejor la sociedad que habían recibido. Como Rosa Parks, aquella mujer negra que por primera vez se negó a ceder su asiento de autobús al “hombre blanco”; o a Marie Curie, la primera científica que desde un entorno de pobreza y precariedad logró el premio Nobel por sus trabajos sobre la radioactividad, cediendo al mundo los derechos de sus inventos, para escarnio hoy de muchos. Como Clara Campoamor, aquella gran defensora de los derechos de la mujer que consigue con titánico esfuerzo que las Cortes de 1931 alumbraran el sufragio universal, que permitía ya el voto femenino. Sin olvidar a nuestra Emilia Pardo Bazán, inmensa autora gallega que desde su Marineda natal hace trascender al mundo la novelada vida y milagros de sus gentes, y que todavía tiene arrestos para reivindicar en la propia Francia el buen nombre de España, al rechazar con amplias razones y fundados argumentos aquella leyenda negra inventada principalmente por ingleses y holandeses.

¡Cuánto camino andado y cuánto queda por andar! Pero no permitan nunca los tiempos que caiga en el olvido tanto esfuerzo invertido en permitirnos heredar ejemplos, conocimientos y avances que, sin la valentía, la audacia y el coraje de tantas mujeres no habríamos sabido alcanzar. Al menos, en su momento..

Quizá de nosotros no esperen, todas ellas, más que el evanescente deseo de nuestra Egeria: “Tenedme en vuestra memoria, tanto si continuo dentro de mi cuerpo como si, por fin, lo hubiere abandonado”.

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